Capítulo 5


El concepto de hombre

Como en el lenguaje, la capacidad de conceptualizar se puede atribuir al hardware biológico o a la socialización. Muchas investigaciones se están llevando a cabo sobre estas dos posibilidades. Algunos dicen que la capacidad de reconocer cosas semejantes es un don genético. Otros creen que podemos formar conceptos por un proceso de comparación y generalización. Para algunos, este proceso obedece a un prototipo, posiblemente derivado de la primera cosa de esa clase que el niño vio o de alguna cosa de ese tipo que estaba en su entorno inmediato. Mediante comparaciones reiteradas se pueden abstraer algunas cualidades comunes. Un experimento dirigido por el psicólogo Lev Vigotsky en la década de 1920 dio origen a la teoría del prototipo y se lo identifica con esa corriente psicológica.

Uno-muchos

Según Vigotsky, el desarrollo de un concepto presenta una serie de etapas que culminan en una etapa final de ‘uno-muchos,’ donde el prototipo o la ‘muestra’ adquiere una relación estable de ‘uno-muchos’ con un número de objetos con los que se los comparó, excluyendo así los objetos que son diferentes. Los objetos diferentes adquieren una relación común entre ellos, al ser comparados con la muestra y al encontrarlos parecidos de alguna manera a la muestra. Esto generaliza la muestra, siendo la cualidad común de los objetos similares un reflejo de esa generalidad. La muestra tiene un nombre, y los objetos que comparten las cualidades también comparten ese nombre.

La descripción que suele hacerse del experimento de Vigotsky fue suministrada por E. Hanfmann y J. Kasanin en el libro Conceptual Thinking and Schizophrenia, 1942, pp. 9-10:

“El material usado en las pruebas de formación de conceptos consiste en 22 bloques de madera que varían en color, forma, altura y tamaño. Hay 5 colores, 6 formas, 2 alturas (las figuras altas y las figuras chatas), y 2 tamaños de superficie horizontal (grandes y pequeñas). En la parte inferior de cada una de las figuras, que el sujeto no puede ver, está escrita una de las siguientes palabras sin sentido: ‘lag,’ ‘bik,’ ‘mur’ y ‘cev.’ Sin importar el color o la forma, ‘lag’ está escrito en todas las figuras altas y grandes, ‘bik’ en todas las figuras grandes y chatas, ‘mur’ en todas las figuras altas y pequeñas, y ‘cev’ en todas las chatas y pequeñas.

“Al comenzar el experimento, todos los bloques (bien mezclados en cuanto a color, forma y tamaño) se esparcen en una mesa frente al sujeto. La persona que dirige el experimento da vuelta uno de los bloques (la muestra), lo enseña al sujeto, le lee el nombre, y le pide al sujeto que escoja todos los bloques que él piensa que pertenecen a esa misma clase. Después de que el sujeto ha hecho esto, el que realiza el experimento da vuelta uno de los bloques escogidos equivocadamente, le muestra al sujeto que es un bloque de otra clase, y le pide que continúe tratando. Después de cada intento se da vuelta uno de los bloques equivocados. Conforme aumenta el número de bloques equivocados, el sujeto obtiene una base para descubrir a qué característica de los bloques se refiere la palabra sin sentido.

“Tan pronto como lo descubre, las ‘palabras’ se colocan en el lugar de las clases definitivas de los objetos (por ejemplo: ‘lag’ para los bloques grandes y ‘bik’ para los bloques grandes y chatos), y se crean nuevos conceptos para los que el lenguaje no tiene nombre. Entonces el sujeto es capaz de terminar la tarea, de separar en cuatro clases los bloques. según las palabras sin sentido. Por lo tanto, el uso de los conceptos tiene un valor funcional definitivo para el desempeño requerido por la prueba.

“Si acaso el sujeto en actualidad usa el pensamiento conceptual para tratar de resolver el problema, esto puede ser inferido por la naturaleza de los grupos que él construye y por sus procedimientos para construirlos. En cada paso de su razonamiento se refleja la manipulación de los bloques. La manera en que el sujeto se enfrenta por primera vez al problema, el manejo que hace de la muestra, la respuesta a la corrección, la búsqueda de la solución—todas estas etapas del experimento proporcionan datos que pueden servir como indicadores del nivel del pensamiento del sujeto.” (Vea las Figuras 6 y 7.)

La estructura del concepto ‘uno-muchos’ es muy importante para la psicología cognitiva, mientras que la demostración experimental de Vigotsky de las posibilidades de diferentes tipos (‘equivocados’) de uso de la muestra, nos permite ver lo que no se está haciendo en el razonamiento conceptual de uno-muchos. Dos de las posibilidades del razonamiento ‘errado’ muestran esto con claridad: el complejo del ‘nombre familiar,’ en el que la muestra se sostiene firmemente y las cualidades por las que los otros objetos se le parecen varían; y el complejo de ‘cadena,’ en el que la característica de uno-muchos se pierde, porque un objeto se parece a la muestra en una característica y el siguiente se parece al segundo objeto en otra característica diferente, y así sucesivamente. Las estrategias ‘erradas’ señalan la importancia de mantener la muestra firme y de tratar de desarrollar generalidades, comparando reiteradamente los objetos con la muestra con respeto a las mismas similitudes. Al final del experimento, la muestra no es necesaria, porque se ha reconocido que un tipo de bloques tiene uno de los nombres dados a las diferentes clases de cosas en el experimento.

He reflexionando mucho acerca de esto y mi conclusión es que una palabra toma el lugar de la muestra y asume su generalidad. Esto me permite crear una segunda caracterización de palabras, que puedo agregar a la categoría de regalos co-municativos para la satisfacción de las necesidades. Una palabra-regalo puede tomar el lugar de la muestra, que no siempre se puede dar como tal y que no puede permanecer estable por mucho tiempo, salvo como imagen. La palabra, con su repetición infinita, tiene la característica de ser ‘la misma cosa,’ aun cuando cada instancia sea un evento diferente de las otras instancias. Al quitarle a la muestra la función de uno-muchos, la palabra ayuda en la organización del concepto de tal manera que los miembros de ese concepto son considerados similares entre sí, por la relación común con el nombre, y también por su relación común con la muestra.

Una vez que se establece la relación entre las cosas similares, de acuerdo con las cualidades encontradas, la muestra ya no es necesaria y la palabra puede traer la muestra a la mente como una cosa en sí misma. La razón de esto es que, en la relación ‘uno-muchos,’ se establece una polaridad donde el uno se mantiene como un punto de referencia y los muchos se comparan con él uno por uno. La palabra, al tomar el lugar del ‘uno,’ mantiene la polaridad, haciendo evidente la relación de los ‘muchos’ entre sí, y también consigo misma. (Vea las Figuras 8 y 9.)

La muestra o el prototipo deben mantenerse firmes con sus cualidades. Sin una clase consistente o una categoría, no se puede construir y nuestros pensamientos podrían vagar de una asociación a otra. Sin embargo, cada cosa de la clase puede ser escogida como el ‘uno,’ se le debe sostener firmemente como la muestra y, una vez que se construye la categoría, la muestra puede ser degradada a su posición ‘uno-muchos’ y convertirse de nuevo en una clase de cosa. A mi juicio, la posición del uno (o la muestra) ha sido malentendida, al constituirse como parte de la definición de género, y por ello se la ha enfatizado, investido con privilegios especiales y proyectado a las estructuras de la sociedad como patrones auto-similares en diferentes niveles.

El padre y su familia, el rey y sus súbditos, el general y sus tropas, el gerente y sus negocios, etc., personifican la relación polar de uno-muchos establecidas en el desarrollo del concepto. La relación entre el dinero y los productos también es una personificación del concepto y podemos usar esta relación polarizada entre los objetos para deducir la relación uno-muchos entre las personas. Incluso la relación entre la persona y su propiedad puede caracterizarse como una relación uno-muchos que deriva del concepto (investido de género) de la estructura. (Es más como el complejo de ‘nombre de familia’).

El uno privilegiado

Privilegiar la posición de la muestra es muy peligroso, porque la polaridad y los conceptos formados con su ayuda son originalmente inocentes en la medida en que son formas útiles de organizar nuestros pensamientos y nuestras percepciones. Es un nivel muy íntimo y básico de pensamiento el que se inviste con el peligro de la posición del uno. Y por ser tan básico, esta ‘investidura’ es muy difícil de investigar, de proyectarla hacia fuera para poder lidiar con ella. Puesto que nunca pensamos rastrear el origen de nuestro extraño comportamiento de uno-muchos en el desarrollo de los conceptos, continuamos aplicando el proceso en muchos niveles de la sociedad, creando estructuras que luego interactúan, compiten, se apoyan entre sí y se disponen nuevamente en jerarquías de uno-muchos. Juntas, estas estructuras forman el sistema social que se propaga a sí mismo y que llamamos ‘patriarcado.’

En la raíz de estos sistemas descansa la pregunta del género masculino y la masculación. El hombre ha sido escogido como muestra de la categoría para ‘humanos.’ La categoría genérica niños es diferente de la categoría de las madres que los cuidan, lo cual ha provocado que los hombres sean la ‘muestra’ para la categoría de ‘humanidad.’ A su vez, al hacerse a un lado, al no aparecer como la muestra con la que los hombres se deben comparar, las mujeres los han nutrido con esa pauta para encontrar su identidad como seres humanos. Por esta razón, parece como si a las mujeres les faltase algo, al carecer de esas características humanas que los hombres tienen. El pensamiento abstracto, la agresividad, el individualismo, el liderazgo, la independencia (cualidades que tienen que ver con el logro competitivo de la posición del ‘uno’) aparecen como cualidades ‘humanas,’ y como las mujeres no ostentan esas características, aparecen como ‘seres humanos inferiores’ y, en consecuencia, no constituyen la muestra apropiada para el concepto.

Mientras tanto, las mujeres seguían practicando el paradigma del regalo cuando esto no se hizo imposible por escasez, guerra, y violencia individual de varios tipos. El concepto ‘humano’ fue cuestionado por siglos por su significado mientras los filósofos consideraban a la mujer inapropriada como muestra para este concepto. Mientras tanto, el paradigma del regalo (que las mujeres practicaban) fue y continua siendo el origen del significado, la comunidad, e incluso la vida misma.

Las características que definen al género masculino son en realidad las características de la posición del ‘uno’ con elementos de los patrones de tomar-el lugar-de, que derivan del papel de la palabra en el nombrar y en la definición. Estas características son adquiridas por los niños para poder cumplir con la profecía del concepto de género, distinto al de sus madres. Para ser reconocido como ‘hombre,’ el niño debe lograr la posición del ‘uno’ que sustentan los padres en su familia por ser del género ‘masculino.’ El requerimiento del Edipo no es tanto matar al padre como tomar la posición del ‘uno.’

La consideración lógica y simple de que no todos pueden ser el ‘uno’ en una polaridad y que esta relación no es permanente, puede no ser evidente para los niños pequeños. Los mandatos del género masculino parecen ser, “Sea distinto a las mujeres, crezca para ser igual o superior a su padre, para ser capaz de ocupar el puesto de éste y ser así merecedor de llamarse hombre.”

El niño se relaciona con la muestra que lo cuidaba antes de entender las implicaciones que su nombre tenía por su género. Luego la palabra ‘niño’ lo separa de la categoría de la madre. Entonces, las características del padre, de avasallar y dominar, pudrían surgir de la capacidad del mundo de alejar al niño de su identificación con la madre. La habilidad de colocar las cosas en categorías parece ser una de las capacidades del padre y un aspecto del rol del ‘uno.’ El padre es la pauta (como el dinero), y esta pauta tiene la capacidad de hablar y (al tomar el lugar de la muestra de la madre) de ser la palabra, que crea categorías y divide. Cada juicio refuerza el poder que él (o su nombre de género) pareciera tener—para así separar al hombre de la mujer.

La relación del niño con su padre es una relación de inferioridad, de los muchos con el uno, de la propiedad con el propietario, de la cosa con una palabra o con una muestra (una muestra que no es el acto de regalar). La masculación es un clase de des-humanización original, porque el modelo del padre se hace objeto, un objeto que no es humano. La definición de la mujer ni siquiera llega a eso, mientras que la relación entre los miembros del concepto de lo masculino se sobrevalorada.

La historia bíblica de José y sus hermanos se refiere a la situación en la que muchos hermanos rivalizan entre sí por la posición del ‘uno’ que heredarán del patriarca. En el sueño de José, las gavillas de maíz y el sol, la luna y las estrellas inclinándose hacia él, expresan simbólicamente la relación. Cuando el niño toma a su padre como muestra para su propio concepto, él es parte de los muchos reales o potenciales con respecto al ‘uno.’ La identidad por su género parece una rivalidad competitiva entre los miembros del mismo género por la posición del uno.’ Su padre puede estar haciendo lo mismo en su lugar de trabajo. ‘Tomar el lugar de’ parece ser el mandato de su rol por su género, según el cual los hombres ocupan el lugar de las mujeres, y la muestra masculina (la palabra) toma el lugar de la muestra femenina y de su manera de dar regalos.

Entonces, lo que a temprana edad los niños pequeños perciben como el rol de su género es la personificación de la posición de la muestra y la personificación parcial de la palabra. Ser igual o parecerse a la muestra y tomar el lugar de los otros se convierte en algo importante para la identidad masculina, mientras que la orientación hacia el otro y el regalar permanecen como principios de la identidad femenina. Al erigir al hombre en la muestra para el concepto de ‘humanos,’ se anula la importancia del regalar. Sin embargo, las mujeres (y otros hombres) continúan dándole a los hombres, cuya identidad ha sido constituida de esta manera, privilegiándolos y recompensando especialmente a aquellos que ostentan la posición del ‘uno.’ Entonces el regalar apoya esta construcción de la identidad, aun cuando el ser es cancelado por esa identidad y juzgado por la misma como un comportamiento ‘instintivo inferior’ (menos que humano). El regalar impregna todas las actividades y todavía es la manera de transmitir los bienes y los mensajes, de co-municar y de conformar nuestra co-munidad. Lo hemos alterado y distorsionado, y sin embargo, lo usamos para favorecer al ‘uno’ en desmedro de los muchos. Desde muy pequeños, se nos enseña a des-conocer la modalidad del regalo dándole otros nombres (‘actividad,’ ‘trabajo hogareño,’ ‘ocio,’ ‘valor agregado,’ ‘ganancia’). Cuando comenzamos a comprender la dinámica de los paradigmas del regalo y del intercambio, podemos darle el valor y los nombres apropiados al acto de dar regalos.

La palabra encarnada

En la masculación, los hombres personifican al regalo sustituto, tomando el lugar de la madre, erigiéndose el padre como la muestra y renunciando a dar. Éste es el momento de la Caída—cuando el niño hombre advierte que no podrá participar en la manera co-municativa de regalar lo material debido a la definición de su género.

Tal vez, la equivocación más grande (y más pequeña) cometida por la humanidad haya sido darles nombres opuestos a los niños según el género—equivocación tan inocente pero tan terrible, tan pesada como la segunda pluma en la balanza de Maat. ¿A veces nos preguntamos por qué el Espíritu del Bien no nos ha destruido por todos los horrores que cometemos—como el genocidio, la violación de los derechos humanos, la discriminación de grupos étnicos, el abuso de niños, la contaminación de la tierra y los mares, el asesinato de especies y de individuos, la tortura física y mental? Tal vez porque el origen de todos esos horrores reside en una inocente mala interpretación, muy fácil de hacer.

Hemos encarnado la palabra en el proceso mismo de nombrar, y la palabra que hemos encarnado es ‘masculino.’ Es sólo una palabra, pero le hemos permitido dominar nuestra psicología y todas las estructuras sociales. La hemos usado para alienar a la mitad de la humanidad que cumple con la norma de regalar.

Después de incluir a nuestros hijos varones en la categoría de no dar, nosotros (madres y padres) los privilegiamos y los recompensamos, y les damos más a ellos que a nuestras hijas. Luego tratamos de enseñarles altruismo a través de una moralidad autoritaria o de los preceptos religiosos que surgen de la Ley. Entonces nos preguntamos: ¿por qué es tan difícil de lograr?, y justificamos la dificultad pensando que la ‘naturaleza humana’ es cruel.

Ahora ha surgido la necesidad de una co-municación para toda la humanidad—la necesidad de un término nuevo, para mediar en las relaciones con nuestros bebés. Necesitamos una palabra-regalo nueva para todas esas pequeñas criaturas que son nuestros regalos más grandes, para los otros, para el futuro y para ellos mismos. Usando esa nueva palabra-regalo, un término para los dos géneros, podemos terminar de resolver los problemas que están destruyendo a nuestra especie, a nuestras madres y a nuestra Madre Tierra.

Véase Lev S. Vigotsky, Thought and Language, editado y traducido al inglés por Eugenia Hanfmann y Gertrude Vakar, M.I.T. Press, Cambridge, Mass, 1962.

Véase el análisis de Karl Marx sobre la moneda como el ‘equivalente general,’ en el primer libro de El Capital, capítulo 2 [Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1999].

El experimento de Vigotsky muestra como los niños son capaces de identificar conscientemente los conceptos y el uso de estrategias del pensamiento conceptual en la pubertad. Trabajos desarrollados más recientemente por la psicología muestran como los niños usan la relación del prototipo desde su infancia. La situación experimental de Vigotsky pone a prueba un cierto nivel de conciencia en el uso del concepto. Curiosamente, Carol Gilligan et al. han escrito acerca de la elección que las niñas hacen en la pubertad entre dos modalidades, que me parecen similares a los modos del regalo y del intercambio. Véase Making Connections: The Relational World of Adolescent Girls at Emma Willard School, editado por Carol Gilligan, Nona P. Lyons y Trudy Hanmar, Harvard University Press, Cambridge, MA, 1990. Tal vez el pensamiento ‘uno-muchos’ y el privilegio masculino reciben un nuevo énfasis en la pubertad.

Esta transición se parece mucho al intercambio, como veremos en el capítulo “Mercado y género.”