Nombrar y su forma más complicada, la definición, constituyen momentos especiales del lenguaje donde las palabras son dadas para satisfacer las necesidades metalingüísticas (necesidades respecto del lenguaje mismo) de los que escuchan. Al nombrar las cosas para el otro, o al definirle las palabras, le proporcionamos los medios de producción de la co-municación lingüística. Esta situación es diferente del discurso, porque el nombrar y el definir están fuera de contexto y sus procesos internos son de una clase especial. Nos salimos del flujo del discurso hacia un metanivel, para entregarle al que escucha algo que aún no tiene, un término ‘nuevo’ que satisface la necesidad comunicativa constante y general.
La necesidad que se satisface con el flujo del discurso es la necesidad de un regalo y la relación contingente con algo, que se satisface cuando el hablante da al oyente un producto verbal, combinando palabras (cada una de las cuales considerada en si misma nos proveería con una relación constante) en oraciones. En el discurso, el oyente podría, en principio, construir las frases del hablante, pero no ha reconocido (en esa instancia) la necesidad de formularlas. En el caso de nombrar y definir, el que escucha necesita las palabras apropiadas, que aún no tiene y que por eso no puede usar. Su necesidad es comparable con la necesidad material de los insumos para la producción—sólo que en este caso se trata de insumos para la producción de regalos verbales.
En los procesos de nombrar y de definir, el hablante efectúa un servicio para el oyente, comprendiendo lo que éste necesita saber y brindándole una palabra adaptada de tal manera que la pueda aprender. Si una mujer está hablando con un infante o con alguien que habla otro idioma, puede decir la palabra y al mismo tiempo mostrar, señalar, alzar o sostener la ‘cosa’ para que el oyente experimente el regalo. Sin embargo, si sabe que el oyente tiene algún conocimiento del vocabulario del lenguaje que ella habla, puede definir la palabra en cuestión usando términos adaptados en una frase, términos que ella supone que el oyente ya conoce.
Para hacer esto, es necesario situarse en el lugar de la otra persona, pensar en sus conocimientos, ‘leerle la mente,’ a fin de conocer su vocabulario y su experiencia vital. La definición requiere que el hablante se oriente hacia el oyente. Podría saber qué palabras usar por haberlas escuchado en boca de otros, cuando hablaban y ella escuchaba. El que habla o el que escribe tiene que usar términos que supone que los otros ya saben, aunque esté definiendo una palabra para el público en general. Si la definición escrita no es clara, el lector se ve obligado a adquirir más conocimientos lingüísticos en otras fuentes; por ejemplo, en un diccionario. Sin embargo, aun las definiciones impersonales del diccionario requieren que los que definen usen términos que los otros puedan entender. Las definiciones no son, como creen los filósofos (influidos por las ecuaciones y el intercambio), son regalos de palabras de una persona a otra u otras personas.
El definiens es una frase que forma parte de la definición y funciona como un regalo sustituto y provisional adaptado a lo que se define, permitiendo que aparezca la relación general social de la cosa con su nombre. El nombre es la constante social de la palabra-regalo, que satisface la necesidad comunicativa general respecto de esa clase de cosa en la sociedad. El que habla entrega un regalo individual provisional, sustituye la cosa dada por la palabra-regalo social y la hace accesible al que escucha. Por ejemplo, tanto ‘el animal peludo y amigable como la mascota de Tía María’ como ‘felino doméstico’ son regalos provisionales, que se pueden dar a quienes escuchan la definición de la palabra ‘gato.’ Su selección, o la selección de otras variantes, depende del vocabulario y de la experiencia que tenga el que escucha (y su necesidad comunicativa), según la interpretación del que habla. El definiendum es provisto como un regalo sustituto de la comunicación social constante (el nombre) para aquella clase de cosas y para cualquiera de los otros definiens referidos a esa clase de cosas. (Vea la Figura 3.)
La implicación es: Lo que el definiens ha hecho con respecto a la cosa, el definiendum puede hacerlo aun mejor. En nuestros ejemplos, ‘El animal peludo y amigable como la mascota de Tía María’ escoge una ‘muestra’ de gato, mientras que ‘felino doméstico’ ubica el animal en la taxonomía, que requiere de un sistema complejo de interrelaciones de definiens y definienda para distinguir entre categorías similares. El definiendum ‘gato’ es más general que cualquier definiens (cualquier frase que defina) y toma el lugar como el nombre de aquella clase de cosas para los hablantes de ese lenguaje.
Al suministrar el nombre mediante el proceso de sustituir el definiendum por el definiens, el que habla está regalando las palabras, que a su vez los otros le han regalado. El proceso gratuito de regalar, recibir y pasar a otros, hace que las subjetividades humanas se vinculen entre sí, con el lenguaje y con una enorme variedad de cosas cualitativamente diferentes, tales como eventos e ideas. En la relación mediatizada por la lingüística, los humanos somos una especie que se constituye a sí misma y que es capaz de vincularse de tantas maneras como experiencias tenga. Usamos los procesos de regalar y los regalos verbales para vincularnos entre nosotros, creando un nuevo nivel de organización de las experiencias—un nivel de asuntos compartidos, que la lingüística nos ha dado.
La definición es una suerte de ‘paquete’ que contiene varios regalos en diferentes niveles. Al crear un definiens utilizando términos que el oyente ya conoce, el hablante le hace un servicio a este último. Le relata algo que ocurre en el mundo, le da un definiens al definiendum, y de ese modo le regala una palabra nueva al que escucha. Las cosas—los gatos, por ejemplo—se hacen a un lado como regalos co-municativos, porque son sustituidas por una frase-regalo que se le entrega al oyente para que la use—por ejemplo, el definiens ‘felinos domésticos.’ Análogamente, la combinación de palabras, la frase que constituye el definiens, ‘felinos domésticos,’ también entrega su puesto en favor del definiendum, ‘gato,’ que se hace cargo. Tanto la experiencia vivida, ‘gato,’ y el definiens, ‘felinos domésticos,’ dan su lugar al definiendum, ‘gato’ como el regalo verbal que generalmente posibilita la comunicación en torno a esa clase de cosas para los miembros de la co-munidad.
La palabra ‘gato’ es más usada para hablar acerca de los gatos y, por lo tanto, es más general que los definiens ‘felino doméstico,’ o ‘un animal como la mascota de la Tía María,’ o ‘un animal peludo con una cola larga.’ Empleamos con mayor frecuencia la palabra ‘gato’ que cualquiera de esos definiens. Sin embargo, éstos podrían utilizarse en caso de que surja la necesidad comunicativa de hablar de esos animales de esa manera, con ese nivel de especificidad. ‘Gato’ es más constante y general que ‘un animal peludo con una cola larga.’ Le dimos el nombre ‘nombre’ al ‘gato’ y no a frases tales como ‘un animal peludo con una cola larga,’ etc.
Todos estos regalos están ligados por la necesidad metalingüística de comunicación del oyente, y la satisfacción de la necesidad de servicio del hablante. La que habla no guarda para sí el conocimiento del léxico (aunque algunas élites y grupos cerrados lo hacen), sino que lo da libremente al que escucha, preocupándose por crear y suministrar un definiens que el oyente pueda entender.
Pese a ser un paquete de regalos, la definición no funciona internamente de acuerdo con el proceso regalar-regalo-recibir, como lo hace la frase transitiva. En este caso, una entrega no verbal y una parte de la oración ceden su lugar a un definiendum,una palabra general o nombre que toma el lugar como lo constante y, por lo tanto, como regalo sustituto más general para la satisfacción de la necesidad co-municativa.
Cabe señalar que cuando el verbo ‘ser’ está contenido en la definición, es el sustituto para los dos actos en la sustitución de regalos: el definiens y el definiendum. Estos últimos se hacen a un lado, implicando que ambos actos son lo mismo, porque son sustituidos por la misma palabra, poniendo con claridad y en evidencia la operación total en el presente. (Vea la Figura 4.)
La relación de las palabras entre sí y con las cosas en ‘la niña golpeó la bola’ es diferente de la relación de las palabras entre sí y con las cosas en ‘una bola es un objeto redondo usado para jugar.’ En el primer caso, la frase completa es un regalo, y contiene dentro de sí el regalo del predicado que el sujeto da al objeto. En la definición, alguien suministra el regalo de una palabra a otra persona que no la conoce, mediante la sustitución de algo que ella conoce. Por ejemplo, ‘un objeto redondo que se usa para jugar’ sustituye a una palabra que el oyente no conoce: la palabra nueva ‘bola.’ El que habla es el sujeto que regala el definiens y el definiendum al que lo escucha y éste, a la vez, recibe el definiendum como una adquisición permanente. El definiens cede su lugar al definiendum, del mismo modo en que la cosa ‘cede su lugar’ primero al definiens y luego (de manera permanente) al definiendum como su nombre.
El que escucha tiene la necesidad metalingüística de una palabra que desconoce. La memoria y la comprensión de ese patrón fonético constituyen ‘los medios de producción’ de una palabra-regalo que el hablante puede dar, para satisfacer las necesidades co-municativas del oyente y crear un vínculo con él respecto de esa clase de cosas. El que habla satisface así la necesidad metalingüística del que escucha.
Los procesos de sustitución y de hacerse a un lado para que ocurran la definición y el nombrar, son los procesos originales de los que deriva el intercambio. Se los coloca entre los patrones no verbales de la interacción, y se los distorsiona para mediar en la clase de necesidad co-municativa que surge de la relación humana de la propiedad privada. Las estadísticas muestran que, en el mundo, sólo el 1% de la propiedad privada está en manos de las mujeres (quienes, a pesar de esto, son capaces de ejecutar los procesos de nombrar y de definir). Es más, la propiedad privada es una institución que pertenece a las llamadas sociedades ‘desarrolladas,’ y no a las sociedades ‘primitivas,’ que son capaces, en alguna medida, de efectuar ciertos procesos de nombrar y de definir. Entonces, los lenguajes basados en la inclusión mutua del regalo preceden al intercambio y a las relaciones de propiedad basadas en la exclusión mutua, que son mediadas por esos procesos. Los procesos de nombrar y de definir en los que la sustitución y el hacerse a un lado son predominantes, han sido alterados al habérselos colocado en el plano material. Esto se advierte especialmente en el intercambio monetario, donde según su función como regalo sustituto, el dinero crea una imagen de la palabra similar a sí mismo, en una escala diferente. Además, sin el regalar y sin el proceso de intercambio, la institución de la propiedad privada basada en la exclusión mutua sería esclerótica e inmanejable, puesto que cada propietario no podría lograr con medios pacíficos que sus necesidades fuesen satisfechas por los otros.
El uso de estos procesos lingüísticos para evitar el regalar y para mantener aislado a cada uno de los operadores económicos, contradice el principio fundamental de la vida y el lenguaje, que es el dar y el recibir, y fomenta un ambiente misógino y hostil, al que los seres humanos han tenido que adaptarse. De hecho, nos hemos adaptado tan bien que parecen actos naturales, mientras que los comportamientos agresivos y competitivos que son necesarios para sobrevivir aparecen como inherentes a la ‘naturaleza humana’ (que se expresa ‘históricamente,’ es decir, según el punto de vista masculino).
La existencia de los mismos procesos en el plano verbal y no verbal trae re-verberaciones. Por ejemplo, en nuestra sociedad capitalista actual hay una retroalimentación entre la definición (verbal) y el intercambio (no verbal), en la que la definición convalida el intercambio, y éste le otorga una función a aquélla. Una persona o un producto se define por la cantidad de dinero que esa persona o ese producto ‘valga.’ Los nombres, las categorizaciones, los títulos desde ‘mujer policía’ hasta ‘doctor’ tienen un valor monetario.
Al controlar a la gente a través de su salario, que es definido por el dinero, se convalidan los nombres de las marcas y la definición de los otros por su valor monetario. Los productos con nombre y las marcas de los productos justifican los precios más elevados. Vemos los procesos de definición como si éstos dieran sentido a nuestras vidas. Si tenemos un título, un grado universitario, un apellido de casada, somos ‘alguien.’ Sin embargo, todo este acto de nombrar sucede en una sociedad que no reconoce el regalar, que es el principio que da origen al significado del lenguaje y de la vida.
El intercambio se refleja en nuestro concepto de la definición, donde ésta aparece como una ecuación intelectual aséptica y no como un paquete lleno de regalos. A los regalos mencionados, debemos agregar una consideración más amplia y es que, a veces, la definición cumple la función social de transmitir las palabras entre las generaciones, entre los grupos lingüísticos, etc. Es más, encontrando un ‘lenguaje común,’ utilizando las palabras que muchos han usado, tanto en el discurso como en la definición, el que habla y el que escribe pueden comunicarse con personas situadas en distintos puntos espaciotemporales. Se debe lograr la identificación usando términos ya empleados por otras personas o construyendo nuevos términos sobre la base de aquéllos, aunque, por supuesto, fueron otros quienes hicieron el esfuerzo de adquirir esos términos a través de la educación, desarrollando el conocimiento de alguna disciplina o de algún aspecto de la vida (a veces con un lenguaje propio y especializado).
La necesidad de definir las palabras es común a todas las personas, ya que nadie nació sabiéndolas. Las definiciones abundan en libros, diccionarios y tratados. También se explora la naturaleza de las cosas en discusiones que buscan definir las clases de cosas. Si las definiciones están bien adaptadas y utilizan palabras que otros han usado comúnmente, el paquete de regalos de la definición puede continuar funcionando, independientemente de quienes lo hayan hecho. Los regalos surgen para satisfacer las necesidades del lector, tan pronto como éste abre el diccionario.
La habilidad para continuar la satisfacción (meta) de las necesidades co-municativas hace que la definición parezca independiente del origen humano y que la relación entre el que da y el que recibe parezca poco importante. En un sentido, podríamos decir que es la sociedad, la colectividad, la que nos da los ‘medios de producción’ verbales, estableciendo así un vínculo entre nosotros. En otro sentido, el servicio incondicional y generoso del que define es fácilmente olvidado, cuando usamos las palabras que se nos han dado para establecer relaciones con los otros.
Cuando ignoramos el servicio o el regalo implícitos en el lenguaje, creemos que el proceso básico del lenguaje consiste en la forma en que las palabras toman el lugar de otras palabras en la definición, y no en la satisfacción de las necesidades. Se produce una especie de fetichismo, en el que el ‘significado’ parece proceder de la relación entre las palabras, en lugar de surgir de la relación entre las personas, al usar las palabras respecto de las cosas. Desde que los filósofos se han concentrado en los significados para hablarnos de todo, de la humanidad, de Dios, de nosotros mismos, investigamos los significados para encontrar la relación entre las palabras y el mundo—y sólo observamos como las palabras toman el lugar de otras palabras en sistemas cerrados. No vemos el cuidado como una co-municación, ni vemos la necesidad lingüística co-municativa como una necesidad social relevante, que surge del mundo y de los otros, y cuya satisfacción es la finalidad de la interacción verbal y no verbal entre los individuos.
Debido a la plantilla magnética de la lógica del intercambio, la necesidad del otro nos parece funcional a nuestra propia necesidad. Su ‘demanda’ debe ser ‘efectiva;’ se debe tener una cantidad de dinero necesaria para sustituirlo por un producto, para satisfacer nuestra necesidad co-municativa de tener dinero. No percibimos el ‘servicio’ implícito en el significado, sólo vemos su llamada ‘función de verdad,’ es decir, si su ‘intención’ (significado) corresponde o no a su ‘extensión’ (las instancias de esa clase de objeto en el mundo).
‘Un soltero es un hombre que no está casado,’ es un ejemplo que suele usarse para mostrar la correspondencia absoluta entre el definiens y el definiendum. Todo hombre que es soltero es también un hombre que no está casado. Definiciones como ésta son regalos que satisfacen la necesidad metalingüística de ejemplos filosóficos de significados. El aspecto del regalo metalingüístico de la palabra se ha convertido en un aspecto secundario. La orientación del que define hacia el otro parece también irrelevante respecto de la equivalencia de ‘extensión’ e ‘intención.’ Por lo tanto, esto se ignora, mientras la definición aparece como independiente y aséptica, al no estar afectada por las relaciones humanas. La apariencia aséptica podría desaparecer si la que escucha es una mujer soltera. Podrían surgir algunas preguntas acerca de si un soltero es un hombre que no se ha casado. ¿Por qué a ella no se le llama ‘soltero?’ ¿Acaso se han considerado sus necesidades materiales y comunicativas? ¿Por qué el que define es el hombre insensible?
Cuando pensamos en el lenguaje, lo hacemos bajo la influencia de las prioridades del cambio, por la necesidad de identificar los bienes, sus medidas y la verificación aséptica y objetiva de su equivalencia para la satisfacción de las dos partes (o de la sociedad en su totalidad). La correspondencia entre dar y recibir o entre vender y comprar es el modelo de la correspondencia entre el lenguaje (precio) y la realidad (productos). La motivación hacia la necesidad del otro como un fin es ignorada tanto en el intercambio como en el estudio del lenguaje.
Puesto que las definiciones se hacen sustituyendo palabras con otras palabras, la relación entre las palabras y el mundo parece derivarse de la forma de la definición, de la forma de sustitución como un fin en sí mismo—sin considerar la actividad creativa de dar, recibir y ceder. La relación de las palabras con el mundo parece surgir de la fórmula de la ecuación (x = y), o de las palabras mismas, o de la voluntad de quien las pronuncia. Al concentrarnos en la sustitución, y no en la idea de regalar, es difícil volver atrás, al mundo del lenguaje, y entonces aparece solamente como “el sentido de que una señal es otra señal,” y así en un regreso al infinito (aunque sistemático), como si las palabras no estuviesen del todo ‘enganchadas’ con el mundo.
Parece que ‘re-present-ación’ es un proceso en el que no ha habido una ‘present-ación’ anterior que lo respalde. En su lugar, la ‘representación’ (tomar el lugar del otro) es sólo un momento en el proceso de regalar, que es un proceso tanto lingüístico como no lingüístico. Sin duda, podemos sustituir un regalo con otro, pero el proceso total, desde la identificación de la necesidad hasta la adaptación del regalo en particular—las palabras o las frases—que podrían satisfacerla, implica mucho más que tomar el lugar del otro o sustituirlo. Comprende la orientación hacia el otro, la habilidad de entender la necesidades del otro en relación con el mundo y las cosas en el mundo que son pertinentes a esas necesidades. Comprende el reconocimiento de que potencialmente somos los que podemos satisfacer las necesidades de las otras personas, usar las clases de cosas apropiadas, y tener la motivación de satisfacer no sólo las necesidades comunicativas, sino también las necesidades materiales. Esto también implica reconocer a los otros como los que satisfacen las necesidades de uno mismo. Para el patriarcado el mundo está hecho solamente de aquellas cosas por las que podemos competir, y no de aquellas cosas que tienen valor para la satisfacción de las necesidades de los otros.
También es necesaria la orientación hacia el otro para ser capaz de usar las palabras que los otros pueden entender, ponernos en su lugar y considerar lo que ellos no saben como una necesidad que nosotros podemos satisfacer. Cada necesidad es un tema con muchas variantes. La necesidad general de comunicarnos acerca de los gatos—para constituir relaciones humanas con respecto a los gatos—abarca todas las formas en que éstos pueden presentarse o relacionarse con los humanos. Individualmente, somos capaces de reconocer esas formas como las necesidades, surgiendo del contexto extralingüístico o lingüístico, que otros puedan tener de relacionarse con nosotros respecto de los gatos. La palabra ‘gato’ se nos ha dado socialmente como un medio para satisfacer, al menos en parte, cualquiera de esas necesidades comunicativas.
En el pasado, hemos recibido recibir de otros cosas materiales y lingüísticas y en el presente somos capaces de entregarle eso a otros. Esto significa que también hemos recibido el material comunicativo de aquellos que se orientan hacia el otro. Tenemos que ser capaces de adaptar frases nuevas de acuerdo a los patrones transpuestos del regalo—como emparejadores poniendo las palabras en la posición de dar a otras palabras. Más aun, tenemos que buscar y usar los vínculos lingüísticos que creamos con otros y con respecto a los regalos del mundo, para desarrollar los regalos propios y ajenos, y las subjetividades sociales. Regalar es el contenido de la forma de la sustitución, que es la verdadera razón de la existencia de la forma. Lo que importa para la forma es la matriz del maternaje.
El regalar y el hacerse a un lado no han sido comprendidos como comportamientos enteramente humanos. En el patriarcado, ganar, ser más poderoso y tomar el lugar de otro son comportamientos sobrevalorados. Sin embargo, hacerse a un lado es complementario de tomar el lugar de otro. Ser sustituido es un complemento activo y necesario de la sustitución. De manera similar, recibir es el complemento creativo de dar. En la definición del proceso de sustitución y de hacerse a un lado, los regalos son los elementos funcionales. En la mayoría de las oraciones de un discurso, no se enfoca el proceso de sustitución, y los procesos de regalo crean transparencia en otros niveles.
Sustituir y ser sustituido son los procesos en cuestión en la definición y el nombre, porque lo que es dado es una palabra general, un regalo social para una clase de cosa que se da a través de una serie de sustituciones. La necesidad que se satisface no es una necesidad aleatoria primordial de una relación con el mundo, sino una meta-necesidad del otro, de los medios de producción de regalos con respecto a esa clase de cosas. Tal vez, debido a la fuerza del patrón del intercambio (que deriva de la definición), el proceso de sustitución y de ser sustituido es unilateral, y omite el llamado lado ‘pasivo’ de la relación. Al faltar uno de los lados, la relación de sustitución (y de ser sustituido) o de tomar el lugar de otro (hacerse a un lado) no parece una verdadera relación. En apariencia, el lenguaje ya no tiene nada que ver con la sustitución y se vuelve unilateral, una actividad puramente verbal sin relación con el mundo, un sistema autosuficiente que usa sonidos arbitrarios de una manera gobernada por leyes para ‘transmitir’ (dar) un ‘significado’ (que tampoco es entendido).
Para los filósofos que ignoran el regalar, la relación de la palabra ‘gato’ con los gatos resulta abstracta; un acto sui generis de parte del que habla (o de la comunidad) que de alguna manera iguala ‘gato’ con gatos, o que impone ‘gato’ encima de gatos, separándolos de los perros y de los monos, tal vez a través de una habilidad ‘transmitida’ (dada) genéticamente. El nombrar algo implica entonces incluirlo en una categoría y éste parecería ser el propósito de la comunicación.
La pregunta que surge es: ¿qué tiene que ver la categorización con la comprensión? Así saltamos a una clase de razonamiento semejante al de la propiedad privada—y nos preguntamos que cosas pertenecen a que categorías. Entonces la persona que tiene más conocimientos es la que ‘tiene’ más categorías. Organizamos las categorías en jerarquías de inclusión y de función, ‘transformando’ las frases particulares, al darles nombres más generales en la estructura de los árboles de frases, considerando su interacción como si estuviese sujeta a leyes o reglas, de acuerdo con lo que es apropiado para las identidades y las clases. Después igualamos las jerarquías con el ‘entendimiento.’
Una clase es una colección de cosas lo suficientemente importantes como para tener un nombre, que surge de la necesidad comunicativa respecto a dichas cosas. En un nivel metalingüístico, expresiones tales como frase sustantiva (FS) o frase verbal (FV) designan clases de frases, porque los profesores de lingüística necesitan hablar de ellas. Las leyes de la sintaxis enseñan como las palabras y las oraciones pueden ‘darse’ entre ellas, mientras que los diagramas del árbol de oraciones expresan visualmente la relación del regalo como ramas de dependencia. Al principio me parecía que el diagrama del árbol que estaba al revés—hasta que comprendí que no son árboles sino sistemas de raíces cuyo flujo de regalos va hacia arriba (de lo particular a lo general) y no hacia abajo (de lo general a lo particular).
La creatividad lingüística, la capacidad de generar frases siempre nuevas, es acompañada y provocada por la habilidad de reconocer las necesidades que esas palabras y que las oraciones pueden satisfacer. La práctica colectiva de satisfacer sus necesidades con clases de cosas otorga valor a esas cosas, que son parcialmente transferidas o dadas por implicación a las palabras-regalo que las sustituyen. No es una relación lo que define una categoría, ni lo que hace que el lenguaje funcione, sino que es la satisfacción creativa y dinámica de las necesidades lo que mueve al lenguaje y a la vida.
Creo que el motor del significado es la relación del regalo dentro de la oración en sí, y no el juego entre las categorías. Equívocamente hemos decidido que el nombrar en el lenguaje es la llave de la dinámica. No es la ‘aplicación’ de las palabras a las cosas lo que promueve el cambio de niveles, causando el movimiento hacia ‘arriba’ desde el nivel de la experiencia no verbal hacia el nivel de la práctica verbal; sino que se desarrolla un proceso completamente diferente que no estamos advirtiendo.
Le otorgamos a un grupo de cosas algo con lo cual se pueden relacionar como su sustituto. Después le transferimos a éste algo de su valor, de acuerdo con su importancia para los seres humanos, porque las necesidades se asocian con ellos. El regalo-sustituto recibe un destino en la satisfacción de una necesidad comunicativa, que podría hacerlo útil para la satisfacción de las necesidades materiales; por ejemplo: ‘el pan está en la alacena’ o ‘el tren parte del andén número 12.’ Hay un flujo ascendente de significado o de valor (del mundo del que somos parte), y no sólo una aplicación de arriba abajo o una descomposición de las categorías. Un metalenguaje es solamente una colección jerárquica de términos que categorizan, un parásito sobre el objeto del lenguaje que carece de la dinámica propia del regalo.
Las ramas de un árbol de oraciones deben considerarse como la unión de elementos que se dan entre sí, como un ensamblaje cooperativo de términos. Podemos darle ‘la’ a ‘niña,’ o ‘la’ puede darse a sí misma a ‘niña,’ y podemos llamar a este acto-regalo ‘frase sustantiva.’ Luego, podemos ‘dar’ al verbo ‘golpear’ la unidad que se forma cuando ‘la’ se da a sí misma a ‘bola.’ Podemos esquematizar estas unidades nombrándolas ‘el determinante,’ ‘la frase sustantiva,’ ‘el verbo,’ ‘la oración.’ Ellas nos dicen quiénes son los que dan, los regalos y los que reciben. Damos algunas partes de la oración, ‘la niña golpea la bola,’ a tales palabras como ‘oraciones sustantivas,’ para ser sustituidas por ellas. Creemos que sabemos más cuando podemos mostrar la jerarquía. Uno sabe quién controla a quién y por eso nos podemos manejar mejor; pero no podemos ver los valiosos regalos que se cuelan por debajo.
El árbol de la oración es el árbol que creció en el jardín por culpa de Adán, quien nombró demasiadas cosas. No es porque las palabras estén juntas en categorías o porque sigan ciertas leyes que las palabras se vinculan (se unen) en frases. Más bien, es porque se dan entre sí, se combinan, y luego se dan juntas a otra palabra o a una parte de la oración. Pueden hacer esto porque han ‘sido dadas’ por cosas (o personas). Si negamos el flujo ascendente, lo único que parece haber es un mecanismo para dar nombres de arriba hacia abajo, y no podemos entender como las palabras están enganchadas con el mundo.
La pregunta no debe ser, “¿Dónde se divide en ramas el árbol (fractal)?” sino “¿Dónde se junta el sistema de raíces que trae los regalos de valores que ascienden por la planta?” La pregunta es, “¿Quién está alimentando a quién?” y “¿Quién está cuidando a quién?”—el mecanismo de nombrar o el mecanismo que confiere los valores?
Las palabras en sí mismas, regidas por la sintaxis, parecen contener el secreto de su relación con el mundo. Creo que es la apariencia que surge de la definición del género la que exacerba los aspectos de esta sustitución.
¿Qué sucede cuando el niño se da cuenta de que él es de un género distinto al de su madre, la que regala? Como en las otras instancias de nombrar o de definir, el nombre o el definiendum ‘niño’ le causan a él (como un bien material) el ‘hacerse a un lado’ como un regalo no verbal. Antes de que él comprenda lo que los adultos están diciendo, el niño se considera igual a su madre. Pero cuando comprende la implicación del término que se refiere a su género, se da cuenta de que él no debe ser como ella. El ser llamado o definido como un niño (con la definición social de ‘masculino’) de manera contradictoria hace que el niño renuncie al carácter de regalar, para diferenciarse así su madre. (Vea la Figura 5.) El nombre que se le da por su género es mucho más perjudicial para él de lo que podemos imaginar.
Como su propia vida depende del cuidado que su madre le da, un cambio de categoría, el parecerse a su padre, podría ser una situación muy amenazante. El niño se tiene que ‘parecer’ a alguien que no conoce muy bien, que le puede parecer (como la palabra que ‘está ocupando el lugar’) un abstracto dominante. Un aspecto del lenguaje se injerta en el comportamiento de género del niño. La sustitución, como parte del proceso de definición, y la reflexión en sí mismo ocupan el lugar del proceso del regalo, que se hace a un lado. La categorización es más poderosa que la co-municación. Las palabras ya no son regalos comunicativos benignos, sino báculos mágicos que pueden cambiar la identidad del niño.
La pregunta “¿Qué es hombre?” deriva de la pregunta “¿Qué es el hombre si no es como su madre?” Pero, en rigor—ésta es una pregunta falsa. El niño es como su madre, un ser que podría cuidar, pero al ser nombrado según su género, se produce un cambio, y el nombrar se convierte en una profecía que se cumple a sí misma. Puesto que es sólo una palabra la que hace desaparecer al niño, las palabras aparecen como poderosas. Puesto que su padre, antes que él, tuvo la misma experiencia, ambos encuentran comunidad en ese asunto. No es evidente para el niño—ni para nadie en la sociedad—que se ha hecho una distinción falsa y arbitraria. Al contrario, la diferencia con la madre se justifica por el factor biológico de los genitales—él tiene un pene como su padre, mientras que la madre no lo tiene. Si cuidar es la base de la comunidad y de la comunicación, entonces no hay nada, ningún contenido disponible que justifique esta categorización opuesta. Para llenar este vacío, la sustitución, la definición, y la categorización mismas se convierten en la base de la identidad (masculina), de aquellos a quienes se les ha dicho que no deben cuidar de otros.
En este caso, las palabras son socialmente emitidas no como regalos sino como poderosos abstractos que categorizan, que hacen a un lado y controlan la identidad de una persona. De acuerdo con el mecanismo de supervivencia, al imitar al opresor, los niños se convierten como la palabra—como lo hicieron sus padres antes que ellos. La identidad del género masculino imita la parte de nombrar o ‘definir’ del lenguaje y el proceso de ocupar el lugar—dándole importancia a la equivalencia con el otro, el padre es el que está ocupando el lugar de la madre (que desaparece) y también el lugar de los otros hombres. El lugar que ocupa el pene es preponderante, pues constituye la característica física que sitúa al niño en la categoría de su padre.
Los símbolos fálicos están en todo lugar, a pesar de que hemos aprendido a ignorar su importancia. La ecuación en sí misma, como un momento de similitud y de cambio, recibe regalos de atención y de valor de los otros. Tal vez, el símbolo de igualdad (=) haya estado formado originalmente por dos pequeños símbolos fálicos. Es esta característica (o propiedad), que el niño tiene y la madre no, lo que lo aleja de la categoría de cuidar de la madre. Los efectos psicosociales de ‘tener’ o de ‘no tener’ esta característica física se vuelve sumamente importante, como veremos.
El niño hombre tiene muchos privilegios. De hecho, se lo cuida y se lo atiende mejor porque es un hombre y no mujer, como su madre. A menudo, se lo valora como un ser superior, superior incluso a su madre. Como la palabra, él es capaz de ocupar el lugar del otro, que, sin la orientación hacia el otro y el regalar, se convierte en tomar el lugar y dominar. Se lo ‘compensa’ con esa capacidad y con esos privilegios por haber renunciado a su identidad de cuidar.
He acuñado la palabra ‘masculación’ para referirme a este proceso en el que el niño es socializado con una identidad falsa, la de no cuidar, encarnando la misma palabra que lo aliena. Considero que éste es un momento esencial en el desarrollo del hombre, que no se conoce y que, por lo tanto, reproduce imágenes semejantes a sí mismas en muchos otros aspectos de la vida. Al actuar estos procesos en las diferentes gamas sociales, la colectividad espera, inconscientemente, poder deshacerse de esta falla fatal creada por ella. Al mismo tiempo, hay muchos mecanismos de seguridad que la mantienen en su lugar y que evitan que nosotros podamos ver con claridad lo que está pasando.
En su Curso de lingüística general, Ferdinand de Saussure distingue la langue—el léxico, la colección de palabras sacadas fuera de contexto y relacionadas entre sí de manera puramente diferencial—y la parole o discurso. Nombrar y definir pueden aparecer como prerrequisitos para el resto del discurso (a pesar de que aprendemos palabras sencillamente escuchando las conversaciones de los otros). Considero que el proceso por el que adquirimos palabras y las consideramos en sí mismas fuera de contexto, en su generalidad, es distinto al proceso en el que las usamos poniéndolas juntas. El proceso de la definición del regalo interno es diferente del discurso, que es el modelo oculto del intercambio. Esas frases son lo que Roman Jakobson llamó “frases ecuacionales.” “The Speech Event and the Functions of Language” en On Language, compilado por Linda Waugh y Monique Monville-Burston, Harvard University Press, Cambridge, 1990.
Utilizo el término “definiens” como el nombre de la frase que permite al que escucha identificar lo que la palabra “nueva” representa, y “definiendum” como la palabra que se define, la palabra nueva en sí misma o el nombre. En “Un gato es un animal doméstico con una cola larga y orejas puntiagudas,” “gato” es el definiendum y “un animal doméstico con una cola larga y orejas puntiagudas” es el definiens.
Sin el altruismo y la orientación hacia el otro, no podemos justificar la sociedad o la cultura. No hay ningún grupo que pueda sobrevivir como un conjunto de egoístas aislados. La cohesión social es provista por el proceso oculto del regalar y por la orientación hacia el otro, especialmente de la mujer.
No solemos considerar la comprensión del que escucha como la satisfacción de su necesidad, pero la vemos expresada en otras palabras, como la necesidad de un comprador tiene de expresar en dinero una demanda efectiva. De otra manera no “existe” para el vendedor.
El acercamiento a la semiosis iniciado por Charles Sanders Pierce, Collected Papers, Harvard University Press, Cambridge, 1931-35, (1931, 2.230) ha atrapado a sus seguidores en una deconstrucción ad infinitum, dentro del plano de la definición, lejos del ámbito de la co-municación material del regalar. Las cadenas de sustitutos niegan la importancia del “regalo,” el regalo que satisface necesidades.
El movimiento de la no violencia liderado por Gandhi demostró la importancia política de “hacerse a un lado,” y nos permitió reconocer lo que las mujeres han estado practicando personalmente. Usar el “hacerse a un lado” como una respuesta al “tomar el lugar” hizo que los que tomaban el lugar advirtieran, entre otras cosas, que su acción era de relación. El regalar y el ceder son los regalos que son la base de la relación de de la re-present-ación.