La lógica del dar y la lógica del intercambio son contradictorias entre sí; no obstante, se construyen una sobre la otra. El intercambio es un regalo doble, forzado, donde el que recibe debe dar quien le da el equivalente de lo que ha recibido. El producto de una persona toma el lugar del producto de la otra. Los requisitos de equivalencia y la ocupación del lugar derivan del nombrar, como cuando el regalo verbal toma el lugar del regalo no verbal y de la definición, o cuando los regalos verbales toman el lugar de otros regalos verbales. El intercambio opera en el plano material; el ‘regalo’ devuelto ocupa el lugar de mi regalo, y sirve como un sustituto verbal del regalo, para crear un vínculo entre quienes intercambian.
Sin embargo, el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones, y adquirir el ‘regalo’ equivalente que se nos devuelve se convierte en la motivación del regalo original. Al transformar el proceso de regalar en un intercambio equivalente, se esconde la orientación hacia el otro de los dos que intercambian, ya que la equivalencia se da únicamente entre los intereses particulares. El intercambio se convierte en un centro magnético alrededor del cual la sociedad se organiza. Nuestro pensamiento gravita hacia él, otorgándole un gran crédito, tal vez por la similitud con el nombrar y el significado (los procesos lingüísticos del cual deriva y que seguimos usando). El regalar permanece constante pero invisible, y no se generaliza como modelo válido para algunos seguidores conscientes. De hecho, el paradigma del regalo se repliega, no trata de competir con el paradigma del intercambio y, de ese modo, le otorga valor y regalos al intercambio mismo.
El intercambio se refleja a sí mismo y, por lo tanto, se da su propio valor. Tiene una forma simétrica, y el requisito de equivalencia entre los productos pervierte el objetivo de la necesidad del otro. El intercambio promueve los intereses de quienes intercambian; hay una equivalencia no sólo en los productos sino también en la motivación de las dos personas involucradas.
Como en todas las instancias de igualdad, el que da y el que recibe son iguales entre sí, y así comienza el efecto del ‘salón de espejos,’ idéntico a todos los efectos producidos por el intercambio, como, por ejemplo, los que ocurren en el mercado. El proceso de sustitución y equivalencia en el lenguaje, refuerza y confirma los procesos que derivan del mercado, dando al ‘salón de espejos’ muchos reflejos abstractos.
La necesidad abstracta de las ecuaciones que se establecen en el proceso de intercambio en función del interés de quienes intercambian, adquiere independencia y vida propia. Cualquier cosa que se pueda sustituir por su equivalente aparece como un valor (un valor de cambio), satisfaga la necesidad del otro o no. Creo que el excesivo énfasis en la ecuación, mientras se ignora el regalar, es la fuente de la idea de que muchas de las actividades humanas no son dirigidas por las necesidades.
Las necesidades abstractas de los procesos de intercambio no se consideran necesidades, sino parte de ‘como son las cosas.’ Sin embargo, es más importante satisfacer estas necesidades que las necesidades que pudiese tener el ser humano. El proceso de intercambio le quita el lugar al regalar, apareciendo como fuente de los valores ‘humanos.’ Por esa razón, lo inhumano y la categoría inhumana son manejados por el mercado de ‘demanda efectiva.’
El intercambio requiere de la ecuación, que es igual a cualquier ecuación en el mercado y en cualquier otro ámbito, y conlleva una especie de metalenguaje intrínseco, que le permite propagarse a sí mismo y permanecer en el primer plano. Al mismo tiempo, el regalar (que sólo requiere de un imitador que sirva como modelo) es empujado hacia el fondo y se lo hace invisible, aunque se lo sigue usando de muchas maneras. De hecho, el intercambio está ligado de una manera parasitaria con un proceso más amplio de regalar, que le cede el lugar al proceso de intercambio, permitiéndole así que prevalezca. El intercambio en sí se convierte en ‘lo otro’ del proceso del regalo.
La generalidad del regalar es asumida por la práctica del intercambio, y luego es redefinida como algo inferior o como una falla del intercambio. Aparece como un caso especial del intercambio incompleto, que no puede existir solo. Sin embargo, la lógica y la práctica del intercambio son parasitarios de la lógica y de la práctica del regalo. Los regalos recibidos permiten dominar la vida y la visión del mundo de los que practican el intercambio y de los que practican el regalo.
Hay un flujo de regalos hacia arriba, en contra de la gravedad, que van hacia las posiciones superiores de las jerarquías patriarcales y se alejan de las necesidades. Se llama ‘reproducción social’ a la presencia de muchas de estas jerarquías del regalo-intercambio, que se apoyan mutuamente por su similitud o por sus servicios. El salón de espejos crea profusas imágenes de las mismas estructuras—y en ese sentido se asemeja al lenguaje—pero estamos siendo guiados por la ecuación que se refleja para tomar la señal de entender el mundo desde el aspecto de la propagación de imágenes similares y uno-muchos en vez de desde el aspecto del regalo del lenguaje.
Dado que hay estructuras similares en diferentes niveles y dado que el paradigma parasitario del intercambio se ha elevado a nivel de un sistema, se perpetúa a sí mismo con una ‘mente’ propia. Si estos procesos operan en la formación de las mentes individuales—conciencia versus inconsciencia—, también podrían estar creando patrones idénticos en una escala social mucho más amplia.
La perpetuación se facilita por la confirmación del hallazgo o la creación de imágenes similares entre sí, en niveles diferentes. Las similitudes entre las estructuras patriarcales en diferentes niveles no son analogías o isomorfismos históricos u homologías, sino patrones sociales similares a sí mismos, creados por una retroalimentación de la forma de la definición de género (y viceversa, la definición de género dentro de la forma de la definición) en muchos niveles.
Esta idea de repetición de formas similares en distintas escalas de observación fue desarrollada por Benoît Mandelbrot, quien inventó la geometría fractal y encontró que los mismos patrones se repetían en niveles o ‘escalas’ muy diferentes. La coliflor es un ejemplo típico: cada flor y cada parte de la flor se parece a la coliflor en su totalidad. (Vea la Figura 1.)
Lo mismo ocurre en la sociedad, en lo que llamamos ‘estructuras sociales.’ En el estudio de los fractales, los patrones se crean introduciendo el resultado de la ecuación en la misma ecuación millones de veces. Socialmente, estamos haciendo lo mismo—introduciendo la definición de género y sus características masculinas que resultan dentro de las estructuras de otras definiciones infinitamente, entonces estamos en realidad repitiendo los mismos patrones en diferentes niveles.
El homo economicus, el protagonista de la economía neoclásica, está hecho a imagen del intercambio. La propia palabra homo, que significa ‘lo mismo,’ implica la idea de ecuación. Educamos a los niños para que sean unidades similares de la masculinidad, para que rivalicen entre sí y de ese modo logren una superioridad económica y simbólica. Educamos a las niñas para que alimenten este proceso y eduquen a sus niños según esta imagen. El efecto que esto tiene en el ‘mercado libre’ (una paradoja) es que hay cada vez más hombres que practican el intercambio y todavía hay muchas mujeres que regalan.
Tanto nuestros sistemas económicos se basan en el intercambio y nuestro estudio de estos sistemas, la economía , también está basada en el intercambio. El capitalismo practica los valores de la masculinidad y la masculinidad practica los valores del capitalismo. Puesto que se trata de roles sociales, también pueden ser ejercidos por personas del otro sexo, aunque esto resulta más difícil, ya que la interpretación de los géneros suele impedir que un género tenga éxito en áreas normalmente ocupadas por el otro. Una de esas áreas es la economía, la disciplina que estudia el capitalismo.
El estudio de la producción y la distribución de los bienes en nuestra sociedad se centra en el intercambio que se valida a sí mismo, y no considera el regalo como algo ‘económico.’ Aun así, el regalar es sin duda una manera de producir y distribuir los bienes. La microeconomía de una macroeconomía diferente (basada en el regalo) funciona en cada casa. El trabajo de la mujer en el hogar, que es regalado y no remunerado, ha permanecido invisible hasta ahora, porque sólo aquellos que practicaban los valores de intercambio estudiaban esos procesos.
Ahora, algunas economistas, educadas, como otras mujeres, para la maternidad y la práctica del regalo, están aplicando los valores del regalo al estudio del intercambio y de la economía, y ellas están experimentando una saludable disonancia cognoscitiva. Sin embargo, aún no se preguntan por la validez del paradigma del intercambio como visión de mundo, tal vez porque todavía se mueven dentro de este paradigma, de una manera más o menos exitosa.
Para quienes están fuera de la lógica del intercambio, es más fácil identificar y promover el regalo como paradigma socialmente relevante y, sin duda, como solución a los problemas causados por el intercambio. Esta ‘vanguardia revolucionaria’ incluiría no sólo a las mujeres, amas de casa y madres (remuneradas o no), sino también a quienes no obtienen ganancia en el intercambio, sino que, antes bien, la entregan en forma inconsciente: el hombre y la mujer ‘anfitriones’ de parasitismo.
No percibimos el acto de regalar debido a la internalización de la lógica del intercambio que se refleja a sí misma. Aunque lo estemos practicando, no podemos ‘re-conocer’ el acto de regalar, no pensamos en él, en un meta-nivel o en un meta-lenguaje desde el cual hablar de él. Continuamos pensando en términos del intercambio acerca de nuestra propia cultura, e incluso acerca de otras culturas donde el regalar está institucionalizado.
En Francia ha surgido una nueva escuela de pensamiento, basada en los trabajos del antropólogo Marcel Mauss, quien dedica mucha atención al acto de regalar, y lo define como la composición de tres momentos: dar, recibir, dar de vuelta. Pero al insistir en la reciprocidad para esconder el carácter comunicativo del dar y recibir, estos pensadores no advierten la clara distinción entre regalar e intercambiar, y por lo tanto no los consideran paradigmas opuestos.
Para ellos, el regalar es únicamente una variedad del intercambio, con un plazo de pago más largo y con un énfasis menor en la igualdad. Los vínculos se producen por una reciprocidad oculta y no por la satisfacción directa de las necesidades. Como muchos hombres, estos investigadores están limitados en sus pensamientos, porque no han sido socializados para la experiencia adulta de la creación de vínculos a través de la maternidad. El regalar aparece como una curiosidad, no como una lógica de la vida basada en la madre (mamíferos) o un programa para el cambio social.
Años atrás, la descripción del antropólogo francés Lévi-Strauss del simbolismo del ‘intercambio entre las mujeres’ dentro de los grupos familiares, hizo que muchos antropólogos, psicoanalistas, lingüistas y estudiosos de la semiótica reflexionaran sobre el intercambio. Desde el punto de vista del paradigma del regalo, las mujeres son las fuentes de la crianza; en consecuencia, el ‘regalar’ de la mujer es un regalo de los que regalan: un meta-regalo. El intercambio (si es reprimido y considerado desde el punto de vista del capitalismo) y la interacción del dar y recibir (si no lo es) tienen un contenido que, en el caso analizado por Levi-Strauss, son las mujeres, la fuente de dar.
El dar y recibir, más que la represión de la reciprocidad, es la causa de los vínculos. La interacción de la nutrición y la recepción del que nutre (o de los que nutren) es el factor de la mutua creación, no es la imposición y el acatamiento de la ley, no es la equivalencia del intercambio, ni la represión de la reciprocidad. En las sociedades menos marcadas por el intercambio que la nuestra, la práctica del regalo (o ciclos de regalos) sirve a propósitos específicos, definiendo las relaciones entre los miembros del grupo. Esa práctica podría considerarse como descendiente del lenguaje, de otro linaje que no es el intercambio, pero concibe el dar y recibir regalos y la co-municación como propósitos del estatus. (Vea la Figura 2.)
Lewis Hyde, Jerry Martien y otros escritores han analizado el ‘intercambio’ de regalos, han trabajado re-interpretando la bibliografía histórica y antropológica y liberando, al menos parcialmente, la idea del regalo de la coacción del capitalismo. Aunque esos autores no han experimentado la maternidad, tienden a concebir el regalo como algo poético del pasado, algo olvidado, dejado de lado u oculto. Oculto como su propia experiencia con el acto de regalar (en la relación con sus madres cuando eran niños), que se ha ocultado pero aún permanece en el inconsciente, en los mitos y en los cuentos. Si continuamos interpretando el acto de dar regalos en términos de reciprocidad (esto es, de intercambio), el discurso queda encerrado dentro de los parámetros del statu quo patriarcal.
Las mujeres reconocemos con facilidad la presencia del acto de regalar en todo lugar, porque tenemos un ejemplo real en la práctica de nuestro rol social de madre (aunque esté socialmente descalificado y devaluado). Por eso las mujeres somos la vanguardia; somos las portadoras de este pensamiento: dar regalos es un programa social, una manera de organizar la sociedad ahora y en el futuro.
La falta de una teoría del lenguaje basada en el acto de regalar dificulta la comprensión del principio vital del regalo. Sin embargo, cuando Martien interpreta el dinero como un ‘regalo’ y las cuentas de los collares como ‘palabras,’ está tendiendo un puente entre el lenguaje y el dar regalos materiales. Martien nos muestra que las cuentas eran un medio de co-municación material (interpretado por los colonos europeos como una forma ‘primitiva’ de dinero). Los collares de cuentas hechos con conchillas eran enviados de un lugar a otro para definir situaciones y satisfacer vínculos necesarios de atención y de cuidado. Por ejemplo, unas cuentas especiales se enviaban a los que estaban de duelo para satisfacer su necesidad de ser consolados. Otras servían para cerrar pactos o mantener promesas entre los grupos sociales. Las cuentas parecían ser un lenguaje de muchas palabras materiales, que trascendía la definición. Ese lenguaje promovía la solidaridad y la inclusión, a diferencia del dinero que nombra cada cosa cuantitativamente para facilitar una forma de relación humana más ‘primitiva,’ una relación de exclusión, basada en la propiedad privada.
En nuestra vida, como también en las investigaciones de otras culturas, surge la pregunta: ¿es posible seguir y aseverar un modelo claro de dar regalos, o toda transacción es asimilada por el modelo del intercambio? Hay aquí una intersección de dos lógicas distintas; pero suele interpretarse como una pregunta moral (preguntamos: ¿es esta persona realmente altruista o hay una manipulación oculta?), lo que crea confusión y algunas veces nos hace pagar por nuestro actos de amor con vergüenza, e irónicamente comentamos: “Ningún buena acción pasa sin ser castigada.” El interés propio parece ser la motivación básica de todos los seres humanos, con la escasez como su complemento natural. El bien de la totalidad parece ser, siguiendo a Adam Smith, el compendio de los intereses propios de todos. Mientras que la orientación hacia las necesidades del otro resulta poco realista e implica el autosacrificio, la reciprocidad es la manera de mantener el interés de ambas partes en la interacción.
La costumbre de devolver un poquito más de lo que uno ha recibido, es una manera de confirmar el modelo del regalo, aun cuando a través de la reciprocidad, uno corre el peligro de que su acción se interprete como un intercambio Sin embargo, este proceso ha sido asimilado en el intercambio y se asemeja al préstamos con interés. Los prestamistas dan su dinero por la expectativa del regalo extra que recibirán. (Este tipo de intercambio se ha convertido en la norma, de tal manera que un préstamo sin intereses es considerado un regalo.)
Tanto los antropólogos, como todos los que vivimos dentro del patriarcado, tenemos dificultad para quitarnos los anteojos del paradigma del intercambio. Por eso se habla del ‘intercambio de regalos,’ confundiendo las dos modalidades desde el principio. De nuevo, dar regalos se convierte en una versión poco desarrollada de un método diferente y más viable para organizar la sociedad. En las llamadas sociedades ‘primitivas,’ el dar regalos a menudo tiene una función simbólica. Esto se debe a que, al imitar el lenguaje con las cuentas de collares, los materiales especiales sustituyen los regalos (como los sustitutos verbales de los regalos) y se dan de una manera organizada, con el propósito de crear vínculos específicos entre los que dan y los que reciben.
En otras palabras, tanto el intercambio de artículos por dinero como el ‘intercambio de regalos simbólicos’ son variaciones de un mismo tema de la co-municación. Son dos usos alternativos de los mismos patrones entrelazados. De hecho, tanto el lenguaje como la producción y la distribución de los bienes materiales aparecen en todas las sociedades y han coexistido durante milenios. Las sociedades han aprendido a usar sus propios procesos, en una diversidad de formas, para crear nuevos procesos de co-municación.
El lenguaje es la segunda economía (verbal) del regalo, mientras que la definición y el nombrar son procesos especiales fuera del contexto del lenguaje. En cambio, estos procesos se desarrollan cuando se transfieren al plano material, cuando las personas sustituyen un producto con otro y los equiparan cuantitativamente.
La introducción del dinero proporciona una ‘equivalencia general,’ un sustituto único del regalo (como una palabra), en la que el valor de todos los valores, de todos los productos del mercado, pueden ser expresados y evaluados. Mientras que el dinero brinda un elemento abstracto adicional al proceso de intercambio, éste no altera la lógica básica. Por lo tanto, el trueque no es una solución a los problemas causados por el intercambio, sino más bien es un ejemplo de la misma lógica sin dinero. Si se toma la distinción entre el dar regalos y el intercambio, dos paradigmas básicos de la interacción humana, podemos aclarar un sinnúmero de problemas diferentes (que aparentemente no se relacionan entre sí).
Podemos entender muchos aspectos irracionales y perjudiciales del patriarcado capitalista como un punto de contacto entre los paradigmas del regalo y del intercambio. El excedente de la mano de obra, la porción del tiempo de mano de obra del trabajador que no se paga y que se vuelca hacia la ganancia del capitalista, puede ser considerado como un regalo bajo coacción, que el trabajador entrega al capitalista. La tendencia de pagar a la mujer menos que al hombre por un trabajo similar, puede interpretarse como un intento de mantener a la mujer en la posición de regalar, de reforzar la práctica del modelo del regalo invisible, obligándolas a dar más mano de obra (regalos) no remunerada que sus compañeros de trabajo hombres. Por la equivalencia del intercambio y por el valor que le otorgamos, calificamos al mercado como ‘justo,’ aunque nos está penalizando (El padre sabe más).
La mano de obra no remunerada de la ama de casa equivale al 40% del Producto Bruto Interno. Este es uno de los ejemplos más conspicuos de mano de obra regalada y no reconocida. Debemos considerar también los regalos que van de los pobres a los ricos, del Sur al Norte, de las economías aún basadas en el regalo a las economías de intercambio. Las diferencias en las tasas de cambio, los niveles de vida y la autosuficiencia de los países ‘en desarrollo’ permite el flujo de regalos de esos países hacia los países ‘desarrollados.’
Este flujo no sólo no es reconocido como tal, sino que se le atribuye la dirección contraria, de tal manera que el Norte aparece como el que otorga créditos, el que brinda ayuda material, información, tecnología, mercados, protección y además una ‘influencia civilizadora’ al Sur, que a su vez queda agotado y lisiado, tratando de pagar el ‘plus,’ el interés de lo que ha sido dado, pero que en realidad sólo sirve para estimular más regalos ocultos que drenan el capital.
Por ejemplo, la disminución del nivel de vida en el Tercer Mundo le sirve al Primer Mundo pues ocasiona una disminución en el precio de la mano de obra, transformando el diferencial del bajo costo de mano de obra y las materias primas en regalos colectivos, entregados por una multitud de personas del Sur para una pocas del Norte. El uso manipulador del dar regalos con el propósito de obtener ganancias (influyendo para conseguir más regalos) es el intercambio. Sin embargo, si se malinterpreta el regalo como un intercambio, y las ganancias como aquello que se ‘merece,’ entonces se confunden los dos paradigmas. Esta confusión no sólo afecta a los académicos sino que es un punto de vista muy extendido que sirve de apoyo a la explotación.
Los numerosos ejemplos de esclavitud que han emponzoñado la historia del ser humano muestran la tendencia de colocar, a través de la ‘posesión,’ a grupos de personas en situaciones en las que son forzadas a regalar. Las mujeres de todas las razas y todas las culturas han estado en posiciones similares respecto de sus esposos, fueran éstos considerados sus ‘dueños’ o no. Para poder acumular capital, los regalos de excedentes deben provenir de algún lugar. Por ejemplo, los esclavos proporcionaban el excedente ‘gratis’ para sus ‘dueños’ en el Sur de Estados Unidos, a pesar del inmenso sufrimiento que ello implicaba.
El intercambio proporciona un mecanismo eficiente para la acumulación, al ocultar los regalos recibidos tras una ecuación que aparece como ‘justa’ y una transacción aparentemente basada en una ‘opción libre’ (sin importar la falta de alternativas que reducen a la gente pobre a una situación idéntica a la esclavitud). El capital puede considerarse como una combinación de regalos de muchos, capturados por el intercambio y concebidos dentro de los parámetros de autorreflejo del intercambio, como si fueran la ganancia justa de una inversión. El intercambio equitativo no produce una ganancia; la mano de obra gratuita es necesaria para lograr este propósito.
Como dijimos anteriormente respecto del lenguaje, es muy fácil ocultar la mano de obra gratuita, pues el regalar es transitivo. Si ‘A’ da a ‘B’ y ‘B’ da a ‘C,’ entonces ‘A’ da a ‘C.’ Luego, si el ama de casa da su mano de obra gratis a su marido y éste a su vez da sus ganancias al capitalista, la mano de obra de la esposa pasa de manera transitiva al capitalista. El regalo es invisible porque desviamos la mirada de la fuente y apenas podemos observar que ‘B’ da a ‘C.’ Lo que sí vemos completamente a la luz del día, es el intercambio ‘equivalente’ entre ‘B’ y ‘C,’ situación en la que el capitalista le paga un salario al trabajador, un salario que está definido por el precio de esa clase de mano de obra en el mercado.
Si centramos la atención en el precio ‘justo’ de la mano de obra, desviamos la mirada del acto de regalar cuantificable o no cuantificable que también se está llevando a cabo. El intercambio se valida a sí mismo y encaja con los otros intercambios que ocurren en el mercado. Éste flota como un cúmulo de burbujas en un mar de regalos ocultos, dados por las mujeres, por los trabajadores, por los que no son asalariados o reciben menor paga, por los pobres, por los desocupados (quienes con su demanda de empleo mantienen bajo el precio ‘justo’ de la mano de obra), y por todas las personas que pertenecen a las clases y a los países que están en la situación de dar regalos a las clases y los países privilegiados.
También están los regalos de los consumidores, quienes pagan más por productos tales como la gasolina, que tienen un costo de producción relativamente bajo pero una utilidad muy alta para la gente, cuyas necesidades han sido determinadas por las industrias de transporte. Los regalos del pasado están contenidos en el ‘capital fijo,’ pero también en los regalos (procedentes, sobre todo, de las mujeres) de mantenimiento de los edificios, de los bienes, de los valores de generaciones anteriores, de sus hijos, de su arte, de su cultura, y de los productos derivados de sus vidas. Hay un inmenso flujo de regalos que no ha sido reconocido: los regalos del pasado al presente, y también los regalos de las clases y los países cuya función es la de regalar a las clases o los países cuya función es la de tomar.
Existen los regalos de la naturaleza para nuestro uso, como el aire, el agua, la luz del sol, etcétera. Por nuestra evolución estamos capacitados para recibir esos regalos en forma creativa; sin embargo, los estamos contaminando y despilfarrando con el fin de disminuir los costos (dar regalos) al servicio del paradigma del intercambio. Las generaciones aún no nacidas nos están entregando su uso potencial de los regalos de la naturaleza para que nosotros podamos obtener ganancias rápidas, y de esa manera, se está bloqueando el flujo de los regalos hacia el futuro. Otros tipos de comercio invaden áreas que antes eran de regalos, desde los restaurantes de comida rápida hasta las lavanderías automáticas. Toda nuestra herencia está siendo comercializada por la industria bio-genética de la vida, transformando incluso los regalos naturales (biológicos) de muchos en ganancias para pocos.
Para una explicación de la geometría fractal y la noción de similitud en sí misma, véase James Gleick, Caos Making a New Science, Penguin Books, Nueva York, 1987.
Véase, por ejemplo, el trabajo de Jacques Godbut, Serge Latouch y el resumen de MAUSS (Mouvement Anti-utilitarist des Sciences Sociales).
En el prólogo a la nueva edición de The Gift de Marcel Mauss (W. W. Norton, Nueva York, 1990), Mary Douglass analiza el intercambio o la reciprocidad en la creación del vínculo del regalo. La autora se basa en su experiencia en una fundación donde aprendió que “al receptor no le agrada el que regala, sin importar lo amable que sea.” Afirma que los regalos gratuitos no se deben dar porque “rechazar la satisfacción coloca al acto de dar fuera de los lazos mutuos.” Las mujeres también pueden ser seducidas por el paradigma del intercambio para que crean en la reciprocidad y no en la satisfacción de las necesidades, como la fuente de las relaciones humanas. Quiero agregar que existe un malestar psicológico en torno al dar gratuitamente, y que las obras de caridad suelen asumir una actitud paternalista que menosprecia al que recibe, por lo que el receptor tiene sus razones para “no agradarle el que regala, sin importar lo amable que sea,” como señala Douglass.