A través del lenguaje, cada individuo teje una respuesta a la pregunta filosófica más profunda de nuestro tiempo: “¿Cuál es la relación del uno con los muchos?” ¿Cuál es la relación del individuo con su cultura y de ésta con los 5.500 millones de seres humanos vivientes? Esta relación es muy diferente a la del individuo en un pueblo o un grupo social en los siglos pasados. Los medios de comunicación nos traen imágenes e información acerca de los miles de millones de personas que nunca veremos ni conoceremos, que son seres humanos tan reales como nosotros. De la misma manera, la astronomía nos ha presentado una visión de la Tierra muy diferente, situada en medio de millones de galaxias y billones de estrellas junto con sus posibles planetas. Conforme aumenta nuestro conocimiento de la humanidad y del universo, nuestra dimensión en relación con la totalidad se reduce notablemente. Sin embargo, permanecemos en un primer plano con respecto a nosotros mismos y por eso parecemos muy grandes, tanto que ocupamos toda nuestra visión.
Desde el punto de vista del paradigma del regalo, la respuesta a esa pregunta sería la siguiente: cada ser humano forma parte de la colectividad porque su identidad se constituye a partir del material de la colectividad, de los regalos lingüísticos y culturales que nos dan los otros y que nosotros damos a los demás. Nuestra subjetividad física y psicológica está hecha de esta misma materia, de esa matriz (o madre) que nosotros reformamos y reconstruimos para los otros. Cada uno de nosotros es un lugar o punto en la trama generada por la transmisión de innumerables regalos. En esa trama, el proceso colectivo relaciona, mediante los regalos, las cosas con las palabras, las palabras con las palabras, las cosas con las cosas, y a nosotros con nosotros mismos—por y a través de los regalos en todos los niveles diferentes.
La reiteración de la masculación en diferentes escalas ha cambiado la configuración de este proceso colectivo, dirigiendo el flujo hacia la categoría de los que se motivan a sí mismos, para ser ellos los que dominan e intentan expandir su importancia personal estableciendo relaciones de control sobre la colectividad y los regalos. A menudo, éstos son servidos por otros que tienen acceso a una relación indirecta con los muchos, al relacionarse con quien domina a los muchos. Cabría pensar que los de la categoría de los dominantes podrían devolver sus regalos a los muchos, pero esto es incompatible con el mandato de género de desbancar y de acumular. Desafortunadamente, la relación dominante de uno sobre muchos parece tener como posible resultado la destrucción de los muchos por el uno. Recientemente, la capacidad de provocar una devastación nuclear ha permitido al poder estar disponible y algunos ‘unos’ han jugado con esa posibilidad. Nosotros debemos revelar el carácter ilusorio de la motivación para crecer y volver a crearnos mediante los procesos de regalar y de recibir, encontrando la manera de relacionarnos como personas que nos podemos cuidar, uno entre muchos y muchos entre muchos.
Para recibir un nicho ambiental, que es un regalo, los seres evolucionamos; las criaturas se desarrollan con necesidades para recibir esa clase de cuidados. El lenguaje es un producto y un subproducto de la vida de las pasadas generaciones, que las generaciones actuales y sus individuos podemos recibir y usar. Es un nicho ambiental creado por la colectividad cultural.
Tenemos que interactuar entre nosotros con respecto a las cosas, porque ellas son valiosas para nosotros, tanto colectiva como individualmente en muchas maneras. Para obtener su fruto, tenemos que ser capaces de usar las cosas de muchas maneras, colectiva e individualmente. En la sociedad, muchas personas han contribuido para enriquecer las cosas, pero también es verdad con respecto al valor de las palabras. Normalmente, aprendemos ‘como usar’ nuestro ambiente inmediato, que se nos da sin ningún costo—que está ahí para que nosotros lo tomemos o para que nuestra madre nos lo dé. Esto, como también el conocimiento de lo más apropiado para usar, nos lo transmiten muchas personas de la sociedad. Pero toda esa cultura material está a nuestra disposición porque otros han interactuado con ésta a lo largo de los siglos a través del vehículo del lenguaje. Las mujeres y las cosas no sólo han quedado fuera de toda consideración, sino que los procesos de vida de las multitudes en el pasado (y en el presente) han sido ignoradas por los filósofos, quienes valoran más las palabras que las cosas, porque contemplan el mundo desde un punto de vista masculado y fuera de todo contexto. La actitud hacia el sexismo es mucho más amplia que el tema del género. Se inicia negaciones y distorciones de puntos de vista que influencian muchos otros asuntos. Se introduce en la dialéctica de la interacción entre las palabras y las cosas, entre el que define y lo definido, cambiando así profundamente la perspectiva de la colectividad y la imagen del mundo que se le presenta.
El intercambio ha enmarañado algunos procesos del lenguaje, al transferirlos al plano material, y en realidad ha creado una situación en la que el regalo se cancela debido al requísito de un contra-regalo equivalente. La creación de esta situación artificial responde nuevamente al patrón según el cual la palabra toma el lugar de las cosas, haciendo que el regalo sea innecesario para la creación de una relación humana en ese momento: No necesito darle a usted una flor para co-municarme con usted en el momento. Basta con que yo diga la palabra ‘flor.’ La palabra también sirve como el equivalente de la muestra. En la descripción del proceso del concepto, hemos analizado como la muestra de la ‘cosa’ no es necesaria cuando la palabra toma su lugar como un equivalente dentro de esa categoría. En el plano material del intercambio, cuando se da el contra-regalo, se cancela el carácter de regalo del primer regalo que expresa su valor al re-presentarlo. Esto resulta particularmente evidente cuando el dinero es el contra-regalo.
El dinero ocupa el lugar del producto como el equivalente de otros productos (así anula ese producto que aparentemente es su equivalente). Cuantifica y re-presenta el valor del producto como el ‘regalo’ sustituto en el intercambio. (Curiosamente, el dinero funciona solo cuando se da.) También anula el valor cualitativo y el valor del regalo (al inferir que la otra persona es valiosa), reemplazándolos por valores cuantitativos y de intercambio, para que éstos sean considerados como cualquier otro producto que está en el mercado.
La transacción humana de cuidar, como una acción de regalar, ha sido alterada y su sitio ha sido ocupado en parte por el proceso del concepto, que mediatiza la relación de la mutua exclusión de la propiedad privada. El uso material del proceso del concepto (y la transposición de la lingüística) permite a los que intercambian que actúen la definición, para dar y recibir la palabra-regalo sustituta, el dinero. Y así, los que cambian pueden dar sin privarse. Les dan valor a las cosas y a su sustituto, al dinero, y no se valoran entre sí. El dinero es un medio de co-municación mediante el cual se define un producto, y el que compra le da al que vende, así como el que define le da el definiendum al que escucha. A su vez, el que vende tiene que entregar el producto—que en el proceso de la definición sería lo definido. Como esto ocurre a través del proceso encarnado del concepto, el valor de regalo del producto se pierde y se transfiere al dinero, que es cambiado por el producto y que constituye el valor de cambio del producto. En cuanto el producto, se convierte en propiedad del comprador, sale del proceso del mercado y adquiere su valor de uso.
Cuando se elimina la atribución de valor del que recibe, el proceso de intercambio en cierta manera elimina el valor de regalo del producto, que no es reconocido. El valor de uso está desprovisto de las experiencias previas; una vez comprado y pagado el precio, no pensamos en el origen del producto. No indagamos sobre el producto que estamos usando, no nos preguntamos si fue elaborado por trabajadores del ‘Tercer Mundo’ que recibieron salarios inferiores a los mínimos, o por mano de obra infantil, o por miembros de los sindicatos de Estados Unidos. Una vez que el producto está listo para que lo usemos, no hay gratitud ni reconocimiento para quienes lo manufacturaron—no es recibido el producto como un regalo de cuidado, y esto implicaría la transmisión de un valor a los que lo reciben. En cambio, el reconocimiento y la gratitud van dirigidos a quienes ‘hacen’ dinero, o tal vez al comprador, al vendedor o al mercado mismo. Por esta razón, creo que hay una diferencia lógica invisible entre los valores de uso que han pasado por el proceso de cambio y los valores de uso de aquello que la gente hace directamente para los otros, y que transmite el valor del regalo. La persona que utiliza el valor de uso, preparándolo y adaptándolo para satisfacer las necesidades de los integrantes de su familia, le agrega un valor de regalo, pero el valor del regalo otorgado por los trabajadores a sus productos ha desaparecido (o ha sido desviado como ganancia hacia otros) a través del proceso de intercambio.
En su análisis del dinero y de las mercancías (productos del intercambio), Marx, tomó como punto de partida las mercancías, pues sostenía que los estudiosos se habían equivocado al iniciar el análisis con el dinero. Una consideración similar puede aplicarse a la relación de las palabras con el mundo. Cuando nos formulamos preguntas acerca de esa relación, usualmente tomamos las palabras como punto de partida, lo que nos coloca en el camino equivocado. Debemos comenzar con el mundo, no con las palabras—con la co-municación material y no con la co-municación verbal. En cualquiera de los casos, la respuesta pasa por de la actividad de regalar de los seres humanos. Sin embargo, si comenzamos con las palabras, no podemos percibir el carácter de regalo ni en las palabras ni en las cosas. El carácter de regalo permanece escondido en la transparencia de las palabras, porque en la definición la posición de la palabra está sobrecargada por la masculación y porque ‘toma el lugar del otro.’
La posición de las mujeres, colocadas en un instancia ‘inferior’ de regalar con respecto a los hombres masculados, es similar a la posición de las cosas respecto de las palabras. Es por eso que para las mujeres es más fácil comprender el lenguaje desde el punto de vista de las cosas, mientras que los hombres asumen el punto de vista de las palabras. Por supuesto, todos los seres humanos son ‘cosas que se relacionan con las palabras,’ como cuando refiriéndonos a alguien decimos: ‘esa persona que está allá,’ ‘el siguiente en la fila,’ “el amigo de María.’ Sin embargo, como la palabra se ha encarnado en el género masculino, la mujer toma el lugar de la cosa en forma análoga a la relación de la cosa con la ‘palabra.’ Como todos sabemos, cuando se habla de nosotras y nosotras no hablamos, nos hacemos a un lado para permitir que quien ocupa nuestro puesto nos re-presente en público, y mientras tanto, en la casa, continuamos regalando.
Las mujeres nos colocamos constantemente en relación con los otros. Mantenemos, cuidamos y creamos a nuestros niños y niñas—y en todas esas tareas valoramos—continuamente a los otros de muchas maneras. Las cosas no se dan en primera persona como lo hacemos nosotras; las cosas no se dan a sí mismas a la gente. ¿A qué se debe su lado activo? Es la recepción que la colectividad hace de la acción y de la creatividad—más allá del foco de lo individual, del trasfondo de los muchos, en el que las mujeres han estado situadas anónimamente por siglos. Nuestro dar sin reconocimiento, proveyendo directa e indirectamente a los otros, es el proceso y el resultado de una permanente interacción dialéctica de la colectividad con las cosas. La humanidad no sólo practica el dar, sino que en este proceso deja una cantidad numerosa de subproductos disponibles para que los otros los tomen. Algunas veces, parece que las mujeres (y las otras personas excluidas) eran solamente un subproducto de unos pocos hombres y que, como las cosas, sólo tenían el valor que la colectividad les otorgaba y no el valor que surgía de ellas mismas, como donantes en la interacción. Las cosas se parecen a las mujeres en que se tanto unas como otras se hacen a un lado, dejando que las palabras ocupen su lugar.
Al tratar a las mujeres como ‘cosas’ que cuidan y ceden su lugar en la relación ‘uno-muchos’ a aquellos hombres que ocupan su lugar y que las poseen o controlan, se repite la misma relación que hay entre las cosas y las palabras, una relación que siempre ha sido tan difícil de comprender para los filósofos. Los filósofos masculinos tienen su propio punto de vista, el punto de vista de los que toman el lugar, de los propietarios y de los controladores, el punto de vista desde los ‘unos’ en oposición a los ‘muchos.’ Al ser tratadas como cosas, las mujeres toman el punto de vista de las cosas, de los muchos, de los que dan y se hacen a un lado.
Alguien podría preguntarse: “¿Realmente las cosas se dan y se hacen a un lado para dejarles el espacio a las palabras, como las mujeres se hacen a un lado para favorecer a los hombres?” El entramado de los numerosos regalos que constituyen el proceso vital de la colectividad, ¿se les da vida a las cosas, con nuestra manos mágicas, para que se conviertan en Pinochos, obedientes al fin a las palabras del padre? ¿O es todo una proyección? Olvidando las palabras de Gepeto, las brujas y las hadas, traten de sentir, como mujeres, la vida de los objetos inanimados, porque tal vez nosotras somos como ellos, malditas por la objetivación. De todas maneras, nuestras palabras son diferentes, menos vacías que las de los hombres masculados, porque también nosotras hablamos cosas.
Al comenzar el estudio con las palabras y relacionarlas con las cosas, el investigador puede dividirlas al menos en dos grupos: el ‘vehículo’ (sonido, significante, señal, escritura, gesto del lenguaje de signos) y el ‘significado’ (idea, significado, referente, designatum, etc.). Creo que estamos empaquetando algunos de los valores característicos de las cosas en lo que suponemos es el ‘significado’ de la palabra. Entonces, las palabras se escinden de las cosas, que se presentan como privadas de sus valores de comunicación, porque ni las cosas ni las palabras son reconocidas en el aspecto de satisfacer las necesidades de los otros (para-otros) o de darles valor. Deberíamos contemplar las palabras no tanto por el valor que puedan tener, sino como regalos sustitutos que portan el valor de las cosas en sí y en la comunicación. Este valor contribuye a la formación de la comunidad en toda su variedad, permitiéndonos que nos vinculemos con los demás de manera específica en cuanto los componentes del mundo. Es la existencia general de las cosas para los otros.
En la comunidad distorsionada por la masculación, los géneros actúan, sin entender, la relación entre las cosas y las palabras (lo cual no entienden.) Desde luego, estamos metidos en este problema porque los seres humanos somos más capaces que las cosas de responder a las definiciones como profecías de autocumplimiento, aunque las cosas parezcan animadas. Los hombres actúan el rol de la palabra, la mujer actúa el rol de las cosas. Los hombres, que han tomado el lugar de la mujer, son los regalos sustitutos para la mujer (para-otros), ostentan el valor de las mujeres en la comunicación dentro de esa clase de comunidad que llamamos patriarcado. Las mujeres ayudan a crear esa clase específica de vínculos que constituyen y mantienen esa comunidad. Los hombres son los regalos sustitutos de esos regalos individuales ocultos que son los que dan regalos. También las cosas tienen un lado oculto de regalo, que se atribuye a las palabras que ocupan su lugar. Las palabras y los hombres se remiten a sí mismos, mientras que las mujeres y las cosas no. Toda esta confusión proviene de hacer una división entre el sí mismo y el otro, creando así a los que hablan y los que escuchan (los que dan y los que reciben), que se incluyen mutuamente en dos categorías originales de género, ineludibles y opuestas.
Si comenzamos con las cosas y no con las palabras, podemos ubicar un ‘significado’ en toda la variedad de apariencias y de uso de las cosas en su relación con las palabras, como es la relación con el regalo sustituto para los seres humanos. Las diferentes clases de cosas que se relacionan con una palabra (lo que llamamos los diferentes ‘significados’ de la palabra) pueden parecerse entre sí. Por ejemplo, la palabra ‘dulce’ puede sugerir el sabor de la miel o de los pasteles, porque tienen el mismo sabor, como lo tendría también una persona de carácter afable. La miel, los pasteles o la actitud afable son cosas relevantes para los seres humanos. Si no estuviesen relacionados con una misma palabra, tendrían que estar relacionados con diferentes palabras si no están relacionados con una única palabra podrían relacionarse con frases compuestas de palabras referidas a sus distintos aspectos. El hecho de que las cosas estén relacionadas con una palabra implica que ellas (o cosas similares a ellas) han sido utilizadas para satisfacer las necesidades de los muchos. Cuentan con una cierta generalidad; no sólo porque las palabras en sí son generales, sino porque las cosas están relacionadas con ellas en virtud del que le dan los seres humanos. En la formación de un concepto, la capacidad de las cosas de repetirse para otros como cosas de la misma clase ocupan un primer plano, debido a la generalización de la muestra con respecto a los muchos y a la suposición final de la polaridad de una palabra general. El hecho de que haya una palabra para esa clase de cosas, expresa la generalidad de las cosas—no solamente de la palabra. Por lo tanto, la palabra en sí no es nada; depende de la relación de las cosas con ella.
El ‘significado’ es el término de arriba hacia abajo que se basa en la palabra que sirve para la relación entre las cosas y las palabras. Esta relación la establecen los seres humanos de manera permanente para cada uno, colectiva e individualmente. A menudo sólo creemos en la relación entre la palabra y la cosa, pero es la relación cosa con cosa o cosa con palabra lo que les da valor a los seres humanos. Sin esto, las palabras no serían útiles para nosotros. La relación entre la cosa y la palabra también funciona en la constitución de las identidades por diferentes razones: los seres humanos somos también ‘cosas relacionadas con las palabras’ entre nosotros (hablamos de nosotros); nos nutrimos entre nosotros lingüística y materialmente en muchos niveles; y como ya señalamos, muchos de nosotros nos hemos modelado en algún proceso lingüístico.
Hemos proyectado estos procesos lingüísticos en la organización de lo colectivo, económica y políticamente, y en la estructura de la familia. Las proyecciones confirman y recompensan algunos tipos de comportamiento y descalifican otros, ‘entrenándonos,’ influyendo en nuestras identidades. Conforman los contextos donde vivimos, imponiendo los parámetros de la ‘realidad’ (a lo que llamamos el ‘patriarcado’) donde formamos nuestras identidades artificiales, fabricadas por nosotros mismos. (Vea las Figuras 11 y 12.)
En Estados Unidos, las mujeres no sólo tomamos los apellidos de nuestros esposos, sino que en los roles tradicionales los hombres ocupan la esfera pública, hablan por nosotras y a menudo toman decisiones por nosotras. Se sabe quiénes somos por las relaciones que tenemos. Para poder conocer acerca de las relaciones entre las cosas y las palabras, debemos comenzar con las cosas—del mismo modo que si queremos saber sobre las relaciones entre las mujeres y los hombres, debemos comenzar con las mujeres, como lo ha puesto en evidencia el feminismo. Durante siglos, los hombres han razonado desde las palabras hacia las cosas, y han tratado de entender a la mujer (a los niños y a las ‘cosas’) razonando a partir de ellos mismos. Me parece que quienes buscan el sentido de la vida son como los que buscan el significado de las palabras partiendo desde arriba hacia abajo enfocándose en las palabras. En su lugar, deben comenzar con el regalo material y no con los regalos lingüísticos, sustitutivos y re-presentativos. Necesitamos dar cosas, no palabras, satisfaciendo así las necesidades materiales de los otros para crear abundancia para todos, co-municándose para forjar las subjetividades físicas (los cuerpos), y no sólo las subjetividades lingüísticas y psicológicas de la co-munidad. Necesitamos crear los cambios sistémicos que harán que la comunicación material y generalizada sea posible para todos a todos niveles.
Algunas veces el altruismo parece fingido porque el ego artificial del intercambio masculado ha aprendido a hacerlo, pero no de una manera maternal. La caridad paternalista da en pequeñas cantidades, sólo lo suficiente para quitarse la presión de unos pocos individuos, sin que esto signifique cambiar necesariamente la totalidad de la situación. Ellos mantienen el control de los regalos y de los receptores a través de la ‘diligencia cumplida,’ con la idea de que los que reciben tienen que ganarse su confianza. Entonces las mujeres (incluso las madres), sobrevalorando estos procedimientos ‘caritativos,’ los toman como la norma de como ser altruista. Si las mujeres continúan desacreditando el modelo de madre (la muestra para el concepto) y lo interpretan solamente desde el punto de vista que se refleja y se valora a sí mismo en la masculación y el intercambio—ya sea por nuestro propio éxito en el sistema o por tomar el punto de vista del hombre (el ‘otro’) que siendo más valorado nos degrada—perderemos el potencial revolucionario (el re-evolucionario) que ahora inflama el corazón del movimiento feminista universal.
Al haber aceptado durante siglos la declaración masculina de que las mujeres somos inferiores (‘cosas’), y al aceptar ahora la declaración de que nosotras somos o deberíamos ser ‘iguales’ al modelo, corremos el riesgo de renunciar a nuestro alineamiento con la Madre Tierra, a la posibilidad de salvar la Tierra, de salvar a nuestras madres, a nuestras hijas e hijos, de salvarnos a nosotras mismas del espejo hambriento del paradigma del intercambio. Nuestra especie se está comiendo a sí misma, porque no puede valorar la muestra del concepto de la madre que da en abundancia y ni siquiera puede verse. Hemos hecho del acto de regalar, que es la fuente de la vida y de la felicidad, y de sus expresiones en los niveles económicos, políticos e ideológicos, esclavos del ego masculado y artificial. Esto canaliza los regalos de toda la humanidad hacia las arcas de unos pocos, cuyos excesos priápicos se alejan de las necesidades y son transformados en armamentos fálicos, ‘marcas’ mortales, por medio de los cuales un grupo puede demostrar su ‘superioridad’ (ocupación de la posición privilegiada de la muestra del concepto) sobre otro, que es obligado a hacerse a un lado.
De esta manera, los regalos obligados de los muchos se desperdician en gastos que no nutren y que sirven para la destrucción, por no mencionar la inmolación de los millones de corazones, mentes y cuerpos que regalan. Des-haciendo los cuerpos de la comunidad, la co-municación se vuelve contra sí misma, a imagen de la muestra del concepto. Mientras tanto, al suplir las necesidades para la guerra (nutriendo el cambio fálico), se destruye convenientemente (gastando la riqueza en armamentos) la abundancia que podría facilitar el regalar en diferentes lugares del mundo, que no participan directamente en la guerra. Hemos creado una relación parasitaria, en la que una cantidad relativamente muy pequeña de personas actúan como parásitos de los demás, recreando así una situación de privilegio que originalmente fue creada al transferir la mitad de nuestros bebés a una categoría ‘superior,’ que no colabora en los cuidados y que es mediatizada lingüísticamente. Esta categoría está más valorada y el valor es otorgado por los que cuidan, gracias al mandato de la posición de la muestra en el concepto. (La posición de la muestra es sólo un mecanismo funcional y conceptual para organizar nuestras percepciones y no la forma de ‘merecer’ amor o abundancia). El anfitrión debe re-educar y convencer al parásito (que de cualquier manera es parte de sí mismo). No debemos permitir que el parásito siga convenciendo al anfitrión.
El parásito está compuesto de espejos—intercambios, definiciones, juicios—y tiene que recibir energía, dinero, comida, tiempo y cuidados de otro, para poder hacerse lo suficientemente grande y convertirse en el privilegiado, tomando el lugar de los otros, sin que sea culpa de nadie este estado aberrante de las cosas. De hecho, el culpar y sentirse culpable son parte del paradigma del intercambio, una manera de hacer que el otro ‘pague.’ No podemos arreglar el paradigma del intercambio aplicándolo una y otra vez a sí mismo. Las prisiones y las sillas eléctricas están llenas de personas que ‘están pagando’ por sus equivocaciones. No necesitamos justicia; necesitamos amabilidad. En realidad la justicia es un intento de definir el crimen para que no ocurra de nuevo. Tratamos de cumplir esa definición mediante una clase de intercambio, pero a la vez ese intercambio se deriva de la definición. El ‘pago’ implica una co-municación material forzada por medio del cual se requiere que el criminal dé algo y luego se haga a un lado. Pensamos que, tal vez, regresando al nivel de los regalos y bienes materiales, el tiempo, e incluso cadena perpetua es un intercambio de ‘igualdad,’ tendremos más injerencia sobre el que actúa mal. Se intenta evaluar la gravedad del crimen con respecto a otros crímenes (una forma de cuantificación). El criminal está masculado de nuevo, distanciado físicamente (sacado de contexto) y puesto en una categoría de ‘otro’ con un ‘término’ o con una ‘frase.’
Existen tres tipos de relaciones sobre los que hay que trabajar: 1) las mercancías con el dinero; 2) las cosas con las palabras; 3) las mujeres con los hombres. Se puede usar cada una de estas relaciones para explicar las otras.
Por ejemplo, todas ellas son relaciones del tipo uno-muchos como elemento constitutivo. Las mercancías son los muchos y se relacionan con el dinero como su equivalente. También son muchos en relación con el precio en particular como el uno. Las cosas se relacionan con las palabras de muchas maneras como muchos-uno: como muchos con respecto al lenguaje como un tipo de cosa; como muchos con respecto a una sola palabra (por ejemplo, la palabra ‘cosas’); y como muchas cosas con respecto a la palabra que ‘significa’ esa clase o que la re-presenta. Como género ‘inferior,’ todas las mujeres se relacionan con los hombres y con cada hombre como los muchos con el uno. Además, cada una de estas relaciones implica relaciones potenciales de uno-uno. La pareja humana es el ejemplo de una relación uno-uno, como la relación más efímera del intercambio de un producto por dinero, y como la idea del signo de Saussure de la unión entre el significante y el significado. Las variaciones del intercambio, en la relación uno-uno, ocurren en la relación constante entre la mujer y el hombre, con la relación familiar del padre. La madre figura en sí como el uno en cuanto a sus hijos, que son potencialmente los muchos, pero su puesto es tomado por el padre como ‘cabeza’ de familia. Estos ejemplos obedecen a una doble moral, como el síndrome de Don Juan o la poligamia, que también representa una relación de muchos-uno. Otra relación muchos-uno es la de la propiedad con su dueño, que a menudo se combina con la relación de la familia, como la de bienes muebles con el padre. Entonces, desde luego, hay súbditos del rey, electores que eligen a sus representantes, naciones a sus presidentes, empleados a sus empleadores. Hay etapas sucesivas de muchos-uno, por ejemplo: católicos a los sacerdotes, sacerdotes a los obispos, obispos a los arzobispos, arzobispos al Papa. Las fuerzas armadas están relacionadas jerárquicamente con los oficiales hasta los generales, etc. El solapamiento de muchas estructuras uno-muchos crea un mecanismo gigante. Tal vez, cuando algunas de las piezas falten, la situación será más benigna, pero el refuerzo que existe en las estructuras del patriarcado del Primer Mundo, lo ha hecho más letal y priápico que nunca antes—con sus armas nucleares listas para aniquilar a los muchos, con su nube fálica en forma de hongo, evidencia de que se ha obtenido la posición uno (1).
Hemos estado razonando y actuando desde el punto de vista de las palabras en relación con las cosas, del dinero en relación con las mercancías, y de los hombres en relación con las mujeres. Me parece que la explicación para esto es que la economía del intercambio provee un centro en el ego y da valor e importancia principalmente al ‘uno,’ a la conciencia aislada y abstracta. La importancia (y los modos de usar) de la conciencia colectiva, de la conciencia de grupo, y de otras experiencias con tintes de regalo ha sido ignorada, porque sólo hemos sabido comenzar a partir de nosotros como seres individuales—y sólo a aquellos que han tenido éxito en su individualidad se les ha concedido el honor y la autoridad para hablar. Este centrarse en sí mismo se debe a la lógica del intercambio que se refleja a sí misma y al modelo jerárquico de arriba hacia abajo. Es consistente con el capitalismo, especialmente con el ‘productor independiente,’ o el empresario, héroe cultural. Los académicos no están más lejos de este síndrome que los otros, aunque tal vez les gustaría estarlo. La competencia, en términos de creatividad y agudeza (siendo la recompensa la valoración del ego, la autoridad y el prestigio), influye en la visión del mundo de los académicos, como si las recompensas sólo fueran económicas. El lenguaje se ha convertido en un instrumento del poder, y los que lo estudian generalmente no están libres de los patrones que le dan valor al ego y que permiten la posibilidad del poder.
Las mujeres también podemos desarrollar un ego centrado en nosotras mismas, y sin embargo, tendemos a permanecer orientadas hacia los otros, porque seguimos siendo necesarias para cuidar a los niños y a las niñas. Dentro o fuera de la academia, nuestra visión del mundo parece ser más amplia que la de los hombres, especialmente cuando no somos serviles al patriarcado. Con un pie en cada lado, es más fácil advertir las contradicciones. De hecho, lo que podemos observar es que estamos paradas con una mitad en la luz y con la otra mitad en la sombra. Aun cuando compitamos con éxito en la economía del intercambio cambio, podemos identificarnos con la infinidad de mujeres que no son vistas ni reconocidas.
Nuestro lugar en la sombra también nos permite ver a otros que también están en las tinieblas, las masas anónimas, las culturas, las mujeres, los niños y los hombres que están colocados en un último plano por el ego masculado. Junto a ellos están todas las cosas, animales, criaturas, plantas, inventos, arte y objetos caseros que han sido el objeto de nuestros cuidados, del uso y del mantenimiento a lo largo de los siglos. En las tinieblas están todas las mesas que hemos pulido, el maíz que hemos cosechado, los terrenos que hemos cultivado, los caballos, las vacas y las gallinas que hemos alimentado, la nieve que hemos paleado, los techos que hemos techado, las líneas de ensamblaje en las que hemos trabajado, los fregaderos que hemos desatorado, los bailes que hemos bailado, los niños y las niñas que hemos criado. En toda esta variedad de actividades, hemos conferido valor a las cosas y las hemos imbuido libremente con material de nuestra vida para que otros pueden usarlas con toda libertad. Aun cuando nuestra actividad ha sido muy costosa, humana y económicamente, el resultado de nuestras acciones, guiadas por los principios del cuidar, se mantienen como un legado gratuito para los otros. El legado es material y está en la realidad—la casa en la que se vivió y que se le dio mantenimiento ha sobrevivido hasta el día de hoy, la casa abandonada se pudrió y desapareció—debido al cuidado y al regalo no masculado de corazones y mentes.
El ego del hombre teme en forma notoria a la muerte y ama lo que teme, porque al desviar su mirada de los otros, niega lo que ha recibido de ellos—como también su existencia e importancia. Por lo tanto, es muy probable que se vea a sí mismo como una fuente aislada de lo que le ha sido dado por los otros, desde las masas de personas que lo precedieron, hasta los trabajadores en las fábricas y los agricultores, hasta su madre, su esposa, su hermana y (a veces incluso) su hermano. Esto es poco frecuente, porque la pandilla de los muchachos y el vínculo masculino sirven para incrementar el sentido de poder y de autonomía del ego masculino. Los hombres aprenden a reconocer la imagen que se refleja a sí misma y a valorarse entre sí. La posición del ‘uno’ trabaja particularmente bien en la negación de que se ha recibido algo de los otros. El ego es capaz de ver todo en el marco del tomar—o por lo menos de ser merecedor de lo que recibe. (Merecer es otra transposición del intercambio, que requiere un equilibrio entre las acciones pasadas y las recompensas presentes.) Debido al énfasis en la monetización de la mano de obra en el capitalismo, hemos centrado la atención solo en esa área de las actividades y en ese tipo de relación humana que es el ‘hacer dinero.’ Porque el ego piensa que sus percepciones, su mundo, y sus habilidades surgen de sí mismo, y de ese modo su propio carácter social y artificial es escondido y corre el peligro de sufrir de solipsismo.
Observar el lenguaje desde el punto de vista del paradigma del regalo es un buen remedio para el solipsismo. Si consideramos que cada palabra es un subproducto de los procesos de la vida, mediatizados por el lenguaje de innumerables personas antes de nosotros, a través de la cual satisfacen necesidades comunicativas mutuas y que también nos es regalado gratuitamente, nos encontramos en contacto con millones de otros seres humanos que regalaban y se comunicaban y de quienes hemos recibido nuestras palabras (y nuestra cultura y nuestros bienes materiales). Actualmente, el solipsismo no es tanto una posición filosófica en nuestra sociedad, como una posición psicológica y política. Esta permite la crueldad sin responsabilidad, la felicidad por nuestro propio bienestar, a expensas del dolor de los demás. Nuestra compasión se marchita y se seca y nuestras almas se convierten en prisioneras de nuestros egos. Permitimos que los gobiernos tomen innumerables decisiones que provocan la muerte de muchos o que los dejan morir, cometiendo así un genocidio económico y militar, mientras nosotros nos quedamos seguros en casa, preguntándonos si en realidad esa gente existía.
Las personas que hablan de crear nuestra propia realidad se inspiran, sin saberlo, en la cualidad creativa y mágica del regalo del lenguaje, sin tomar en cuenta que la fuente del regalo son en general los otros. Algunos actitudes religiosas, tanto los de la Nueva Era como los fundamentalistas, son propensos a escaparse de la raza humana, no para evitar sentirse debilitados entre la multitud, sino para pertenecer sólo a la posición privilegiada del ‘uno.’ Cuando sólo nos relacionamos con Dios (que a menudo es visto como el ‘uno’ masculado, y por lo tanto parecido a cada uno de nosotros como un individuo aislado) y no con la raza humana y el planeta, nos volvemos megalomaníacos y paranoicos. Después actuamos sin compasión, ignorando a esa gente fuera de nuestro centro inmediato—cuya espiritualidad es tan grande o tan pequeña como la nuestra. Si nosotros pudiéramos re-conceptualizarnos a nosotros mismos por haber recibido de la otra gente en el pasado y en el presente, comenzando con nuestras madres, no estaríamos aislados ni débiles. De hecho, el vernos a nosotros mismos como un ego masculado (recibiendo de los otros porque lo ‘merecemos’) nos hace sentir débiles. Después, por eso, buscamos compensaciones excesivas.
El solipsismo está desaprobado, porque pensamos con el lenguaje y éste lo recibimos de los otros. En la historia bíblica del Génesis existe una teoría de la creación que cuenta que Dios había enterrado los huesos de los dinosaurios para ‘probar nuestra fe.’ De igual manera, los solipsistas tendrían que implantar el lenguaje en nuestras mentes para probar la fe, al hacernos dudar de que hay otras personas allá fuera. En la actualidad, la tierra es tan vasta y variada que nosotros no podríamos vivir en ella como individuos aislados. Necesitamos las percepciones comunes de los muchos para darle alguna clase de contexto real a nuestra vida individual. La sociedad es como un ojo de mosca gigantesco que, juntando múltiples facetas en una visión colectiva, es capaz de ver el gran cuadro. Este cuadro es facilitado y transcripto por el lenguaje para que pueda mediar en nuestras relaciones sociales. En la transcripción, a su vez, provee una especie de inmenso tímpano que reverbera en respuesta a todo aquello que es importante, con un cierto umbral de intensidad más allá del nivel individual. A través de la elaboración colectiva, los valores culturales de las cosas a las que la co-munidad responde están guardados en las palabras, mantenidos con vida como regalos disponibles para todos y que se usan constantemente.
El ego patriarcal todavía ve sólo aquellas cosas que están en su centro, iluminándolas con luz propia. Es porque las personas del ‘Primer Mundo’ viven así, ignorando el flujo de regalos, dinero y valores que provienen de ese ‘Tercer Mundo’ dentro y fuera de las fronteras de Estados Unidos. Cuando la CIA no está desestabilizando directamente los gobiernos del Tercer Mundo o los Estados Unidos está apoyando a tiranos fascistas en contra de los intereses de los muchos pobres, el patriarcado del ‘Primer Mundo’se apodera económicamente. Mientras que los medios y las terapia se enfocan en el aquí y el ahora, el gobierno usa nuestro dinero, su influencia y su armamento para devastar a la gente en la oscuridad. Los grandes negocios se ubican allí, causando desastres económicos y ambientales, mientras que algunos cosechamos las ganancias y otros pierden su trabajo. Cuando los grandes negocios no se pueden esconder, éstos se cubren con mentiras, justificando lo que hacen como ‘desarrollo.’ Bajo la apariencia de ayudar a la gente, traen falsamente el modo del regalo al centro, para cubrir el modo amargo del intercambio, que es en realidad la explotación que es lo que están haciendo. Esto tiene el efecto de pintar el modo del regalo como algo distinto a lo que es, identificándolo con los hombres y especialmente con el gobierno y los negocios grandes, que son los que están más lejos de la verdad. A menudo, estos hombres como individuos nunca han cuidado de nadie, pues siempre han funcionado siempre dentro del mecanismo del intercambio.
Actualmente las necesidades de nuestro ‘Primer Mundo’ son satisfechas de forma gratuita o a un costo muy bajo por los habitantes del ‘Tercer Mundo.’ A ellos no se les devuelve el equivalente de su trabajo. La diferencia de las economías permite a los negociantes alzarse con la mayor parte del precio que pagamos, colocando ese dinero en nuestros bancos, transfiriendo de los que no tienen a los que tienen, de la oscuridad a la luz, de lo invisible a lo visible. El flujo de los valores se estanca como en un río bloqueado y se le mantiene en un nivel más ‘alto.’ Las economías del ‘Primer Mundo’ se han beneficiado enormemente de las economías del ‘Tercer Mundo.’ Tal vez, es difícil notar este hecho porque no recibimos los beneficios directamente como individuos. La gran cantidad de valores que circulan aquí y no allá se debe al desequilibrio del intercambio, un intercambio que en la práctica se reduce al regalo que el ‘Tercer Mundo’ le da gratuitamente a Estados Unidos.
La motivación para las ganancias a muy corto plazo con el modo del ego deja a la gente en la oscuridad (las generaciones del pasado, los habitantes del ‘Tercer Mundo’ en el presente dentro y fuera de nuestras fronteras, y todas las personas del futuro, todos los niños y niñas) dañándola y destruyéndola con la pobreza, la contaminación y la guerra, para que paguen por esa ‘luz,’que es nuestro continuo bienestar. El problema no es la depravación moral o la inclinación psicológica hacia la avaricia, sino una visión del mundo ‘normal,’ una estructura del ego y una forma económica que operan en perjuicio de todos. Creo que no sabemos individualmente lo que estamos haciendo, pues si lo supiésemos, nos detendríamos y haríamos que otros se detuviesen. Nuestra conciencia colectiva está en negación—lo cual le impide acceder a la conciencia individual. Por eso es tan importante que haya un cambio de paradigma.
El mandato de tomar el lugar del otro y de ser el ‘uno’ mediante el dominio, se transmite en cada nivel de nuestra sociedad. La escasez, creada artificialmente para mantener el sistema del intercambio, intensifica los castigos para los que no cumplen el mandato. No advertimos que es lógicamente imposible que cada ‘uno’ esté relacionado con los muchos y que no hay otra agenda para la vida de los hombres que no sea la masculación per se. El trabajo, la educación y la recreación se ofrecen a los que ‘tienen,’ pues esas áreas forman parte de la economía del intercambio. Las pandillas y el comportamiento criminal son la única oportunidad para cumplir con una agenda masculada, la violencia contra la mujer sigue siendo una opción para los hombres que necesitan actuar como los ‘unos’ dominantes. Todas estas actividades deben ser definidas como ‘incorrectas,’ pero sólo a través de una revisión y una redefinición de la sociedad podrá resolverse este problema.
Debemos cambiar los paradigmas y educar a todos en el cuidado de los demás, no debemos mascular a nuestros niños en una estructura del ego que requiere privilegios para cumplir con el mandato de su identidad de género. Tenemos que restablecer el modelo de la madre que brinda cuidados a todos, educando a los niños para que participen de los cuidados desde el nacimiento. Después de ser obligados a abandonar a su madre y aprender a no cuidar, ¿cómo pueden aprender a ser ‘buenos’ más tarde si se atienen a las reglas, la sintaxis situacional que se deriva de nombrar el género, es decir, la Ley dominante del Padre?
De nuevo tenemos que preguntar, “¿Para quién es esto?” Atribuimos las cualidades de las cosas a las palabras y las cualidades de las palabras a las cosas. En el ejemplo de los lingüistas: ‘hombre’ = + adulto + masculino, ‘hombre’ no tiene las cualidades de edad adulta ni de masculinidad, porque ‘hombre’ es una palabra, mientras que un hombre no lo es. Tapamos la relación entre las cosas y las palabras con un concepto basado en la palabra, al que se pueden atribuir (dar) cualidades. Transcribimos las cualidades de hombre en una fórmula basada en la suma y la resta, que es la traducción cuantificable de dar y recibir, creando un ‘significado’ no amable—una actividad sin dar. ¿A quién sirven estas atribuciones? Si restablecemos el paradigma del regalo, podríamos llamar al ‘mean-ing’ (lo no amable) en inglés ‘kind-ing’ (lo amable). Nótese el juego de palabras entre mean (no amable) y kind (amable).
Me parece fascinante que el busto haya sido a la vez degradado y convertido en un objeto sexual en nuestra sociedad. Hasta hace poco, las botellas de leche para los bebés tenían una forma fálica—otro síntoma de nuestra enfermedad, la de sustituir a la madre con el modelo del padre.
Los niños y las niñas pueden participar en muchas de estas actividades en niveles diferentes. La relación de propiedad se asemeja a los complejos de Vigotsky. Es ‘uno-muchos’ pero no dependen de la similitud. El niño también puede ser propietario, por ejemplo, de juguetes, cuando es muy pequeño—mientras que él o ella ‘pertenecen’ al padre en la relación familiar. Complejos associativos o sus incarnaciones en la propiedad o la familia pueden mantenerse unidos también a través de un ‘tono sentimental,’ como Carl Jung dijo de la asociación de palabras y acerca de los complejos psicológicos. El tono sentimental de los conceptos sería influenciado por la masculación. Carl Jung, 1973 [1906] “A psychological diagnosis of evidence” Experimental Researches, Collected Works of C.G. Jung 2, Leopold Stein and Diana Riviere eds. London, Routledge and Keegan Paul, pp. 318-332.