Una batalla se está librando entre la mitad que tiene y la mitad que no tiene. La causa de esta batalla es lo que he llamado la ‘envidia de la castración.’ La relación, en la propiedad privada, es el producto de la mutua oposición de las categorías de género, combinado con el concepto privilegiado de la posición de la muestra. El niño descubre que está en la categoría opuesta a la de regalar, por lo que él tiene (el pene), mientras que la madre es definida como mujer porque da (cuida) y porque no tiene (un pene). La categoría de ‘tener’ es diferente a la categoría de ‘cuidar.’ Regalar y no tener se identifican entre sí—y con el ser femenino. Puesto que el niño está en la misma categoría que el padre (que es una muestra del concepto privilegiado, el ‘uno’), el niño tiene que tomar parte del rol de las ‘muchas,’ las cosas, aquellos que dan, los que se hacen a un lado, los débiles, antes de que esta relación se vuelque y, como adulto, pueda convertirse en la muestra o el ‘uno.’ El rol del niño también es parecido al de las mercancías, ya que se lo compara una y otra vez con un estándar general cuantitativo de valor. Mientras que ‘tener’ coloca al niño en una situación competitiva que podría ser considerada negativa y difícil, éste se consuela con el hecho de que pertenece al género privilegiado por lo cual recibe más.
El dinero es el regalo (material) sustituto de la mercancía y además es la muestra de la categoría del valor. El dinero ocupa el lugar de todos los modelos de concepto como muestra para el valor de los bienes de intercambio—en su transición fuera de la forma del regalo. El dueño es a la propiedad como el dinero es a las mercancías, como el padre es al niño, como el pene del padre es al pene del hijo, como la muestra es a los muchos que se le camparan.
El hombre es el que tiene ‘la marca,’ lo que lo señala como una muestra potencial de hombre y como dueño potencial en una relación de propiedad ‘uno-muchos.’ Tal vez el pene es la muestra de la propiedad. Pero es inalienable—el hombre no puede darla y no la dará. La posición del padre patriarcal es una relación similar a la de ‘uno-muchos’ con su familia, una relación de propiedad. En cierta manera, el control que el padre ejerce en la familia se debe a la creencia de que en la escasez los que dan van a carecer si no reciben de otros, y los que tienen y no dan no necesitarán nada. (Hay un aspecto de retención anal en todo esto.) Las madres y los niños y las niñas controlados por el padre son obligados a no practicar el regalar fuera de la familia, negándose a satisfacer las necesidades sexuales y materiales de los otros. Aquellos que den estarán condenados a sobrevivir en la escasez. Quien amasa grandes fortunas, la muestra para el concepto de valor, el que tiene se asegura más cuidados para sí mismo y para quienes se relacionan con él, bajo su control de ‘uno-muchos’ en la familia estructurada por el concepto.
El intercambio, al requerir equivalencia, compara un objeto relativo con el estándar y lo introduce en el proceso del concepto. Este proceso ocurre en muchas áreas diferentes de la vida: en la masculación del niño, en las medidas y pruebas de todas clases, en las notas de la escuela, en los concursos de belleza, en las marcas récord en los deportes, en la creación de modelos. La relación de los presidentes con los ciudadanos, de los cineastas y músicos con sus admiradores, del primer premio para los cerdos son variaciones del tema.
Un caso particular muy importante es el de la ceremonia matrimonial en Occidente, donde la mujer es un objeto que se transfiere del grupo familiar, que se relaciona con el padre como la muestra ‘uno,’ a una nueva relación con su marido como la muestra ‘uno.’ En cierta forma, en Estados Unidos este patrón está cambiando, pero continuamos bajo su influencia y sigue vigente con muchas variantes en todo el mundo. A pesar de que se supone que el día de la boda es el más feliz para la mujer, un día muestra, ese día la mujer misma es muestra de Mujer, pues está jugando el rol de una muestra en el proceso de ser tomada por su (nuevo) sustituto, el marido, quien a su vez está jugando un rol muy parecido a la palabra. Es apropiado entonces que la mujer deba tomar el apellido de su marido.
De nuevo se forma una unidad familiar que se repite a sí misma, donde los niños continuarán aprendiendo que si quieren ser ‘masculinos’ deben renunciar al proceso del regalo (muchas veces castigándolo y degradándolo), y las niñas aprenderán a dar y a aliarse a la muestra masculina del ‘uno.’ La propiedad, como el matrimonio, se basa en la exclusión mutua de los ‘unos.’ Todo dueño está en una relación ‘uno-muchos’ con sus propiedades y en una relación de mutua exclusión con los otros dueños. El dinero aparece como la muestra para el concepto de valor, con el que se relacionan los productos y por el que son sustituidos, de manera similar a como el sacerdote se ubica entre el padre y el marido, para regular el traspaso de la mujer (todavía la que da) desde un ‘concepto’ de familia a otro. Cambiando la relación de los que pertenecen a una categoría relacionada con la muestra, para que puedan ser transferidos a una categoría diferente (en oposición mutua) y a una muestra diferente, requieren de una palabra definitiva pronunciada por el sacerdote o presentada como una porción de la palabra material y por una muestra de valor (dinero) del comprador. Las escrituras, las licencias y los contratos son re-presentaciones permanentes de las palabras definitivas.
La venta de la mano de obra es similar a la de la propiedad privada, aunque el trabajo a menudo se hace gratis para la familia y para los allegados, y actualmente el regalo y los servicios impregnan la vida, por lo que el trabajo es más flexible que la propiedad privada. Debido a la escasez, los trabajos (mano de obra pagada) aparecen como regalos. Muchas mujeres y muchos hombres no reciben el regalo de ser definidos por el dinero, lo que les permite sobrevivir. La monetización, o a falta de esta, es un instrumento de poder, porque define a un grupo como ligado al concepto del valor económico, y a los otros como no ligados (no tienen la ‘cualidad común’ de ser valores de cambio). Esta categorización implica que aquellos que están fuera podrían formar parte del grupo privilegiado, si sólo fueran más buenos, eficientes y con una buena educación. Su éxito o fracaso parece depender de cualidades que tienen o que no tienen. La importancia del valor del cambio es que permite el acceso a la categoría que tiene la oportunidad de sobrevivir. Sin embargo, la escasez (no tener) que es necesaria para que el intercambio prevalezca como un proceso, es creada artificialmente para que la categoría monetizada (tener) sea la privilegiada.
Los hombres masculados necesitan que la mujer esté en la posición de haber sido abandonada y despojada del privilegio de pertenecer a la categoría privilegiada, de un título o grado universitario (otra masculación verbal), o más aun, de un trabajo remunerado (masculación monetaria), para que cuiden de ellos, preparándolos para el éxito en la feroz competencia que implica pertenecer a las categorías altamente monetizadas. Este es el punto de apalancamiento donde el capitalismo y el patriarcado se encierran con todos aquellos que ellos describen como ‘diferentes.’ El sistema en su totalidad necesita y usa las necesidades individuales de aquellos que están fuera de la categoría de los empleados. Por ejemplo, el mercado de trabajo necesita de los desempleados para poder mantener bajo el precio de la mano de obra. Todos los que efectúan un trabajo monetizado necesitan de la mano de obra gratis de los que no son remunerados; esto pasa a través de ellos y les permite agregarle más mano de obra regalada a sus puestos. El sistema recompensa a los empleados contrastando su aparente bienestar con el sufrimiento causado por las necesidades insatisfechas de los desempleados. Por lo tanto, ‘los que tienen’ son estimulados a atribuir más valor relativo a lo que ellos poseen, por miedo al abandono y al sufrimiento experimentado por los que no tienen. De igual manera, el maltrato a las mujeres y a las niñas, e incluso el abandono de que son víctimas las bebés (en ciertas culturas), hacen que sea muy importante el atributo de la ‘marca’ para aquellos que tienen y para formar parte de la categoría de la masculación, por miedo al maltrato similar que ellos podrían sufrir si fueran seres femeninos que no tienen.
Existe un razonamiento inconsciente: si un niño, por su pene, ha sido colocado en la categoría de los que no cuidan, podría remediar esta pérdida mediante la castración y entonces desearla, para poder ser como su madre cuidadora. (Freud descubrió que a menudo le tenemos miedo a lo que deseamos.) Pero la misoginia de la sociedad les enseña que las niñas que nacen ‘castradas’ son abandonadas de manera más penosa que el niño, para que éste aprenda así a valorar lo que tiene. Podría parecer que el niño tiene envidia de la castración, pero que se la cura mediante el conocimiento del maltrato que reciben los que no tienen. Y cuantos más bienes reciba de ellas, más grande será su ‘haber’ y menos querrá parecerse o envidiará a su carencia.
Tal vez el niño quiera darle su pene a su madre, porque ella no tiene uno, y así satisfacer su ‘necesidad’ de estar en la categoría superior. Sin embargo, él decide quedárselo (lo trata como una posesión inalienable, y por lo tanto, más valiosa de lo que el podría entregar). Renuncia a darlo y al paradigma del regalo al mismo tiempo. Así, demuestra que el modo del regalo es alienable, o menos importante para él que guardar el pene (sin castrarlo) y así permanecer en la categoría ‘masculina.’ En el inter-cambio, toma la sexualidad genital en lugar de dar, así como la sociedad se acoge al intercambio económico y no al regalo. Como adulto, amasando fortunas y propiedades (bienes que pueden ser guardados o dados), tiene la oportunidad de participar de nuevo en un cuidado selectivo hacia los otros. De hecho, si se vuelve rico y lo quisiera, podría dar en abundancia para finalmente volverse más cuidadoso que su madre, quien solamente le fue útil en la infancia. Dando a sólo unos pocos, puede repetir el patrón, privilegiando a los que tienen, repitiendo su ingreso en la categoría privilegiada, haciendo que ellas ‘tengan’ como opuestos a sus contrapartes (económicamente femeninas), que son las que carecen.
Otro defecto de la madre que regala, y se hace a un lado como el modelo para el niño, es que el niño no es validado como algo precioso por parecer inalienable. Ella parece haber renunciando a su pene, tal vez se lo haya dado al niño. Por su lado, el padre no tiene ese defecto, porque no renunció al pene y porque mantiene al niño en la categoría de género. Parece que el padre sabía como no dar demasiado. Si el padre hubiese sido la madre, el niño podría pensar que él o ella tiene el pene y el niño podría parecerse a él o ella y todavía podría cuidar. Esta línea de razonamiento no tiene punto, porque no es el pene lo que aleja al niño de la categoría de la madre, sino la construcción social alrededor del concepto de género. Socialmente lo nombramos como ‘masculino’ porque tiene un pene. Si quisiera permanecer siendo un individuo que cuida y que cuida bien, podría hacerlo como un homo donans, no tendría que sufrir cambios en su cuerpo ni renunciar a su pene, sólo tendría que cambiar su nombre y el concepto de género de la sociedad (un trabajo arduo pero definitivamente menos amenazante que perder una parte del cuerpo). Esta curación del lenguaje le permitiría al niño no desear lo que más teme y así no debe cumplir—su castración. La sociedad podría estar capacitada para acabar con los privilegios de ‘los que tienen’ y castigar a los que ‘no tienen,’ tanto en cuanto a los genitales masculinos como en cuanto al dinero y a otras clases de propiedades.
La gente rica a menudo teme no tener, aun cuando quiera dar a los que no tienen. La misma clase de privilegios que recompensa a los niños y no a las niñas es la misma que recompensa a los ricos y no a los pobres. La misma paranoia y falta de seguridad abruma a los ricos cuando perciben la necesidad de los otros como el deseo de quitarles lo que ellos tienen, la castración de sus bienes. Las mujeres ricas están en una condición contradictoria, porque ellas sólo tienen dinero o propiedades y no tienen la ‘marca’ del privilegio. Esta puede ser la razón por la que compran objetos portátiles muy caros, como joyas, demostrando de esta manera que son miembros indiscutibles de la categoría privilegiada.
Los rifles y los cuchillos igualan la ecuación fálica y algunas veces permite al pobre recibir regalos de los ricos a través del robo. Los ricos fuerzan a menudo los regalos de los pobres a través de los bajos salarios y otros medios de explotación. Sin embargo, no se interpretan esto como robo, sino como ganancias. El sistema de tomar ganancias está defendido por las jerarquías policíacas o militares armadas con cuchillos y armas. Los pobres son castigados por ‘no tener’ mientras que los ricos son recompensados por ‘tener.’
La intensificación de las necesidades de la gente pobre pone en evidencia la necesidad de practicar la economía del regalo en gran escala. Sin embargo, dar dinero se equipara a entregar el pene (la castración), renunciando a la categoría de los privilegiados y a la posibilidad de vivir en la opulencia. La abundancia es buena, pero se la usa para recompensar a los que ‘tienen,’ al no dar y al tipo de categorización, definición y merecimiento que provienen de la musculación. Al generar escasez, el capitalismo provee las condiciones para que prevalezca la economía de intercambio y convierte un derecho universal en la recompensa para unos pocos, como la masculación lo hace con la abundancia de la madre. En la relación entre ‘los que tienen’ y ‘los que no tienen’ actúa una combinación de deseo y miedo de la castración, que surge de la categorización falsa de la masculación. La ansiedad de los niños ha lanzado un maleficio sobre toda la sociedad, causando un inmenso daño. Puede ser difícil que comprendamos esta situación porque inconscientemente sentimos que tenemos que pagar el daño cometido. Sin embargo, en ese caso razonamos innecesariamente de acuerdo con el paradigma del intercambio.
No hay pago que pueda compensar el daño causado, pero el hecho es que si queremos pertenecer al paradigma del intercambio, debemos aprender a per-donar. Si re-definimos el sistema como algo que tiene que cambiar, sin dejar las ‘cosas como están,’ y podemos comenzar señalando la necesidad. Si re-interpretamos el patriarcado a la luz del paradigma del regalo como un mal sueño, podemos empezar todo de nuevo. Tal vez podríamos darle un nombre nuevo al sistema que se basa en la pesadilla infantil de castración, no llamándolo la patriarquía , sino ‘puerarquía,’ el gobierno del niño. Más aun, lo llamaríamos ‘puer’-arquía—el gobierno de la palabra ‘niño.’
El maltrato contra el sexo femenino puede ser visto como la represalia a las madres por entregar al niño al otro género. Tal intercambio tal vez no sea un ataque mercenario, sino otro intento de constituir un concepto, al crear instancias repetidas del problema inclusión/exclusión y de acuerdo con las propiedades físicas. Este intento ha sido infructuoso, a pesar de que el abandono de ‘los que no tienen’ por ‘los que tienen’ ha crecido en gran escala. Ahora ‘los que tienen’ son unos 250 millones de personas, mientras ‘los que no tienen’ son 5.5 billones. Una razón de ello es que la traducción del problema de tener o no tener el pene a los términos económicos de tener o no tener los medios de sobrevivencia, ha creado innumerables problemas nuevos y ocultado su origen común en la percepción infantil distorsionada. Aquí, a diferencia de la pesadilla infantil (donde se puede tener miedo de que las madres dan sus penes a sus niños hombres), los que ‘no tienen’ en realidad dan a ‘los que tienen’—aunque esto está ocultado por un énfasis mayor en el valor presunto y en el mérito de ‘los que tienen,’ cuyas posiciones de ‘uno’ están sustentadas por las jerarquías y ganadas por la competencia y el dominio.
Este malentendido ha creado una terrible distorsión muy profundo en los valores (y en la realidad misma), y a la vez tan ingenuo y obvio que es invisible. Es la masculación y el alejamiento del modelo de la madre lo que nos hace valorar la muerte y la destrucción más que la vida y el bienestar de todos. ‘Los que tienen’ deberían dar a ‘los que no tienen,’ a fin de satisfacer sus necesidades, en lugar de abandonarlos o incluso matarlos para castigarlos por no tener—o para que ‘los que tienen’ valoren más sus posesiones, puestos, dinero y falos. Estoy tratando de explicar los patrones que considero el fundamento de nuestros problemas. No niego que muchos hombres amen a sus niños, ni que algunos niños sean capaces de mantener la capacidad de dar (tal vez para algunos de ellos la masculación simplemente no ‘agarra’), pero creo que estos patrones cavan trincheras profundas en nuestra cultura, prejuician profundamente nuestras instituciones, e influyen en el comportamiento de todos de maneras negativas e innecesarias.
La abstracción, el niño = el padre, es más importante que la creativa y concreta relación de cuidado en la lista de prioridades interna (‘marginal’) de los padres. La similitud física es más importante que los comportamientos o la construcción ad hoc continua del ser, basada en el amor. Sin embargo, esto también tiene que ocurrir, a pesar de la parodia a través de servitud de la madre y el merecimiento del niño. La equivalencia entre el niño y el padre se confirma por los efectos de espejo del niño que refleja al padre, quien, a su vez, se refleja en él (el padre se satisface a sí mismo como muestra del ‘uno’ a partir de ser el equivalente con el que se relaciona el niño) y por otros ejemplos de las relaciones de conceptos en un contexto más amplio. Regalar es ratificar al otro. En el presente, está cuidando equivocadamente al cambio como el ‘otro’ y confirmando su equivalencia, en el principio de la sustitución. Este nutre la contradicción de sí mismo, la sustitución de regalar y el reemplazo por la ecuación fálica. Los que regalan dan al proceso de cambio como el ‘otro,’ y también hacemos al niño el ‘otro’ al permitir que la muestra del padre nos sustituya—creando la imagen masculina (de equivalencia y sustitución) para que el niño la siga. Un simple proceso de orientación hacia el otro da su lugar a un proceso complejo de reflexión de sí mismo.
La madre sostiene y alimenta la similitud del hijo con el padre; ella confirma la importancia de esa similitud, mientras que es obvio y a la vez oculto que no necesita que el niño se parezca a ella, porque de hecho ella lo está criando—a quien es diferente de ella (diferente porque es un infante y además porque se le está enseñando a ser un hombre). Los privilegios y la atención del padre parecen estar condicionados por la semejanza del niño con el padre, y tal vez con el tamaño del niño y, por ende, con el pene, que en realidad no es como el del padre. (Entonces, su ecuación solamente en el principio es programática y contraria a los hechos.)
A esto cabe agregar la necesidad o el deseo de asegurar la paternidad, privilegiando las otras características similares físicas, como las facciones, el pelo, el color de la piel o la altura. Los rasgos de comportamiento también pueden ser semejantes. Más tarde, la obediencia del niño a la palabra del padre hace que el niño actúe de acuerdo con los planes del padre, mostrando así a quién ‘pertenece’ ese niño. El ‘pertenecer’ a alguien es importante también para las niñas. Necesitan pertenecer al padre y por lo tanto ser obedientes a su Ley, aun cuando, finalmente, tengan que ser como su madre. Este requerimiento se debe a que la propiedad y el concepto coinciden como el patrón uno-muchos. Dado que el padre no puede ser el modelo del género de la niña (el otro patrón uno-muchos), la relación de propiedad emerge fortalecida. Las niñas siguen el modelo de la madre al pertenecer al padre y dándole importancia al concepto de la relación uno-muchos entre los hombres.
Para mantener el paradigma del intercambio a veces es necesario borrar incluso la apariencia del regalar. Sin embargo, hay muchos regalos en el intercambio, por ejemplo, mediante el excedente en la mano de obra, la mano de obra regalada, y como resultado de la estafa. Situaciones como la inflación, la emisión de dinero y la tasa cambiaria brindan regalos gratis a algunos. Todo esto está oculto en la apariencia del intercambio equitativo. Por eso tenemos que mantener la vista fija en la apariencia de la igualdad, y eso es un regalo de la igualdad—que esconde los regalos del regalar y el puente entre la diversidad. Hace lo mismo con el cambio de las categorías del niño. La equivalencia con el padre esconde lo que el niño ha perdido para ganar su privilegio—de lo que aparentemente ha sido desposeído y despojado—de donde viene lo bueno en realidad. Cuando la sociedad renuncia a regalar, es como si decidiera cortar con las pérdidas de su compromiso. Nos concentramos entonces en los regalos del intercambio equitativo, que son los valores del patriarcado: la seguridad bajo el reinado del honorable y (ocasionalmente) benigno patriarca, la igualdad y la justicia. Pero esos valores están acompañados por el dominio y por la desaparición del regalar y de los valores de la abundancia: la orientación hacia los otros, la amabilidad, la tolerancia, la diversidad, y el brinco del amor a través de la sinapsis.
El dinero ocupa el lugar del dueño como la ‘muestra’ del concepto con el cual las mercancías se relacionan como valores, hasta que se entregan y las mercancías se relacionan con los nuevos dueños como ‘muestras.’ Una relación de propiedad del ‘uno-muchos’ es ocupada por una relación de valor del concepto del ‘uno-muchos,’ entonces una nueva relación de propiedad ‘uno-muchos’ ocurre.
Véase el libro de Anette Weiner sobre la lógica transcultural del no dar: Posesiones Inalienables, The Paradox of Keeping-While-Giving, The University of California Press, Berkeley y Los Angeles, 1992.
Creo que la sigla OBN (Old Boys’ Network), como el grupo de dueños de propiedades, encarna los valores diferenciales de las palabras que se oponen entre sí en la langue. Históricamente, las mujeres y sus hijos representan para sus maridos y padres lo mismo que las propiedades representan para sus dueños o lo mismo que las cosas representan para las palabras que las designan. Los miembros de las categorías maridos/padres están en categorías diferenciales donde se excluyen mutuamente, mientras que en sus familias la relación es del tipo uno-muchos. Los maridos/padres deben evitar que los otros ‘unos’ tomen su lugar, un reto que también deben asumir los dueños de la propiedad. En la langue, cada palabra está en una relación diferencial con todas las demás, mientras que tienen una relación ‘uno-muchos’ inclusiva con las cosas que que se relacionan con esta como su nombre. Hemos dicho que cuando la muestra ya no es necesaria para formar el concepto, se convierte en otra cosa de esa clase. Sin embargo, la eliminación de la muestra podría atribuirse a que se ha incorporado o incluido en la palabra, un tipo de logoficación. Los hombres (especialmente los que están en las categorías ‘superiores’) aparentemente se convierten en palabras, mientras que las mujeres (y otros individuos de categorías ‘inferiores’) aparentemente se convierten en cosas, ‘concretizadas.’ (Vea de nuevo la Figura 12.)
La idea de comprar y vender mano de obra aparece con claridad, pero hay muchas diferencias entre la posesión de nuestras vidas y la posesión de la propiedad. La relación con nuestras vidas no es en realidad ‘uno-muchos,’ como lo es la relación con la propiedad, aunque podamos dividirla en períodos temporales, aunque quizás tengamos o no tengamos cualidades o habilidades de uso para el mercado.
La institución de la asistencia social define a la categoría excluida como ‘pobre’ y permite que un mínimo regalo sea otorgado por el Estado patriarcal. Esta masculación paradójica de la gente como ‘los que no tienen’ provoca humillación y permite la subsistencia de una clase inferior que cree que su pobreza obedece a sus defectos personales (sus ‘carencias’).