Capítulo 13


Mercado y género


Una realidad alterada

Intento, para poder reconocerlos, delinear los patrones del patriarcado que se parecen entre sí, y que inciden en diferentes aspectos de mi vida. Las mujeres, como otros que no lo tienen, podemos sentir que si tan sólo lo ‘tuviéramos’ podríamos cumplir con todas nuestras potencialidades. Así transformarnos en ‘iguales’ a los que tienen—y finalmente ser completamente humanos. De esa manera, aspiramos a las recompensas del patriarcado y sin proponérnoslo ayudamos a la motivación del sistema. Si podemos reconocer los patrones podemos usar el sistema para sobrevivir mientras lo cambiamos, sin darle valor, sin entregarle nuestro corazón. (Vea la Figura 18.)

El mercado, como el lenguaje, evoluciona desde el pasado hacia un estado futuro de acuerdo al valor cuantitativo (en lugar de cualitativo) y tiene sólo una palabra, dinero. La tensión sobre el lenguaje deriva de la clase de relaciones humanas que se requieren para intervenir en las relaciones exclusivas de la propiedad privada. El dinero ‘nombra’ los productos una y otra vez como valores, pero debido a la modalidad del intercambio que preserva la orientación hacia el ego de todos, no permite que las relaciones inclusivas se desarrollen. Los seres que hacen uso del intercambio no pueden desenvolverse completamente en una co-munidad.

El mercado se nos aparece como algo normal, como algo que nos es ‘dado,’ porque así son las cosas. Pero de hecho, es una realidad alterada. ¿Por qué, los seres humanos tendrían que permitir que el proceso de nombrar se instale entre los que tienen bienes y los que tienen necesidades? El mercado se involucra nombrando y definiendo con la palabra dinero, una y otra vez. ‘Este abrigo = $20.00. Este otro abrigo = $100.00. Esta bolsa de papas = $4.00.’ La ecuación entre los productos y el dinero, que es un momento del proceso de nombrar, se convierte en un momento importante para toda la sociedad. Parece ser una puerta entrada para todo valor. De hecho, es usado para introducir algunos artículos en la categoría de ‘valioso,’ mientras, otros parecen no tener valor porque no pueden ser vendidos o porque son gratuitos (los regalos de la naturaleza: agua, aire, luz del sol, etc.).

La masculación ha hecho que todos tengan la expectativa de ser ‘ascendidos’ o que teman ser degradados al ser ubicados en otra categoría. En el momento de nombrar con el término de género: ‘Juan es un niño,’ o con el de dinero: ‘una libra de café = $2.00,’ se pone a la persona o al producto en la categoría de aquellos que tienen valor en relación con esa palabra o con esa cantidad de dinero. Las niñas y los productos que no se venden o que son gratis (los que son regalados y los regalos de la naturaleza) no pertenecen a la categoría superior. Por lo tanto, los términos de género para las niñas atribuyen inmediatamente a la persona el valor contradictorio de no ser parte de la categoría superior y valiosa. Ser ubicados en una categoría superior por ‘…es un niño’ parece despojar a los miembros de esa categoría de la capacidad de dar en el presente mientras tanto, se les da una categoría diferente—palabras, posiciones, dinero como incentivo (una distracción y una clase de adicción). El nombrar el género y el intercambio de bienes por dinero nos obliga a concentrarnos en el presente, debido al des-conocimiento de los regalos y por el énfasis en la ecuación y la sustitución.

Les damos valor a las definiciones y no a la gente o a los cuidados o a la crianza, cuyo valor se mantiene oculto, en las sombras. Los regalos dan valor a los que reciben, el intercambio no—excepto a través del proceso de ‘merecer.’ En este proceso el que intercambia parece ser la causa del pago en sí por medio de su propio valor, su producción previa, etc. Como en la masculación (donde los hombres aprenden a ‘merecer’ el nombre ‘masculino’), el modelo de regalo cede su espacio y la definición ocupa su lugar. El regalo social, el nombre, se sirve de los regalos individuales, pero al ser general aparece como algo diferente, como si tuviera un poder arcano. La posición uno-muchos, refuerza el poder fetichista del nombre cuando es usada como un privilegio, investida por el falo como muestra con poder en el mundo real. Cuando nos ‘merecemos’ una calificación profesional, podemos llamarnos ‘periodistas’ o ‘doctores.’ Entramos así en una categoría privilegiada. Comportándonos de manera apropiada y aprendiendo a poner en práctica los conocimientos adquiridos, somos capaces de calzar en la definición. Como niño, nos ‘merecemos o ganamos’ el derecho de llevar un nombre. Y así nos merecemos o ganamos la ‘vida’ en la economía del cambio.

Un parásito que se repite a sí mismo en el árbol de la vida

En un meta nivel verdadero vamos a reconocer el intercambio como algo parcial, igual que reconocemos el género masculino (y su definición) como algo parcial. Pero regalar no se considera a sí mismo ni a los que regalan como los otros receptores creativos. El meta nivel es confundido por diferentes clases de reflexiones auto-similares. Cualquier cosa que se atribuya valor a sí misma será parcial, porque disminuye su otro valor y la cosa misma se sale de contexto (en tanto las reflexiones de la estructura del concepto lo hagan aparecer como lo único que hay). Los regalos requieren de aquellos que los reciben. Pero la gente, en el sistema cerrado de la máxima jerarquía patriarcal, se atribuye importancia a sí misma, a través de la instrumentación de aquellos que son ‘diferentes o inferiores.’ Ellos usan a los otros para mejorar, mientras les niegan toda importancia y no aceptan que esos otros son el origen de su bienestar. Este proceso les da un acabado a los egos artificiales, haciéndolos aparecer como si se hicieran a sí mismos. Y aparecen así ya sea porque son cuidados porque se lo ‘merecen,’ o por medio de la manipulación o de la fuerza, o porque el otro es ‘inferior,’ o por ‘naturaleza,’ por ‘instinto’ o por el ‘deber’ de ella o de él de dar al uno en esa posición. ‘Desde luego que ella lo cuida; él es su esposo.’

El hombre es la ‘muestra’ o la posición uno, requiriendo que los otros se relacionen con él como los muchos, recuperando ese momento de comparación y de equivalencia entre los artículos próximos y la muestra usada en la formación de los conceptos. Los muchos se hacen a un lado y le dan al que ocupa su lugar, repitiendo la relación ‘uno-a-muchos’ entre las cosas y sus nombres. También estos patrones se confirman a sí mismos por su similitud con un meta nivel abstracto. El ‘uno’ humano ignora a los muchos y se significa a sí mismo, fuera de contexto, reflejándose a sí mismo como la instancia del uno. Pensando en su ‘posición del uno,’ una persona entonces aplica el proceso del concepto otra vez a ésta. Al verse a sí mismo como el único, él es igual a sí mismo y a todos los únicos.

Este proceso se repite y se refleja en diferentes niveles. Puesto que el re-conocimiento se basa en la comparación y la equivalencia, éstos parecen ser los únicos procesos importantes en un meta nivel. De este modo, se valora el proceso que da forma a los conceptos en sus diversas encarnaciones y que están fuera de contexto aunque se use un meta nivel para pensar en la situación. Sin embargo, parece que la ecuación y la forma del concepto son los únicos que constituyen al meta nivel en su totalidad. Pero en realidad son una rama del árbol (fractal), cuyo tronco es el regalar. Tal vez, se podría decir que sus estructuras auto-similares son, como las de una enredadera, un parásito del árbol.

Trabajando de nuevo la metáfora: no sólo es el tronco del árbol lo que tiene la estructura del regalar. De hecho, dar y recibir se parecen a un árbol viviente: la hoja recibe luz del sol, la usa en la fotosíntesis, envía sus productos a través del árbol para satisfacer las necesidades de energía de éste, las raíces reciben y transmiten humedad de la lluvia y los minerales de la tierra y del humus de hojas y árboles anteriores. La disponibilidad de estos regalos del sol, la lluvia y la tierra permite el desarrollo de seres vivientes que puedan recibir esos regalos. La ecuación fuera de contexto, el concepto, las clases, el cambio, las jerarquías y el meta nivel de auto-reflexión derivan la posibilidad de su existencia de los regalos que les son dados, a través de las raíces que tienen hundidas en la modalidad del regalo. Les sirven a esos seres vivientes que se han pervertido y distorsionado para poder recibir esos regalos abstractos. La sociedad en su totalidad recibe en forma creativa esta nutrición alterada.

Las estructuras patriarcales se desarrollan en la ‘cultura’ del regalar, porque también ellas son capaces de recibir de manera especial, y de darles a esas criaturas que se han adaptado para recibirlas. Estar fuera de contexto es solamente un momento de abstracción que se usa para formar los conceptos. Se ha convertido en una condición permanente del aislamiento del ego, que le sirve a la economía, a la psicología y a las instituciones fundadas sobre la masculación. El patriarcado mantiene el control sobre los soportes de las diversas estructuras que se asemejan entre sí, que están fuera de contexto. La enredadera, el parásito, es el desarrollo exagerado de la ecuación, de la estructura del concepto y de las clases. Está conformado por franjas de definiciones humanas organizadas en jerarquías, que chupan los regalos para nutrir a los que están arriba. El patriarcado no puede sobrevivir por sí mismo, pero se enreda alrededor del árbol del regalo de los seres humanos, y se nutre de él, drenándole los bienes a las necesidades, creando así la escasez que sirve como su medio preferido.

Este parásito artificial se hace verosímil y se valida a sí mismo, reiterando su propia forma. El intercambio, conforme va reemplazando un producto con otro, reemplaza continuamente el regalo cualitativamente variado y orientado hacia la necesidad por una ecuación cualitativamente simple pero cuantitativamente variada. Mientras reemplaza a la mujer que regala con el hombre muestra mantiene parte del proceso del concepto, la ecuación, como una ‘realidad.’ El regalar cualitativamente orientado es reemplazado por el proceso de nombrar cuantitativamente en el que están eliminados los aspectos del regalo. Este tomar el lugar del otro es la actuación de la masculación. La ecuación en sí parece ser un regalo que también se hace ‘inalienable’ o tal vez de donde no se puede escapar. De hecho, crea un foco en sí mismo, y recibe importancia de otros, a través de sus reflejos.

Ser y tener

Lo que estamos viendo aquí es una reunión psico-socio-económica entre ser y tener, es la relación entre la palabra y la muestra, la muestra y sus ítems, el padre y sus hijos, el dueño y sus propiedades—y también entre el ser masculino y las partes de su cuerpo. El niño masculado, en lugar de crear su identidad en el proceso de recibir y dar se identifica con lo que ‘es’ por lo que ‘tiene,’ y por la similitud de lo que ‘tiene’ con los que los otros ‘tienen.’ Luego permite que esa relación se juegue simbólicamente, y construye su identidad alrededor de otras posesiones, muchas de las cuales son símbolos fálicos. Puesto que el pene erecto es la posesión del hombre adulto, que es su modelo, el falo simbólico—los autitos y los rifles—permiten que el niño tenga aquello en su inmaduro presente.

El intercambio se hace necesario por la relación de exclusión con respecto a la propiedad privada. La propiedad es una relación en la que las muchas cosas se dan y ceden a un propietario. Esto es parecido a la relación entre los hombres poseedores de las partes de su cuerpo, con el falo en primer plano, y las mujeres que ‘carecen,’ pero que dan y ceden su lugar a él, que ‘tiene.’

Las mujeres interiorizan el deseo de la propiedad y la desconfianza en dar que viene con el paradigma del intercambio. Tal vez, por esta razón, es que no proponemos para nuestros hijos el modelo de dar. Nosotros empujamos a nuestros hijos hombres fuera del dar hacia el (inter)cambio de las categorías y parecidos con el padre, para estar seguras de que los niños tengan el tipo de identidad que les permitirá tener lo que necesiten y poder guardarlo. Si ellos siguieran nuestro modelo, posiblemente serían considerados ‘mariquitas’ y excluidos de la heterosexualidad patriarcal, exiliados a la tierra de los no-hombres, donde no serían ni hombres ni mujeres. Este comportamiento extraño de la maternidad se da porque el género es, de hecho, una identidad económica. La competitividad, la agresividad, la sublimación de las emociones, el enfoque en las metas y no en los procesos, etc. son características que nosotros consideramos ‘masculinas,’ son cualidades otorgadas por el capitalismo. La razón para esto es que el capitalismo es la modalidad económica basada en las características del género masculino. Le toca el turno al capitalismo de ser revisado en muchos de los niveles de las categorías del (inter)cambio, originadas en la definición de género y la negación de los cuidados.

Ser dueño de la ‘muestra’ de valor

El patriarcado niega y desacredita el regalar para poder seguir existiendo. Los dos paradigmas siguen siendo consistentes con ellos mismos: los cuidados de la madre aparecen como entregando la propiedad del pene y el niño (siendo ella privada de ambos) pero continúa dando. El regalo que parece ser una acción de auto-sacrificio es más una acción de auto-mutilación. Los practicantes del paradigma del intercambio parecen deshacerse de la madre, pero reciben el pene, la identidad superior masculina, y modelo de intercambio del intercambio en sí. La lógica del intercambio se confirma a sí misma y la lógica del regalo confirma al ‘otro.’

El dinero ocupa el lugar del dueño como una muestra privilegiada del valor y a través del cual se relaciona con la propiedad. Ocurre nuevamente lo mismo cuando aquel que una vez fue comprador se vuelve vendedor. El patrón uno-muchos primero toma cuerpo en la propiedad, y luego se repite indefinidamente en la relación uno-muchos del dinero. (Vea la Figura 19.)

A pesar de que el intercambio del dinero es un proceso común, es más desconocido de lo que advertimos. Debemos observarlo con mucho cuidado, en cámara lenta, para ver las semejanzas que tiene con el lenguaje, con el proceso del concepto y con la masculación. De hecho, una cantidad de dinero es el valor de aquel producto a nivel social entre los individuos—‘para los otros y por lo tanto para mí.’ El dinero hace en la economía exactamente lo mismo que la palabra hace en el plano del lenguaje. Los productos no pueden llegar a las necesidades, a no ser a través del intercambio. Puesto que los productos no pueden ser dados en la co-municación, se ‘habla acerca de ellos’ con el dinero. Igual que la palabra, el dinero hace de intermediario entre la gente con respecto a algo, y esa mediación cambia la relación desde una actitud de ‘todo es posible’ en general, a una en la que algo es importante en el presente, con respecto a otra gente o con respecto a cierta necesidad. La relación del que intercambia con algo, se convierte en una relación presente, seleccionada entre todo aquello que pudo haber sido.

A su vez, el dinero toma el lugar da cada persona por turnos, tal como la ‘muestra-valor’ con la que se relaciona el producto, cuando ella cede su propiedad. El dueño del dinero es una ‘muestra uno-muchos’ a través de que la muestra del concepto de valor en sí—el dinero—se relaciona con la propiedad. Como vendedor, cada persona permite que el dinero ocupe el lugar de un artículo de su propiedad, al hacerlo se convierte en la dueña del dinero. Podríamos decir que esa persona es ‘meta’ para el dinero, mientras que el dinero es ‘meta’ para los productos. Como comprador, permite que su dinero ocupe el lugar del producto de otro, transfiriendo la relación de propiedad del dinero al vendedor y del producto a ella misma. (Vea la Figura 20.)

En sí, la relación (mutuamente exclusiva) de la propiedad permanece igual, mientras que el tipo de propiedad es abstracto en dinero y concreto en el producto. La relación de propiedad cambia de niveles, de lo concreto a lo abstracto y viceversa, según si lo que se tiene es dinero o productos. Esto permite que una parte de una propiedad que fue vendida, pueda ser sustituida por otra (u otras) que constituyen el mismo valor y que permanecen en cierto sentido como la ‘misma’ cosa. Al mismo tiempo, la relación del vendedor se convierte en la propiedad de la muestra abstracta en sí—el dinero. La relación de propiedad de uno-muchos se puede aplicar al dinero, la muestra del concepto uno-muchos en sí, como la propiedad de un artículo.

Hay una clase de sustitución que se ejecuta una y otra vez, que es el dinero que se les da a los otros por sus productos, como sustitutos de la muestra del concepto (otra similitud que el dinero tiene con la palabra). El dinero siempre está en el rol de concepto de muestra de valor de un producto, mientras que el dueño está siempre en el rol transpuesto de propietario, en el concepto del rol uno-muchos. El dueño puede estar en un sinnúmero de roles ‘uno-muchos’ que se transfieren. Ella o él pueden ser, por ejemplo, el padre, el rey, el Papa, un consejero de la ciudad, un director ejecutivo de una organización y aun tener dinero. Sin embargo, ella o él puede que no tengan acceso a la posición ‘uno’ en las jerarquías humanas y ser sin embargo el ‘uno’ con relación a sus propiedades, satisfaciendo de esa manera la necesidad de convertirse en una ‘muestra.’

El nexo social: La sexualidad masculina toma el lugar de los cuidados maternos

El género masculino está encarnado en el padre, de una manera que es diferente a la encarnación del valor en el dinero, pero debido a la posición del ‘uno’ hay muchas similitudes. El dinero ocupa el lugar del propietario, al que se relaciona la mercancía como valor, de acuerdo al patrón del proceso del concepto. Lo mismo puede decirse cuando el término del género y el padre, toman el lugar de la madre como muestra para el niño. Más aun, el propietario es suplantado por el dinero como el ‘uno,’ que funciona como la palabra encarnada en la muestra del concepto para el valor de la mercancía, y como la madre es suplantada por el padre en la muestra del concepto para el niño. La similitud en los patrones permite repetir la alienación del niño en la categoría ‘masculina,’ a través de la separación del bien en la categoría de productos, en la categoría de los valores económicos, y en el reemplazo del producto por dinero.

La ‘castración’ de la madre se repite cuando los compradores entregan la palabra-dinero-falo y reciben como recompensa los bienes nutritivos que ella o él necesitan. Aquellos que acaparan y acumulan dinero no sufren esta castración simbólica, y en el capitalismo buscan la manera de incrementar infinitamente la palabra-dinero-falo. El mercado sirve como un ‘lugar seguro,’ en el que se puede actuar el trauma de la niñez o el cambio de categorías del niño, debido al nombramiento de su género. Tiene un efecto curativo al enseñar que la entrega de un producto para la venta, al transferirlo a la categoría del valor y a la categoría de propiedad del otro, no es un proceso dañino en sí y por sí. (Vea la Figura 21.)

Más aun, la castración simbólica involucrada en la entrega del dinero se muestra como algo benigno que no es dañino para el comprador. Desdichadamente, la totalidad del proceso del intercambio por dinero, toma el lugar del regalar como forma de vida en la co-munidad. Entonces, las que regalan dan al proceso de intercambio en sí, valorándolo por encima del proceso que ellas mismas practican, dándoles regalos al intercambio y a los que lo practican, de la misma manera que dan valor a la masculación, a sus hijos y a los hombres. Hasta cierto punto, el intercambio es un proceso que alivia las cargas psicológicas que tienen que ver con la masculación y con la castración, pero es la causa de que el problema se agrave en otros niveles.

En el plano económico, la dependencia del niño con su madre, es repetida también por la madre con su marido. La madre y sus hijos aparecen en una relación del concepto ‘uno-muchos’ con el padre. Esta relación se parece a la del propietario con sus propiedades o a la de las cosas con la palabra. Él les da su nombre. Aparece que en la familia tradicional, el padre le da la palabra-dinero-falo a la madre, quien a su vez lo da a los otros, comprando los medios para dar, para así poder darles regalos a su esposo y a sus hijos. Los regalos del padre son visibles y pueden ser cuantificados, mientras que los de ella son invisibles y no se cuantifican.

Sin embargo, la esposa está recibiendo el apoyo (medios) del marido a cambio de haber dado su lugar como muestra del concepto, convirtiéndose (casi) en propiedad del marido. Al girar alrededor y darle valor al marido, como a la masculación y al cambio, ella abdica su posición como muestra del paradigma del regalo y ubica en ese lugar al paradigma del intercambio. Para esto, ella recibe el ‘regalo’ del salario del marido. La hija también es dada al padre, porque el modelo de hija sigue el modelo de la madre, que renuncia y que se da al patriarcado y al padre. En el contexto de la escasez, partes de la economía de regalo dependen de los regalos provenientes de alguna parte del sistema de intercambio. Tradicionalmente las mujeres han renunciado a todo para poder ponerse en disponibilidad para recibir esos regalos. Ahora, las mujeres se han asociado al intercambio como actoras, usando el dinero que ganan para apoyar y cuidar a sus hijos.

Aun cuando las que regalan trabajan en la economía del intercambio, a menudo tienen que entregar sus hijos a las definiciones y a los modelos provistos por las escuelas, por la televisión, y en las calles, para poder vender su mano de obra para cuidarlos. El modelo económico de la madre es de nuevo disminuido, mientras la mujer lo re-presenta en otro nivel, renunciando su mano de obra por dinero con el que cuida a los hijos, y renunciando a los hijos para que sean educados por otros, dentro de la economía del intercambio.

Los grandes cambios económicos ocurridos durante las guerras (como en la Segunda Guerra Mundial) introdujeron a las mujeres en la mano de obra capitalista. Esto debilitó la estrecha relación entre actividad económica y el género masculado. La masculación sigue promoviendo la unión entre actividad económica y género masculino. Los cambios en el gran panorama afectan al pequeño panorama, que cambia en forma más lenta. Aun cuando muchas madres trabajan por un salario, existe la expectativa de que los roles de los géneros deben continuar siendo diferentes. Las estructuras sociales uno-muchos han tomado el lugar del padre fálico.

Los personajes de la televisión y del cine ubican al padre en la imaginación; la ‘palabra’ de nuevo se hace abstracta. La motivación hacia el equivalente general, el dinero, produce muchas cosas con esta imagen: los programas que nos muestran los hombres dominantes en las relaciones uno-muchos que van desde los jefes, a la policía, a los padres, a los superhombres y a los cantantes. Las actrices han comenzado a actuar en roles unos-muchos como objetos sexuales, mujeres de negocios o súper espías. Los presentadores de noticias recrean la relación uno-muchos como el que habla y que es visible y con quien se relacionan miles de televidentes siguiendo este patrón. El modelo de dominio-sumisión combinado con jerarquía y competencia está presente en toda la industria del entretenimiento, en los negocios, en la política, en la academia. Ofrecen continuamente la manzana regalo al príncipe encantado, proveyendo así modelos patriarcales perjudiciales, que ya no se encuentran en las familias, que tienen a la madre como centro.

Algunas veces las relaciones que se dan entre las pandillas callejeras suplen a los modelos paternos (violentos) ‘uno-muchos’ que no existen en los hogares de las madres solteras. La sexualidad masculina que se ha estructurado de acuerdo al nombre y al cambio de las categorías sustituye al lugar del cuidado, de acuerdo a lo que Alfred Sohn-Rethal llama el ‘nexo social’ —el patrón penetrante sobre el que la sociedad se construye a sí misma. Creo que a pesar de las dificultades, las familias cuyo centro es la madre están comenzando a cambiar esta situación. Sin embargo el descrédito de la madre soltera y la ausencia del padre a menudo exponen al niño vulnerable a otras muestras masculadas más negativas, conforme él sigue en el laberinto de los patrones uno-muchos que constituyen el patriarcado.

Actuando la masculación en el mercado

El mundo de las mercancías imita el mundo del patriarcado. La mercancía-hijo es presentada al padre-dinero y se relaciona con él como su equivalente, por encontrarle un parecido. Se le autoriza el concepto del ‘otro,’ concepto privilegiado de las cosas que son valiosas, y que son dadas al ‘otro’ por la madre-dueña-productora (trabaja-dora). El lugar de la madre-dueña-productora es ocupado primero por el padre-dinero, como el modelo del concepto de mercancía-hijo, y luego es ocupado por el comprador, quien se relaciona con la propiedad como dueño. La madre-dueña-productora entrega a su hijo-mercancía para que se relacione con alguien diferente como su dueño. Entonces ella o él cambian de rol, y el padre-falo-dinero le sirven a ella o a él como aquello con lo que se relaciona el producto de otro. Otra madre-dueña-productora entrega a su hijo-producto.

Cuando se encuentra que el producto es igual a él, el padre-falo-dinero puede convertirse en la satisfacción de las necesidades de comunicación como un medio para (cambiar) una relación y para que cambie de la muestra de la madre a la muestra del padre. De la misma manera que se desplaza un producto del vendedor al comprador. El vendedor actual (rol de madre) relaciona a su hijo-mercancía al dinero (rol de padre), comparándolos y encontrándolos iguales y formando parte del concepto privilegiado de las cosas que tienen valor. El proceso de nombrar un producto como un valor-en-el-intercambio, es igual al proceso que nombra al niño como un ser ‘masculino,’ un bien útil, arrancándolo así del proceso de dar y recibir. Lo que define al intercambio no es la necesidad del otro, sino el dinero para satisfacer así nuestra propia necesidad. El dinero que el otro posee se hace relevante a nuestra propia necesidad por el dinero como medio para modificar la relación de propiedad de alguien diferente nuevamente a su beneficio, para satisfacer nuestra propia necesidad. La necesidad meta de la definición se impone sobre la necesidad material.

El uso de la palabra ‘labor’ (trabajo de parto) en inglés es muy interesante, como si la madre entregara a su hijo tan pronto como termina su ‘labor.’ El hijo es entregado para ser incluido en el género y relacionado con el término ‘masculino’ tan pronto como la comadrona o el doctor dicen: “Es un niño.” La madre lo entrega muy rápido, entrega su capacidad de ser su propia muestra—a favor ¿de qué? ¿De una palabra? “En el principio”—tan pronto como nació—“fue la palabra.” Él Nunca tuvo la menor chance.

Cuando se compra para vender, el padre-falo-dinero entra en la sociedad una y otra vez, permitiendo que el hijo-mercancía se relacione con él, confirmándose así como su equivalente general. Su dueño o colaborador humano lleva entonces a su hijo-mercancía a aquellos cuyas necesidades puede satisfacer, y para quienes este valor es mayor, para que la cantidad de padre-falo-dinero en la mano del colaborador aumente. El operador económico se engancha en cierta actividad sexual, comprando no para satisfacer sus necesidades con ese bien, sino para entregarlo de nuevo y así aumentar la posesión de su dinero fálico.

Desde el punto de vista lingüístico, el trabajo de los comunicadores es hacer jugar a la ‘dinero-nombre,’ para que pueda relacionarse con un ser humano por medio de las palabras generales equivalentes y socialmente válidas. Lo que nosotros podemos ver de todo esto es la jerarquía de los productos, con los precios de menor a mayor, a los ‘hijos’ con sus ‘marcas,’ a las etiquetas colgando con su precio, llenas de cifras para mostrar ‘cuánto’ merecen el dinero-nombre.

Una psicosis colectiva

Estamos creando colectivamente nuestra realidad de una manera innecesariamente dañina. No quiero decir con esto que los árboles y las vacas, las montañas y los autos, los niños y las abuelas, no están ‘allí.’ Lo que quiero decir es que hemos estado viviendo un proceso distorsionado, la masculación, tomando las imágenes que nacen de esta masculación como los principios mediante los cuales organizamos nuestras vidas. La mala interpretación de quiénes somos y de qué tendríamos que estar haciendo, tiene como resultado el merecimiento de los que ‘tienen’ y el castigo de los que ‘no tienen.’ La masculación produce una psicosis colectiva, en la que los hombres compiten entre sí individualmente, para llegar a ser el hombre ‘muestra’ y los regimientos completos luchan entre sí, para que su Padre Tierra sea la ‘muestra’ de la nación.

Se extiende y agranda el aspecto de las palabras de ‘ocupar el lugar’ (sustituir) para que se convierta en la dominación, mientras que el ceder (ser sustituido por) se convierte en sumisión. Estas actividades complementarias se pueden encontrar en muchos niveles diferentes. El ocupar el lugar de, es muchas veces ejecutado de forma violenta en la familia como parte de un rol del género masculado, o a través del dominio del adulto sobre el niño. El ceder el lugar parece ser el rol de la mujer (o del niño) que obedece a las palabras u órdenes de los otros adultos. En el mercado, el dinero ocupa el lugar, y el producto lo cede, al mismo tiempo que el proceso de cambio toma el lugar y el regalar lo cede.

El patriarcado es una colección de franjas de definiciones verticales que tiene aspectos similares a las relaciones en el mercado, donde la verticalidad de las franjas es desplazada por las progresiones numéricas del precio. Comparadas con las posiciones de definición a largo plazo, de tomar el lugar de y de ceder, que son los roles típicos de órdenes y obediencia, por ejemplo en las jerarquías del gobierno, la armada o la iglesia, definiciones del mercado son muchas y efímeras, y de alta velocidad.

A pesar de que muchos de estos actos a corto plazo de ocupar el lugar y ceder, y ordenar y obedecer en éstos, fluyen juntos para conformar roles a largo plazo. En el mercado, la posición del ‘mandamás’ es solamente una: el dinero, el equivalente general, mientras que en las jerarquías humanas hay una cadena, en las que los que están arriba ocupan el lugar de los que están abajo, y los que están abajo dan y ceden a los que están arriba—a aquellos que son los más privilegiados.

La etapa intermedia entre el producto y la necesidad, basada en el intercambio y la ecuación, se convierte en el foco de toda la sociedad, requiriendo igualdad en relación al dinero para acceder a los bienes. La definición que masculiniza ocupa el lugar de los cuidados y se impone como modelo en todo lugar.

En lugar de resolver nuestros problemas cuando actuamos la palabra encarnada, hemos distorsionado la realidad, distribuyendo los bienes en forma psicótica para beneficiar a unos pocos hasta el punto de omnipotencia, de acuerdo con el sueño del niño. Estamos usando nuestra habilidad lingüística para nombrar y definir, para transferir privilegios a ciertas personas y a otras no, haciendo que ‘tengan’ en lugar de que ‘no tengan.’ Las prioridades de la masculación han alterado colectivamente la realidad de una manera perniciosa, pero si nosotros comprendemos, como siempre lo han dicho las religiones occidentales, que esta realidad es una ilusión, una pesadilla, nosotros podríamos regresar a una economía del regalo, que es una posibilidad siempre presente, es el sueño verdadero en el que finalmente podemos despertar, re-creando una realidad que es un regalo para todos.

El gran alcance de la definición de género

A pesar de la posición devaluada y desconocida del regalo, éste está forzado a asumir y a continuar siendo creativo y a mantener la vida. Es necesario para el mejoramiento de las actividades basadas en la definición—actividades que por sí mismas serían abstractas y áridas. Por eso, la negación del regalo a veces incluye la incorporación de algunos elementos del regalo en el modelo masculado post hoc. Las religiones patriarcales hacen esto, satisfaciendo necesidades espirituales (mientras disminuyen la importancia de la maternidad) y legislando sobre el altruismo. Algunas veces los hombres masculados crean necesidades para luego satisfacerlas. Por ejemplo, un grupo aísla y le quita el poder a los que regalan, afeminándolos o esclavizándolos; luego les brindan ‘protección’ imponiendo su hegemonía fálica sobre ellos y sobre otros grupos masculinos similares que podrían tratar de derrocarlos. Tal es el caso de la fuerza militar.

La buena voluntad de los hombres masculados, todavía hay muchos, entra en juego mucho después de que sus personalidades se formaron al ceder al paradigma del regalo y al asumir así la identidad por su género. La buena voluntad de los hombres es la base para la ‘acción moral,’ mientras dejen de lado ese paradigma que podría normalizar la estandarización de las necesidades—no sólo en la vida de cada individuo sino también en las instituciones económicas y políticas del grupo. Si la sociedad como un todo estuviese dando y dando valor a las necesidades de acuerdo al paradigma del regalo, la moralidad sería algo completamente diferente. No sería necesario el heroísmo ni el ‘voluntarismo,’ porque el bienestar de los otros sería una premisa de vida para cada uno y para el grupo.

La definición de la que el regalo ha sido borrado es más amplia que la definición de género y no coincide totalmente con ésta. Por estar en la base de la masculación, sin embargo, resuena fuertemente con la identidad de género del hombre. El definiendum y su posición equivalente en la formación de un concepto, son por sí mismas sobrevaluados, a pesar de que lo único que hacen es reflejar la definición de género (que ayudaron a crear). Por eso, el dinero, el valor de la muestra, y las formas de dominar al nombrar y definir al igual que el discurso académico o la ley son sobrevaluados, pero no se hace evidente de inmediato qué parte le corresponde al género en ese énfasis o qué parte le corresponde al regalo.

Otras categorías que parecieran ser de género neutro, tales como la raza, siguen el patrón del género, instituyendo una competencia para ver quién es la muestra para el concepto de humano, dominando a las otras razas, considerando a aquellos que son diferentes de la muestra como seres inferiores. Igual que en el género, las diferencias son culturalmente vistas como fisiológicas, mientras que es la forma de la definición ‘cargada’ con la masculación lo que implica que un grupo es ‘superior’ a otros, que deben entonces ceder y entregarse al grupo ‘superior.’ Situaciones similares pueden ocurrir con sistemas políticos e ideológicos y nacionalismos. Aquellos que nacen dentro de las fronteras nacionales de un país se pueden considerar superiores a los que nacen fuera de aquellas fronteras, aun cuando no hay diferencias que afecten los cuerpos o las mentes de los nacionalistas. Luego la nación en su totalidad toma la posición general equivalente (la muestra), reforzando potencialmente los egos de la población entera con respecto a otras naciones. Los sistemas, las religiones, los grupos interesados siguen los mismos patrones hacia la hegemonía.

Ganancia

La definición puede ser manipulada por la condición de superioridad de aquellos que la usan en otras áreas de la vida, así como es usada para confirmar y perpetuar la superioridad de los hombres. Pareciera que por estar relacionados con lo que está en la posición del definiendum económico (la palabra-dinero), somos mejores que otros. Es como si se repitiera la situación del nacimiento, poniendo una y otra vez a una persona en una posición superior por su relación con el equivalente general y alejando a él o a ella del regalo. Es más, al proveer el equivalente general, algunos de nosotros podemos comprar y controlar el tiempo de los otros para favorecer nuestros fines. Lo hacemos requiriendo de los otros, a quienes les damos el equivalente general para el tiempo, que también nos regalen mano de obra, cuyos productos nosotros vendemos, y que no pagamos (plusvalía), y que nos permitan acumular una ganancia y amasar un capital. Si consideramos que el equivalente general es fálico, y aun más el capital, comprendemos el aspecto sexual de la inversión, al poner dinero ‘en’ algo, sacarlo luego más grande, y re-invirtiéndolo hasta que podamos sacar una ganancia.

Deberíamos darnos cuenta de que cada vez que ‘obtenemos’ una ganancia, alguien o tal vez muchas personas están regalando algo. Sin embargo, pensamos que la ganancia es una recompensa o que nosotros nos la merecemos y ganamos. De nuevo esto repite el ‘merecimiento’ del hombre, porque él actúa de manera masculada y de esa manera vuelve a entrar de nuevo en la categoría privilegiada, ‘merenciendo’ el nombre ‘hombre.’ De hecho, el hombre termina siendo recompensa-do por aquellos regalos a los que renunció cuando entró, al principio, en esa categoría. Si algunas características primarias o esenciales del género del hombre fueron puestas para que actúen en nuestras vidas económicas, éstas serían más fáciles de rastrear e identificar. Pero tanto las características de género del hombre como las características funcionales del intercambio económico derivan de un ‘antepasado en común,’ que es la definición por medio de la cual los hombres son privilegiados mientras son alienados de sus madres que los cuidan.

Es como si la mente colectiva del niño se preguntara, “¿Pero por qué soy niño y no soy como mi bella madre?” La respuesta, “Es así porque sí” se convierte en lo que no puede vencer pero tiene que asumir—lo que él, como antes su padre, usa como modelo y luego ‘descubre’ como sus características ‘masculinas’ o ‘humanas.’ Es como si todo, ser, ser igual, ser igual a la muestra, ser la muestra y ser la palabra se colapsaran una encima de otra, así como las características norm-ales masculinas son dominadas por las categorías y el nombrar. Esta dolorosa situación se proyecta luego en todo lo ancho de la sociedad, para terminar siendo la lebensform de la forma económica del intercambio. La ‘muestra del padre’ tiene las mismas características de ser, como lo fue su padre antes que él. Hay, entonces, un regreso infinito a través de las generaciones a las ‘muestras de los padres.’ No debe extrañarnos, que la identidad masculina, negando el regalo, y que ha sido leída hasta hace poco como la identidad humana, tenga un lugar prominente en la discusión filosófica. Ha sido y sigue siendo la causa de muchos de nuestros problemas—no de algún ‘destino superior.’

Teniendo más

La motivación para el incremento, tal vez, puede ser encontrada en el hecho de que el miembro del niño es muy diferente y mucho más pequeño que el del padre. Si el falo es la ‘marca’ de la categoría masculina, tal vez el niño no se sienta realmente ‘igual’ y parte de la categoría, hasta que tenga un miembro más grande. La necesidad de convertirse en el concepto modelo, el equivalente general o el lugar de la palabra, implicaría la necesidad de tener un miembro más grande. El niño es, por supuesto, incapaz de hacer que esto suceda, mientras que él, sus hermanos, su madre y sus hermanas puedan estar siendo dominadas (y a veces abusadas) por el gran padre fálico, que finalmente está viviendo el mandato de su definición masculada, modelo que usó en su niñez.

El niño, en competencia con su padre por la posición equivalente, puede sentir la necesidad de tener un falo grande y sus equivalentes simbólicos y económicos, para poderse defender él y defender a las mujeres con quienes todavía participa (en alguna medida) de la situación de regalo, de aquellos otros hombres que pueden tratar de dominar. A su vez, el niño aprende a dominar, jugando el papel de definiendum. Mientras que los cuidados de la madre salvan la diferencia de tamaño, convirtiendo al niño en un receptor humano (dador y receptor de signos) en una edad muy temprana, la definición por el género pone al niño en una situación de desventaja. Por el momento, él no puede lograr su mandado de género. Él debe ser relativo y parte de los muchos, aparentemente porque todavía es muy pequeño. La verdadera razón, después de todo, se debe a la lógica de la situación: sólo puede haber un ‘uno.’

Tal vez la base para el deseo de ostentar el poder y de la avaricia es el deseo de ser más grande (tener más equivalente fálico), para poder ocupar la posición del ‘uno’ requerida por la definición de género. Las niñas pueden participar en la competencia por la superioridad, renegando de los valores de la maternidad en los que hemos sido socializados aunque no tenemos un falo fisiológico, y a menudo retenemos por lo menos algo del regalo.

Debido a que el padre a menudo está ausente, el niño, que ha sido alejado del modelo de la madre, es dejado sin modelo para su identidad (diferente a la definición en sí) o de contenido para su categoría. Agreguése a esto la violencia que muchos hombres grandes pueden perpetrar sobre aquellos que son más pequeños, y queda claro que el tamaño (o la cantidad) puede convertirse en una obsesión no sólo para el individuo sino para las culturas en su totalidad. Un visitante de otro planeta que viniera a la Tierra se quedaría horrorizado ante la vista de los rascacielos cada vez más altos, con los que el mundo de los negocios muestra su orgullo corporativo. Ésos que tienen sus oficinas en las torres de acero, desde luego son superiores a los que tienen oficinas en edificios más pequeños, menos erectos. Aquéllos tienen más dinero y más poder, lo que los hace estar más cerca del concepto modelo del padre, el adulto masculino al que el niño pequeño sólo puede aspirar. Nuevamente, en un sentido erótico, es la erección la que hace la diferencia ya que es mucho más grande que el miembro del niño, y eso es lo que los rascacielos (rifles, cohetes, misiles, etc.) imitan.

Todos estos edificios se construyen sobre el abandono del modelo de la maternidad. El abandono en sí está orientado—no hacia el niño, sino hacia los que carecen del falo-palabra-dinero. Aquellos que tienen necesidades son abandonados para que mueran por aquellos que tienen bienes. Aquellos que no tienen falo tiene que pagar por poner al hijo en una categoría diferente. De hecho, tienen que continuar de manera invisible transfiriendo el dinero-falo como plusvalía. De manera paradójica, el regalo orientado hacia el otro parece ser una hipocresía, y ciertamente no encaja en el intercambio como método de distribución.

Lo que también está oculto a simple vista, lejos de las necesidades de los muchos, es el drenaje de la riqueza hacia los símbolos fálicos y al capital que se expande infinitamente. La riqueza y la energía fluyen de los muchos hacia los ‘unos.’ También fluyen desde el regalo hasta el mercado y el capital, desde el ‘Tercer Mundo’ hacia el ‘Mundo Desarrollado.’ La ilusión es que es al contrario. Igual como en la formación del concepto, la muestra recibe su valor de la existencia de otros artículos de la misma clase, pero ahora hay una transferencia real de la riqueza, desde ellos hacia la muestra.

El castigo por la escasez

Esta situación puede ser leída como la represión de la sociedad contra la madre y sus cuidados, por haberle entregado el niño al padre. La represión, desde luego, es parte de y consistente con el intercambio. El desplazamiento de los bienes lejos de las necesidades, hacia las manos de aquellos que tienen el falo-palabra-dinero, genera la escasez que acongoja y desacredita al regalo, convirtiéndolo en imposible o en un sacrificio. Continuar la práctica del regalo a pesar de la escasez requiere de un enorme esfuerzo y un sentido del propósito casi obsesivo. Las mujeres son rotuladas como masoquistas por eso.

Pero la culpabilidad debería dirigirse a los que crean la escasez y al sistema que los crea a ellos. Explicamos sus motivaciones para hacerlo como un intento de recuperarse del cambio de categoría por el género que ocurrió en su niñez. Tal vez debido a nuestra ternura materna, tendamos a entender y a consentirlos, pero esto debe terminar. No es una respuesta apropiada a las consecuencias de sus acciones e instituciones—la muerte de millones en las guerras, la inanición, las enfermedades y la destrucción ecológica del planeta.

La escasez tiene ciertas ventajas para el patriarcado. Hace que regalar sea difícil de manera que no puede ofrecer una alternativa visible y viable al intercambio. Es un castigo para las madres y su regalo por haber entregado sus hijos hacia la categoría del padre, y al mismo tiempo proveer a los niños de la tentación de acumular más del equivalente general que cualquier otra persona. Más aun, aquellos que tienen éxito al ser la muestra privilegiada pueden también materializar sus excesos económicos fálicos en símbolos fálicos de todos tipos. Si los ciudadanos no tienen éxito en acumular más individualmente, pueden tal vez participar en el cuerpo político que tiene más—rifles más grandes, aviones, bombas.

Aquellos que tienen en exceso, mientras otros no tienen lo suficiente para sobrevivir, se consideran superiores y distribuyen pequeños regalos caritativos en forma manipuladora, controlando así el comportamiento de los que no tienen. La definición masculadora es usada directamente para manipular a aquellos que necesitan juicios positivos, los que también son escasos—juicios de inteligencia, belleza, eficiencia o destreza. A menudo éstos están acompañados por juicios monetarios, que los complementan.

El objetivo de unos pocos de acumular grandes cantidades altera las economías y los sistemas ecológicos de la tierra, agotando los recursos de los muchos. El tamaño relativo de las posesiones de los pocos se incrementa por estos medios. El deseo de seguridad también se intensifica a través del uso de la amenaza de la escasez, y parece que sin un límite adecuado hasta los hombres corren el riesgo de cambiar de categoría, de los que tienen a los que no tienen.

Tal vez se nos puede excusar por considerar al mercado y al patriarcado de esta manera irreverente. Parece una obra tragicómica apasionada, en la que se repite infinitamente el alejamiento del niño desde su madre hacia la categoría del padre. El síntoma de nuestro desorden psicológico ocupa nuestras mentes y nuestro tiempo, impidiendo que sigamos el modelo de la madre cuidadora, mientras que millones de niños de ambos géneros se mueren de hambre. Los ojos de visitantes extraterrestres se llenarían de lágrimas de lástima por esta especie excelente que se ha enredado en tantos problemas por algo que comenzó siendo un error pequeño e inocente.

En cuanto yo, querido lector, aúllo en la noche.

Si usted lo comprendiera, tal vez también lo haría.

Hemos estado hablando del intercambio como definición. Porque hay una sola palabra material, el dinero, ahora estoy hablando del nombrar. Muchas de las funciones de la definición son desplomadas entre sí en el intercambio monetario.

La clase de todas las clases sacadas de contexto es una clase sacada de contexto. Sin embargo, un meta punto de vista verdadero sería lógicamente más ancho e incluiría el regalar, entonces incluyendo lo diferente (el otro), surgiendo la contextualización y destruyendo la clase sacada de contexto. El pensamiento de un punto de vista patriarcal sobre-enfatiza las clases y no enfatiza el contexto del regalar, al igual que una sociedad patriarcal sobre-enfatiza las clases, y no enfatiza el paradigma del regalo. Un crítico podría decir que comparar el intercambio y el regalar es como comparar manzanas y naranjas. Mi punto es que estas manzanas solo existen dentro de un contexto de naranjas, que también les da a ellas.

Jacques Lacan describió lo que él llamó la ‘etapa del espejo,’ un nivel de integración de la imagen de las partes del cuerpo del niño mayor que lo apropriado para su edad. Yo especularía que ésta es la relación de propiedad que las integra como ‘suyas’ y que el rompimiento con la relación de la muestra masculina es reflejada en el intercambio. Vea Ellie Ragland-Sullivan, Jacques Lacan and the Philosophy of Psychoanalysis, University of Illinois Press, Chicago, 1986. Kenneth Wright, Vision and Separation Between Mother and Baby, Jason Aronson Inc., Northvale, New Jersey, 1991.

Además de todo esto, las madres que tienen miedo de la competencia del padre con un hijo bajo protección y cuidado por sus cariños, puede ser motivado para hacerlo similar al padre, para que el padre entonces no lo destruya. Como la verdadera madre de Moises, ellos niegan que el es de ellos, dándoselo a alguien más poderoso, y quedándose cerca para cuidarlo y servirlo.

El dinero solamente se sustituye a sí mismo cuando habiendo sido ‘invertido,’ se devuelve aumentado—otra masculación transpuesta—quizás un niño que nace de la cabeza de Zeus. El capi-talista es quien hace que esto ocurra.

La propiedad es quizás más como el complejo ‘nombre familiar’ de Vigotsky que el concepto; porque las propiedades son diversas, no tienen una cualidad común, excepto la de ser propiedades de ese ‘uno.’

La hija puede ser considerada como el ‘bien’ o ‘valor de uso,’ que es una vez más parte de la forma del cuidado después que el comprador ha renunciado el equivalente fálico. Ella también podría ser considerada como el ‘bien’ que no se ha intercambiado—al menos hasta que ella se case.

La normalidad del intercambio es reforzada por la ascendencia de lo verbal sobre lo no verbal en la sociedad, y en la niñez, porque el niño está aprendiendo el lenguaje precisamente durante el período de Edipo durante el cual la masculación está ocurriendo. La posibilidad de la genitalización precoz de los niños es estimulada por la importancia dada al lenguaje y al nombramiento y a la transferencia del niño de la categoría de la madre a la del padre (o al menos la muestra masculina). Entonces el intercambio económico del dinero actualmente vuelve a trazar y refuerza la situación Edípica, igual que este momento de genitalización. El inter-cambio es realmente un cambio de sexo.

Alfred Sohn-Rethel, Intellectual and Manual Labor: A Critique of Epistemology, MacMillan, London, 1978. Sohn-Rethel piensa que la ‘abstracción del intercambio’que se deriva del intercambio de las mercancías es el nexo social. Yo creo que el intercambio de las mercancías proviene de la masculación que es entonces la base de la abstracción del intercambio.

Incluso la Biblia dice, “Al que tiene mucho se le dará.”

En otra etapa del mismo proceso, el intercambio de dinero ocupa el lugar y el trueque cede. Hay al menos estas tres capas de dominar y ceder involucradas en el intercambio de dinero. Nos damos cuenta de que todavía están allí porque, en cualquier momento, podemos revertir a la etapa ‘previa’ de acuerdo con la voluntad de los intercambiadores. Podemos hacer trueque en vez de intercambiar el dinero, o podemos decidir no requirir un intercambio y simplemente dar el producto a la persona con la necesidad.

Creo que los movimientos de cambio social exageran la igualdad como un criterio, porque ellos no se dan cuenta que su uso en el mercado propaga su validez en todos lados. En vez, yo pienso que deberíamos celebrar la diversidad cualitativa.

Véase Making Connections, Carol Gilligan, Nona P. Lyons, and Trudy J. Hanmer, editores, Harvard University Press, Cambridge, MA, 1990.

Los ‘regalos’ del ‘Primer Mundo’ al ‘Tercer Mundo’ contienen intercambios ocultos y actualmente vuelven al ‘Primer Mundo’ muchas veces. Véase, por ejemplo, el trabajo del colectivo DAWNE, Gita Sen, y Karen Grown, Developmental Crisis and Alternative Visions, Monthly Review Press, Nueva York, 1987; Susan George, How the Other Half Dies, Allanheld, Osmun & Co., Montclair, 1977; y Vandana Shiva, Staying Alive, Zed Books, Londres, 1989.