Los
agentes del cambio no masculados.
Las mujeres dan libremente de sus pechos a sus hijos e hijas (y de
muchas otras formas), pero puesto que el pene está sobre valorado, nosotras
somos percibidas como si diéramos por la ‘carencia’ de la ‘marca’ y, puesto que
la escasez ha sido creada para privilegiar a los que tienen, a menudo estamos
dando en una situación de carencia económica. Todo esto está exacerbado, porque
los hombres renuncian a la economía del regalo. El cambio ‘da’ el regalo de no
regalar, mientras que los pechos de la mujer dan cuerpo al regalo de regalar.
Podíamos especular que los pechos son
el modelo original para el índice; el pezón es el índice, y la boca del bebé es
el objeto que es aislado para que tenga toda la atención. Luego, se les da vuelta a estos puntos de
vista. Para el bebé, su boca es el
centro de atención, y el pezón es el ‘objeto’, es lo que se aísla. Luego, el
objeto de hecho señala y da leche. O para la madre, si el ‘objeto’ no le señala
con la boca y la lengua, por lo menos ‘hace el punto’ y recibe la leche.
Veamos el tener como tener pechos,
como tener algo que dar.[1]
Somos mamíferos. A pesar de que los hombres tienen pechos pequeños, hay muchas
maneras para que ellos y las mujeres
que no amamantan puedan nutrir y cuidar a los otros. (El pene es dado a otro,
sólo cuando los niños se hacen adultos, pero es dado para la comparación y para
ser visto desde mucho antes.)
Estas formas no han sido leídas
correctamente, escondidas y disfrazadas por el descrédito y el aislamiento de
la maternidad en la infancia y por el enfoque patriarcal en la muestra, en el
cambio, en el reflejo, en tener y guardar. Las maneras de dar incluyen entre
otras cosas: el lenguaje, la solución de problemas, la producción de las mercancías
y los servicios como una provisión para las necesidades sin la
intermediación de los mecanismos de cambio, en sí derivado de la
masculación. ‘Tener’ es también tener manos, instrumentos que pueden ser usados
para dar y cuidar a los otros. No sólo sirven para fabricar herramientas (o para fabricar armas).
La
réplica de sí de la muestra
El regalo que pareciera que el padre le da al niño (el regalo del pene)
es un regalo de similitud o de igualdad, y el valor que se le da a la igualdad,
a la ecuación en sí misma, al niño como igual a su padre, es como la norma que
no nutre la que también estaba
relacionado con el abuelo de la misma manera.
Es un regalo con carga, porque se usa psicológicamente en la sociedad, y
su mala interpretación, crea una
necesidad artificial. Luego el niño tiene que tratar de satisfacer la necesidad
pareciéndose a su padre. Es más aún, el padre necesita que su hijo se le
parezca, para que él pueda adquirir su posición como muestra, su propio mandato
por su género como el equivalente con el que se relacionan no sólo las mujeres
sino los otros hombres (los más pequeños).
De
nuevo, es como si la relación entre las palabras y las cosas y la adquisición
del lenguaje y el género se proyectaran
en cámara lenta, como la agenda de la vida para la sociedad en su
totalidad, y especialmente para los hombres. La relación de la propiedad sigue
el patrón del concepto de relación, que ha sido extendido a la relación de la
muestra privilegiada y luego al hecho de que los hombres tengan un pene y luego
al pene en sí como la muestra (el índice) con los que los otros se relacionan.
En el patriarcado el padre debe
enseñar que él se ha reproducido a sí mismo. Tiene que enseñar eso, con el pene
como muestra del índice, y como la muestra masculina que tiene el poder de
hacer a otros como a él. (Enseñando que el poder creativo no está completamente
en la muestra de la madre que él ha eclipsado.) No es sólo la relación
de posesión lo que es la base de la obsesión del hombre por la paternidad,
sino, el cumplir con el mandato de la forma del concepto como la realización de
su identidad individual, de género y de
especie.[2]
A pesar de que esta ‘lógica’ ha funcionado a
través de generaciones, es la responsable de una agenda falsa.
Yo creo, que es posible la imposición
de las diferentes encarnaciones del concepto ‘uno-muchos’ en sí, esto ha sido
el Frankestein que ha creado el
monstruo blanco del patriarcado. En aquellas sociedades donde el hermano de la
madre tiene las funciones paternales de la educación, el falo no tiene que ser
enfatizado de más como la muestra, que de hecho, es responsable de la
‘creación’ del niño. En esas sociedades, la transmisión de la cultura a través
de la educación y de la disciplina se distingue de la sexualidad; las persona
que juega el rol disciplinario, no requiere que el niño se le parezca. En las
sociedades dónde éste es el caso,
parece que hay muy poca violencia, y la violación es casi desconocida.[3]
Los hombres, como las
mujeres, necesitan permanecer en la modalidad del regalo y del recibir para que
sus identidades puedan ser conformadas por la comunicación material y de
signos, creando una subjetividad construida sobre una interacción siempre
cambiante de cuidados con los otros (una interacción que también incluye una
gran cantidad de modelado recíproco y toma de turnos), más que sobre el mandato
de adquirir una posición abstracta de igualdad. Para hacer las cosas peor, la posición de igualdad tiene
escondida dentro de sí, de manera contradictoria dos niveles de superioridad
(desigualdad). Crea una categoría superior con aquellos que son diferentes a
los que regalan y que son muestra (por lo tanto pueden convertirse en
muestras), y de aquellos que ya son superiores, porque ya son muestras. El mandato insta a la competencia donde no
es necesaria, y hace del dominio y del poder, la modalidad válida de
comportamiento, para una mitad de la
humanidad.
Porque en sí, impone una norma, esta
modalidad se extiende a toda la humanidad haciendo de aquellos que tienen otros
valores seres serviles, invisibles y no
tan humanos. Esto coloca, a aquellos que son ‘iguales’, en una categoría dada
por los que regalan, que parece conferir a los ‘miembros’ el derecho de exigir a los otros a que les
den, ya sea mediante el uso de la violencia y o por las jerarquías organizadas
o sea por las fuerzas armadas o por la policía. Aplicando de nuevo el concepto
lógico (que requiere de una relación ‘uno-muchos’ para desarrollar la
generalidad) a esta situación, encontramos que lo que es más apropiado para
esta lógica, aunque no para la felicidad de los seres humanos, es que los pocos
sean las muestras generales para las diferentes categorías, lo que significa,
desde luego, que los muchos nunca serán muestra. Por lo tanto, tenemos muchas
personas organizadas en grupos nacionales, cada uno de los cuales tiene una
jerarquía interna dirigida por unos pocos hombres, con un hombre a la cabeza.
Tomando la agenda de la forma del
concepto como la lógica de la especie,
y a aquellos que tienen éxito en él
como la muestra de la especie
(olvidando que las mujeres hacemos las cosas diferentes), el dominio, el poder y la intención de convertirse en la muestra del concepto y de la especie, se
convierten en formas válidas de comportamiento.
Tristemente, las mujeres han
colaborado con este estado de la situación, y con el esfuerzo de los hijos y de
los maridos que están tratando de tener éxito en ello. Ahora, nosotras hemos comenzado a participar
en ello también. Afortunadamente, nuestra carencia de pene ha mostrado que éste
no es la muestra de la especie, y que no es necesario tener pene para tener
éxito en este sistema. Mientras esto ha podido resultar en la sospecha de la
verdad de la superioridad masculina, no ha podido desmantelar la agenda y la
lógica, sólo las ha desplazado hacia otras categorías. Ahora, por ejemplo, toda
la gente en las naciones privilegiadas se pueda considerar a sí mismos como
privilegiados o como ‘muestras’ respecto a los
otros de las otras naciones que ‘deben’ por lo tanto darles y
servirles. Todos aquellos de una raza,
tanto hombres como mujeres, se pueden considerar superiores a los de las otras
razas, y lo pueden ‘probar’ dominando a las otras razas (y haciéndoles que les
den, obligándolos a tomar empleos femeninos de dar).
Mientras que todo esto produce
comportamientos horribles y oprobiosos de los individuos de un grupo contra los
otros, todos están llevando a cabo un mandato que es considerado ‘humano’ por
centurias por Europa occidental y por
muchas otras sociedades. Es un sistema basado en una lógica falsa que
debe ser considerada como responsable, y no en los individuos, y es este
sistema el que debe ser desmantelado. Cambiar a los individuos sin cambiar la
lógica y la agenda, sólo deja el campo abierto para que otros individuos lo
recojan y sigan con las mismas prácticas. Como
dice el viejo dicho: “Si todos comenzaran con la misma cantidad, sólo
unos pocos llegarían siempre a la cumbre.” Esto quiere decir que hasta que
entendamos la enfermedad y la erradiquemos, algunas personas continuarán con la
agenda en detrimento de aquéllos que no tienen ni la ‘necesidad’ ni la
‘ambición’ (léase: que no tienen la necesidad de ser muestras). Esta enfermedad parece ser una clase de
virus que se multiplica a sí misma (tal vez de ‘vir’, la palabra latina para
‘hombre’).
‘Marcas’
del dominador
Un ejemplo de esta imposición de un
grupo sobre otro, es la invasión
europea sobre las Américas. No sólo fue la supremacía tecnológica de los
europeos lo que causó el genocidio de los pueblos nativos, sino el hecho de que
los europeos eran portadores de la masculación en muchos niveles: misoginia,
propiedad privada, lenguaje, economía, religión, filosofía, crianza de los
niños, leyes, arquitectura, agricultura, etc., siendo todos estos muy
diferentes para las culturas nativas.
Podría haber resultado de otra manera. Los europeos podrían haber aprendido de
los pueblos nativos en lugar de destruirlos.
Después de imponerse como categoría
‘superior’ con respecto a todo el hemisferio, nuestros antepasados también
tomaron la propiedad de los seres humanos ‘uno’ los ‘muchos’ como esclavos,
forzándolos a darles regalos que les permitían una ganancia y que permitía
que los ‘dueños de los esclavos’
(fálicos) acumularan un capital. La
categoría de ‘superior’ tenía que ser reconocida por las masas. Esta es la
función, que tener un pene, ha servido en las categorías. La piel blanca sirve
para los mismos propósitos. En ambos casos, la ‘marca’ de ‘superioridad’ le da
vuelta al rol de la madre, haciendo que el que se desvía sea la norma, y los
que dan regalos aparezcan como inferiores y desviados. En una sociedad donde la
masculación y el cambio no son las modalidades de la vida esta dinámica no
existiría.
Los europeos hipermasculados mataron y
esclavizaron a las gentes menos masculadas de Africa y de América, ‘probando’
de esta manera que ellos estaban en una categoría superior (más masculina) que
era la norma y que permitía su crecimiento priápico simbólico infinito, que los
masculaba de nuevo, convirtiéndolos en una clase superior de la categoría
‘superior’. Tener una gran cantidad de dinero les permite comprar, producir, y
construir objetos, por los que de nuevo serían identificados como privilegiados
dentro de los privilegiados. Las casa, los automóviles, la ropa, la joyería,
los rascacielos, los rifles, la educación y los viajes, pueden ser comprados, y
son una clara percepción y microscópica evidencia de ‘tener’, y que ubica a los que ‘tienen’ en la categoría de los
privilegiados una y otra vez.
Yo creo que los países que pertenecen
al llamado ‘Primer Mundo’, se han convertido en la ‘categoría superior’
identificables por su posición física y por los documento de ciudadanía y
están forzando a los países del ‘Tercer Mundo’ a entregarles, a través de
mecanismos económicos, políticos y culturales, y que a menudo son invisibles
para la ciudadanía. La explotación que se está dando puede
continuar siendo invisible, a no ser por ese número cada día más grande de
inmigrantes que tratan de ubicarse en las categorías geográficas más
privilegiadas. El peligro es, que a través de los mecanismos del ‘Libre Comercio’, vamos a intensificar el patrón
de los países dominantes masculinos y
países serviles femeninos, hasta finalmente convertirlos en países de esclavos y países dueños de
los de esclavos. La masculación está
escrita en grande en la tierra.
(Siempre me ha maravillado lo apropiado del nombre de Castro.)
El
capital es una voluntad masculada.
Las madres que tienden hacia los otros
dan, entre otras cosas, un cuerpo, un lenguaje, y la socialización
dentro de un género. La posibilidad de recibir más por definición nos motiva,
como la posibilidad de ser nombrado dentro de lo ‘masculino’. Los que se dejan
las ganancias convierten a los otros en
sus madres masculadas. Hacen que los otros les den, enseñando que ellos se
‘merecen’ la ganancia y dando a los
otros en forma condicionada y usándolos como medios.
Tal vez es por la falta de acceso al sistema de un langue cualitativamente
diverso, y por lo tanto, nuestra incapacidad para explorar una variedad de
valores enunciables en sus relaciones entre sí, por lo que los valores del
dinero y del cambio mantienen su
hegemonía social, mientras aparecen y desaparecen rápidamente, mientras cambian
de manos en el proceso de cambio en sí mimo.
La cosa ‘significada’ por la palabra material ‘dinero’ es el producto
(el regalo que sería) que está sufriendo la sustitución de la lógica (y el
acto) de dar, por ejemplo el cambio. El
valor en la comunicación de aquel ‘significado’ es el valor de cambio,
expresado en una cantidad particular de dinero. A pesar de que la langue no está presente para mantener
una totalidad cualitativa de mediadores de valor, la similitud a sí misma de la
sustitución del dinero por el producto, y de la lógica del cambio por regalar,
crea un mecanismo que se avala a sí mismo, y que continuamente sitúa el cambio
en evidencia mientras esconde el regalo.[4]
El capitalismo unifica la masculación
y el cambio, dándole a cada uno, una nueva meta. Para la masculinidad, la nueva meta es acumular riqueza priápica;
para el cambio, es la repetición del
proceso de masculación una y otra vez, acumulando así y teniendo ‘más’,
mereciéndose una cantidad aún más grande de su equivalencia cuantitativa, o
‘nombre’ masculado, y poniendo al dueño en esa
categoría a la que cada vez llegan más regalos gratis y ocultos.
La existencia se identifica con la
masculación, y por eso se hace cuantificable. Esto le da la gente el incentivo
para tener más, para así ser más. El poder y la potencia convergen en una
espiral negativa que se mueve hacia arriba, por la que algunos hombres (y
mujeres) ‘exitosos’ se pueden mascular más que otros, existiendo más, al tener
más ‘valores’ cuantitativos. Esto les hace aparecer como merecedores de existir más, lo que permite a las clases
altas avalarse a sí mismas, y a juzgar a aquellos que son explotados como ‘menos merecedores de existir’ o tal
vez, ya ‘existiendo menos’. El pensamiento se toma como la base para una
identidad autoritaria (cambio) adversa. La capacidad para actuar las
definiciones y las sustituciones es un proceso
constante, que se puede
reconocer, que provee con una constancia interna (1=1) y así enfocarse en la
situación de exclusión mutua, que es necesaria para tener propiedad privada, y
también para tener éxito en la competencia y en las actividades orientadas por
el ego. (Una identidad positiva interna se podría crear a través de los
procesos repetitivos de regalar y recibir.) El cambio da instrumentos para la
satisfacción de las necesidades de los otros,
para la satisfacción de las necesidades propias, siendo todo esto valorado una y otra vez por encima de
dar. Todos aquellos cuya voluntad está involucrada en tener (y tener más que
los otros) parecen ser racionales, mientras que aquellos que todavía practican
el regalo (y derivan su identidad de esto) aparecen como ‘irracionales’.
El
mercado no es gratis, la voluntad no es gratis
El capitalismo es la masculación por acumulación. Es menos sexista que
la definición de género porque permite que algunas mujeres ‘tengan’ (aún las
que tiene porque ellas se han hecho a sí mismas). Sin embargo, aún las mujeres
exitosas pueden parecer que existan, y que merecen existir menos que los
hombres masculados. Su contacto más amplio con las emociones, que nosotros
podríamos llamar la presentación interna de nuestras necesidades, las ubica en
lugares donde las mujeres pueden llegar, fuera de la racionalidad del
capitalismo. Entonces esas emociones parecen ser la ‘razón’ de por qué las
mujeres (y los hombres) que las tienen no están bien adaptados a la economía de
cambio.
En una situación en la que los humanos
son adversarios y dominantes en su comunidad, usándose entre ellos como medios,
las emociones son sólo un croquis de lo que podría ser posible, fuera de las ‘proporciones’ similares a sí
mismas. Es nuestra emoción i-rracio-nal
la que continúa saliendo hacia las necesidades de los otros, aún cuando estemos
bloqueados, cortados fuera de las acciones que podrían satisfacer esas
necesidades. Tal vez, las mujeres pueden continuar sintiendo estos sentimientos
más que los hombres masculados, porque nosotras continuamos regalando. Somos la
manera de apuntar un curso hacia un mundo mejor. La felicidad es la celebración
de las necesidades satisfechas, la danza del alma con sus pasos divinos libre
de la jaula del cambio, viviendo, por fin, en armonía consigo misma y con los demás.
La emoción, la rabia también rodea el
daño que es la creación dañina de nuevas necesidades, y muchas de las emociones
se oponen a la injusticia como daño
institucional. Sin embargo, la pregunta sobre la justicia está limitada a la
necesidad de definir algunas clases de acciones como dañinas. Estas
definiciones podrían ser creadas sin la represión que es parte del paradigma
del cambio, y en cambio, para prevenir
crímenes satisfaciendo las necesidades que las causaron, antes de que la
motivación para cometerlas tenga la
oportunidad de desarrollarse. Esta
clase de solución es imposible debido a la escasez requerida por el paradigma
del cambio, y por las fulgurantes injusticias que permanecen sin definirse o
que parecen ser parte de un sistema inmutable.
El capital es un ego masculado. La
atribución del valor está encarnada en el giro hacia el cambio, en la voluntad
masculada, que dirige la energía hacia
amasar más riqueza y poder. Es el deseo y la habilidad para ser más. De hecho, más dinero es ser más
(más habilidad para sustituir, para ocupar el lugar de). La ‘voluntad libre’
del capital, igual que el mercado libre en realidad no es libre. Está
canalizado hacia la supervivencia y supremacía de sí mismo, de acuerdo con el
mandato de la masculación. En otras palabras, no es libre de practicar el
regalar y el cuidar, (contradiciéndose a sí mismo, sacrificándose, no creando
escasez para los otros, y no creando el incremento de su abundancia). El regalo
es irrelevante para él. No se da ningún valor al regalo, porque el valor para
el cambio es capturado en la semejanza de sí mismo, y el desatino de regalar cubre la opresión de la
explotación a través del cambio ‘equivalente’.
Tanto el libre comercio como la
voluntad capitalista libre, son oxymorons si se
considera la palabra libre como ‘gratis’. (Aún comprar es una tarea libre, pero
no reconocida, una labor de preferencia ‘libre’. Nosotros no somos libres para
no comprar y no escoger, porque no podríamos comer. Si no tenemos el dinero, no
somos libres para comprar. No ‘merecemos’ vivir.) Pero aún si entendemos libre como ‘liberado de toda obligación’,
el mercado y la voluntad son libres para los que lo practican, con un costo de obligaciones más pesadas para sus
víctimas. Los perpetradores del mercado libre, y de la voluntad capitalista
libre están libres de la ‘orientación hacia los otros’, del compromiso de
servir las necesidades de los otros, y tienen que serlo, si quieren ser
exitosos. Algunas de nuestras multinacionales son más masculadas que nuestros
hijos individualmente.
Lo que pensamos de esta instancia
ética de la libre voluntad es solamente la posibilidad de los egos masculados
de escoger de acuerdo a valores más gentiles, en contradicción con a su
socialización hacia el poder, o permitir ser restringidos por las ‘ecuaciones’
de la justicia (mientras la mayoría de las mujeres escogen de acuerdo a una
‘voz diferente’). Aprovechándose de haber renunciado a la capacidad de cuidar,
los hombres contradicen las voluntades masculadas de dominar, y para ser más,
aceptando las obligaciones de la ‘orientación hacia los otros’.
Mientras tanto, aquellos socializados
para cuidar de los otros, son libres para imitar la modalidad masculada,
adaptándose a una sociedad enferma. Pueden desarrollar un ego del cambio a
través del trabajo dentro de las proyecciones sociales de la masculación, como
lo es el mercado, abrazando los valores del patriarcado. Sin embargo, las
mujeres continúan siendo socializadas
de manera diferente, hacia los cuidados, y por lo tanto siempre están en una
posición potencial de enfermedad dentro de la sociedad, y en conflicto
internamente con ellas mismas.
Las mujeres también tienden a escoger
la ‘humildad’, criticándose a ellas mismas por la masculación que no se les
aplica, deshaciéndose de un defecto que ellas no tienen. Ellas critican la
masculación como si fuera parte de ellas, en lugar de reconocerlo como la
internalización de un patrón similar a sí mismo de los hombres, (de quien ellas
no son sus ’iguales’) y de la sociedad en grande. Por eso las mujeres llenan
las iglesias, las sesiones de terapia, los grupos de auto ayuda, inspeccionando
sus almas al buscar trazos de arrogancia y de viajes de poder, cuando de hecho
ellas son las víctimas del comportamiento mascualdo de sus maridos, de sus
patrones, de las escuelas, de las universidades, de los negocios, de los
gobiernos, y de otras instituciones patriarcales. Mientras proveen una
comunidad y valores comunes, los procesos de ‘saneamiento’ esconden los valores del regalo que les dan
la vida detrás de una cortina de humo, del dominio masculino de los valores
masculados de la independencia individual, de la responsabilidad, de la culpa y
de la retribución.
Si vemos el capital como la voluntad
masculada, lo vemos como algo libre
para obtener el poder, para ‘ser más’, a expensas de los otros, para la
acumular infinitamente. La práctica de la
filantropía permite al capitalista hacer la escogencia ‘libre’ de ‘orientarse hacia los otros’ mientras él
o ella continúan haciendo dinero. La caridad permite a los capitalistas convertirse en personas ‘más completa’,
haciendo un balance entre el cambio y el regalo, y al mismo tiempo
satisfaciendo algunas de aquellas necesidades
que han sido creadas por el sistema patriarcal masculado y las
instituciones. Mientras estas actitudes pueden ser mejores que el hacer dinero
sin mitigar la explotación, esto sólo mejora un lote de pocos individuos,
haciendo que el individuo que hace caridad sea una mejor persona. La
orientación hacia el ego del sistema, captura nuestros regalos, mientras nos alienta a usar
nuestros regalos para los otros, para mejorarnos a nosotros mismos.
Solamente dando al cambio social desde
un meta nivel, con un meta mensaje que dice: Este regalo comunicativo está
hecho para cambiar el sistema hacia el regalo”, para que el capital se haga
general, liberado y liberador, permitiendo cambiar (el cambio) el sistema que
lo creó. Esta escogencia, libera el capitalismo de la masculación, proveyendo los recursos financieros que, por
fin libera a todos, para que puedan
cuidar, para que puedan practicar la economía de regalar de una manera femenina. Los que están en las posiciones
privilegiadas no pueden crear un cambio pretendiendo que no son privilegiados,
o simplemente entregando sus ‘marcas’ para convertirse en individuos sin
privilegios. Al revés, ellos deben encontrar las maneras de usar sus privilegios en un meta nivel, para validar
el modelo y la lógica del regalo en lugar del modelo de cambio.
Hay una frase que le atribuyen a
Winston Churchill: “El punto no es distribuir equitativamente la pobreza, sino
distribuir la equitativamente riqueza.” Aparte del uso de la palabra
equitativamente, creó que la idea es muy importante. Debemos enfocarnos en la
riqueza para todos, no un sistema nuevo de pobreza para todos. No es
empobreciéndonos todos que podemos cambiar el sistema para beneficio de todos.
De hecho, sólo la abundancia permite que florezcan el regalar. Por lo tanto,
debemos usar la riqueza de nuestros
recursos, la acumulación del dinero en el capital, nuestra tierra, nuestra
educación, nuestra experiencia,
nuestras destrezas con el lenguaje, el entendimiento político, psicológico y
económico, nuestros grupos y redes de trabajo para crear una transición
inteligente y sin violencia desde el sistema basado en el cambio, a un sistema basado en el regalar en abundancia.
Un paso en la dirección correcta sería
parar el desperdicio de riqueza que se gasta en armamentos y en las fuerzas armadas en el mundo entero. Otro paso
sería perdonar la deuda externa del Tercer Mundo, comprendiendo que éste es un
mecanismo artificial de explotación, deuda que
hecho ha sido pagada muchas veces. Al mismo tiempo, deteniendo la
destrucción del medio ambiente, aseguraríamos
la continuidad de la abundancia
en el futuro, en lugar de desaparecer en un ecosistema artificialmente empobrecido y tóxico. La reducción
bien planeada de la explotación y de los desechos permitiría la acumulación de
la riqueza, que permitiría el regalo entre los individuos, lo mismo que entre
los grupos y entre las naciones.
Liderazgo
de la mujer
Por la forma en que las categorías de
masculación han proliferado, es que muchos de nosotros pertenecemos a varias
categorías. Somos privilegiados porque somos blancos pero no tenemos
privilegios porque somos pobres. Somos privilegiadas porque somos ricas pero
sin privilegios porque somos mujeres. Tenemos privilegios porque somos hombres
pero no tenemos privilegios porque
somos de color. Nosotros debemos unirnos como categorías no privilegiadas, porque somos conscientes de que
sufrimos, pero también debemos unirnos como
categorías privilegiadas para acabar con ese sufrimiento, para cambiar
el sistema para todos. De hecho, si logramos establecer de nuevo el modelo de
la madre y nos equipamos con la lógica de la economía del regalo, podemos poner
atención a las necesidades del otro y satisfacerlas, no sólo en el nivel
individual sino también en el nivel social. El verdadero cambio no es, colocar
una categoría en la posición privilegiada en lugar de la otra, sino hacer
efectiva la norma general basada en la orientación materna hacia el otro, que
hace puente y quiebra categorías.
La masculación avala sus intereses
propios en todos los niveles (aún los grupos y las categorías de intereses
propios). Nosotros tenemos que ser capaces de avalar otros intereses en todos
los niveles. La respuesta no descansa
del todo en las categorías, sino en el dar y el recibir, comunicándonos
entre ellos como seres humanos, y colaborando para resolver los problemas
generales, las necesidades de todos, cambiando así el sistema construido sobre la masculación.
Este es el cambio de paradigma que la
Nueva Era y otros movimientos espirituales han estado esperando. No se basa
solamente sobre la consciencia, a pesar
de que la consciencia ocupa un espacio importante en el necesario cambio de
perspectiva, sino en la satisfacción real y práctica de las necesidades y las
soluciones para los problemas. Tal
práctica debe ser ayudada por la sensibilidad cultural y la previsión, diseñando
las formas de satisfacer las necesidades psicológicas y espirituales, tales
como las necesidades de dignidad y respeto, para la independencia y la auto
determinación de todos aquellos que están cambiando desde la modalidad del
cambio a la modalidad del regalo. El cambio de paradigma puede ser creado por
las mujeres, atravesando todas las categorías. Sus operadoras ya están por
todos lados, en los movimientos internacionales de las mujeres. Los agentes no masculados del cambio están
en cada casa.
[1] Por esta razón es que tenemos que cubrirlos, porque resaltan el hecho de la abundancia y del paradigma de regalar.
[2] Aquí, las mujeres pueden seguir los pasos de sus padres, compitiendo y eclipsando otras mujeres que están en el rol de madre. Luego, ellas a su vez, serán eclipsadas por los hombres. Las feministas tiene que realizar que tomando más regalos ocultos y destruyendo al que da, que podrán hacer del mundo un lugar mejor.
[3] Ver a Maria-Barbara Watson Franke, The Lycian Heritage and the Making of Man, en Women’s Studies International Forum, Vol. 16 número 6, 1993
[4] El dinero está sujeto a una imagen de sí mismo. La cara del presidente o del rey en las monedas es tal vez la imagen misma de la similitud.